Todo es oscuridad. Por más que camino y camino, no logro salir de ella. Es como si el tiempo y el espacio se hubieran detenido, envolviéndome en una espesa neblina de desesperación. No sé dónde estoy ni hacia dónde voy. Mi mente está nublada, mis pensamientos dispersos, como si el vacío estuviera tomando el control de todo lo que soy.
De repente, escucho sollozos. Son suaves al principio, casi imperceptibles, pero luego se intensifican. Los reconozco. Son los sollozos de alguien que sufre, de alguien que ha perdido todo. Mi corazón se acelera y una sensación de horror me recorre la espalda. Sin pensar, empiezo a caminar hacia el sonido, buscando a quien pueda estar en ese dolor.
Sigo los sollozos hasta llegar a una figura, de rodillas en el suelo. Es una chica, pero lo que más me impacta es lo que lleva puesto. Un enorme vestido blanco de novia, cubierto en su mayoría por sangre. La imagen me golpea con fuerza, me paraliza. Me acerco a ella, con el miedo de que tal vez sea demasiado tarde, que lo que temo ya esté ocurriendo.
—Paulina... —murmuro, mi voz temblorosa. Ella levanta la vista lentamente y, cuando sus ojos se encuentran con los míos, el horror se refleja en su mirada.
—¡No me toques! —grita, alejándose de mí con fuerza. Su voz está llena de rabia y dolor. —Es tu culpa... eres un inútil, por tu culpa...
Mis piernas tiemblan, y un nudo en mi garganta me impide respirar.
—No, no Pau, perdóname —balbuceo, desesperado. Siento que todo se me escapa de las manos. —Te prometo que te encontraré, pero por favor, no me digas eso... Sé que es mi culpa, que soy un inútil... pero no me digas eso, por favor. No puedo vivir sin ti.
Ella no me escucha, sólo me mira con desprecio.
—No, déjame —grita cuando intento acercarme más. La levanto del suelo, tomándola en mis brazos, y en ese instante, siento el peso de su dolor. El vestido blanco, ahora manchado de sangre, parece un presagio de todo lo que está por venir.
—Es tu culpa —dice con voz quebrada, mientras sus palabras atraviesan mi corazón. —Por tu culpa me he casado... Te odio.
Mis ojos se llenan de lágrimas, pero no puedo retenerlas. Ella se suelta de mis brazos y empieza a correr, alejándose de mí. La sigo, sin dudar, sin pensar. Sólo quiero llegar a ella, detenerla, hacerle entender que todo lo que más quiero es salvarla.
Corro y corro hasta que llego a un sendero, pero la he perdido de vista. No la veo. El pánico me invade, pero no me detengo. Sigo buscando, sigo buscando su figura, su rostro, su risa, su amor.
Finalmente, llego a un enorme castillo. No sé cómo llegué hasta allí, pero la necesidad de encontrarla me empuja hacia adelante. Entro sin pensar, atravesando pasillos oscuros hasta llegar a una habitación. Con manos temblorosas, abro la puerta y allí está él. Ese hombre. El que se llevó a Paulina. La sostiene en sus brazos, sonriendo como si fuera dueño del mundo.
Y lo peor es que ella está... embarazada.
—No, no, no... —repito, mi mente tratando de asimilar lo que veo, pero no puedo. Mi cuerpo empieza a temblar, el dolor y la rabia se apoderan de mí. —No... NOOO.
Es como si el suelo se abriera bajo mis pies. Todo se derrumba. La angustia se hace más profunda, más insoportable.
De repente, me despierto, mi respiración acelerada, mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho. Mi cuerpo está empapado en sudor. Me levanto rápidamente y miro a mi alrededor. Estoy en mi cuarto. Sólo era un sueño.
Pero el peso de la culpa, el dolor de la pérdida, siguen allí, apretando mi pecho como un puño.
—Paulina... —susurro, tocando mi cabeza, sintiendo el peso de mi desesperación. Me dejo caer al suelo, doblando las rodillas, y coloco mi cara entre mis manos. Empiezo a mecerme, como si eso pudiera calmar mi tormento interno.
—Perdóname... por favor, perdóname —repito una y otra vez, como si mis palabras pudieran cambiar algo, como si pudiera deshacer lo que ya no tiene remedio.
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Editado: 15.07.2026