¿
Que es esto? ¿Dónde estoy?
Es un lugar oscuro, una oscuridad tan espesa que no puedo ver nada a mi alrededor. Todo parece estar envuelto en una niebla impenetrable, como si estuviera atrapada en un cuarto sin luz, en una prisión que no puedo comprender.
pienso, sintiendo cómo mi mente busca alguna explicación lógica.
Trato de caminar, buscando alguna pared, alguna puerta, pero no encuentro nada. Sigo caminando en círculos, cada paso resuena vacío en este lugar, vacío y distante. Mis pensamientos se dispersan, pero algo me inquieta... ¿Por qué siento que no estoy sola?
Entonces, me fijo en mi vestimenta, la tela suave y ligera de un vestido blanco.
—¿Un vestido blanco? —me digo a mí misma, mirando el vestido con desconcierto.
Está lindo... ¿pero por qué estoy usando esto? No tiene sentido. La confusión me embarga, pero ignoro mi vestimenta y sigo caminando, con la esperanza de encontrar una salida, de encontrar algo familiar.
Llego a la entrada de mi casa. Mi corazón da un vuelco al ver los muros de la casa que reconozco al instante. Corro y corro, mis pasos rápidos, el miedo apoderándose de mí a medida que me acerco.
—¡Papá! ¡Erika! ¡Fabricio! —llamo, mi voz rasposa, llena de ansiedad mientras avanzo sin detenerme.
Al llegar a la puerta, la empujo con fuerza. Entro de golpe, y lo que encuentro me congela el alma. La casa está destrozada, todo está en ruinas, cubierto de sangre, como si todo hubiera sido arrasado por la tormenta de una pesadilla interminable. El aire es pesado, cargado de una angustia palpable.
Sin pensarlo, corro hacia mi cuarto. Y ahí, en el suelo, está él. Fabricio. Su cuerpo tendido, inmóvil.
—Fabricio... —susurro, mi voz rota, pero al acercarme, sus palabras me hieren profundamente.
—¡Aléjate! —grita con furia, como si me reconociera y al mismo tiempo me repudiara. —¿No te bastó con matar a mi madre y a tu padre?
Mis ojos se abren desmesuradamente, confundida, mientras me fijo en mis manos y en el vestido. Están llenos de sangre. El rojo resplandece en la tela, como si no hubiera forma de limpiarlo.
—No... yo no... —digo en voz baja, pero las palabras suenan vacías, como si no entendiera lo que está sucediendo. Todo está tan extraño, tan distante.
—¡Cállate! ¡Te odio! —grita otra vez, con un dolor tan profundo que siento que me perfora el corazón.
Retrocedo, sacudiendo el vestido, como si pudiera hacer que toda esa sangre desapareciera. Pero no lo logra. Cada intento de limpiarlo me hace sentir más desesperada.
—No... no... —murmuro, mientras las lágrimas empiezan a correr por mis mejillas, las manos temblorosas, la angustia aumentando. —¡MENTIRA! ¡YO NO LO HICE!
Cierro los ojos con fuerza, tratando de detener el caos que gira a mi alrededor. Quiero despertar, quiero salir de este lugar, quiero que todo termine.
Siento una brisa cálida en mi rostro. Abro los ojos lentamente, encontrándome con una escena que no quiero creer. Frente a mí está Fabricio, pero no está solo. Hay una chica con él, y están tomados de la mano, una imagen tan sencilla, tan... perfecta.
Y entonces, se besan.
Mi respiración se detiene. Mi corazón se quiebra en mil pedazos. La escena parece sacada de un sueño, pero no puede ser real.
pienso, el dolor en mi pecho punzante.
No puedo soportarlo. Necesito despertar, necesito salir de aquí. Siento que me estoy ahogando, que todo lo que soy se deshace entre mis manos. Apreté con fuerza la cadena que me dio Fabricio, la única conexión que siento con él, y cerré los ojos con desesperación.
—¡Despierta! —grité con todas mis fuerzas, intentando luchar contra el terror que me consume. —¡DESPIERTA! ¡DESPIERTA!
Mis palabras se ahogan en la oscuridad, pero no puedo dejar de gritar. Necesito salir de aquí, necesito que todo esto termine.
—¡Despierta! —se escucha una voz a lo lejos, como un susurro, pero la reconocí al instante.
—¿Star? —digo, con voz quebrada, al reconocer la voz que me llamaba. Mi corazón se acelera y, sin pensarlo, corro hacia ella con todas mis fuerzas. Dejo los tacones tirados a lo largo del camino, sin preocuparme por nada más que llegar.
—¡Despierta! —siguen los susurros, más urgentes, más desesperados. —¡Rápido, sálvate, despierta!
Mi cuerpo tiembla, mi mente se agita, pero sigo corriendo, aferrándome a esa esperanza de que, tal vez, si escucho las voces lo suficiente, pueda escapar de esta pesadilla.
La oscuridad se disipa lentamente mientras trato de recuperar la conciencia de mi cuerpo. Algo pesado descansa sobre mí, y puedo sentir varios besos húmedos en mi cuello. Mis sentidos se agudizan, pero sigo drogada y apenas puedo moverme. Trato de abrir los ojos, pero los recuerdos me golpean como un bidón de agua fría. Cada fragmento de lo que ocurrió me llega como una descarga eléctrica. La sensación de estar atrapada se vuelve más palpable, y lo peor de todo es que hay un maldito encima de mí. Un cabello verde me toca la piel, pero en esta posición, esa es la única cosa que logro distinguir.
Poco a poco, la niebla se va disipando, y puedo pensar con más claridad. El pánico y el enojo me invaden al darme cuenta de lo que está pasando. Estoy drogada, vulnerable, y este tipo... Este tipo me está violando. Con todas mis fuerzas, me esfuerzo por moverme y lo empujo con lo que me queda de fuerza. Él sale volando, chocando contra la pared con un grito de sorpresa. La rabia me consume.
—¡Maldito! —grito, mi voz llena de furia y desesperación—. ¡Me querías violar, hijo de puta!
—Es que tu cuerpo es... muy apetecible —responde él, una sonrisa arrogante pintada en su rostro. Mis ojos arden del enojo, y mi piel tiembla, no solo por la droga, sino por la violencia de su presencia.
—¡Me vale mierda! ¡Hoy te mato, cabrón! —grito, lanzándome hacia él, sin pensar. A pesar de estar entumecida, aunque mis movimientos sean lentos y torpes, prefiero morir antes que quedarme quieta, como una debilucha frente a este bastardo.
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Editado: 15.07.2026