El tipo que me atacó aún sigue mirándome, y parece dispuesto a continuar con la pelea. Sin embargo, antes de que pueda reaccionar, el otro hombre, el de los ojos rojos, grita con furia:
—¿Qué mierda crees que estás haciendo?
El hombre del cabello verde, al parecer, me había secuestrado con el objetivo de... bueno, lo que sea que pensara hacer, pero esto está fuera de control. El de los ojos rojos se acerca a mí, y su tono no deja lugar a dudas: quiere protegerme, o al menos impedir que lo violen.
—Señor, ella... quería escapar —dice el otro tipo, bajando la cabeza, como si esa excusa fuera suficiente para justificar lo que casi sucede.
Me quedo en silencio, mirando a los dos hombres, temblando, pero ya no de miedo, sino de rabia.
—¡Siii! —digo con sarcasmo—. Si escapar es evitar que me violen, entonces sí, estaba huyendo. ¿Qué mierda me inyectaste, bastardo?
El hombre de los ojos rojos se acerca a mí, aparentemente molesto. Su rostro refleja la incomodidad por la situación, pero yo no estoy dispuesta a callarme.
—¡Primero, no me grites! —me ordena, alzando la voz.
—¡A NO! —le grito, mi mirada furiosa como un fuego ardiente—. A mí no me dices qué hacer, y mucho menos me gritas. —Siento cómo la adrenalina recorre mi cuerpo, a pesar de estar drogada. Ambos empiezan a discutir entre sí, y en medio de todo esto, el tipo del cabello verde intenta huir, como si su vida dependiera de ello.
—¡QUIETO! —gritamos ambos al unísono, señalándolo y mirando con furia. Él se detiene, mirando entre los dos, claramente confundido.
Un chico de ojos púrpura aparece de la nada, como si estuviera esperando una orden. El hombre de los ojos rojos lo mira con seriedad.
—Darol, llévatelo a los calabozos —ordena, su tono autoritario resonando en la habitación.
El chico, al que ahora sé que llaman Darol, lo agarra con facilidad, noqueándolo con un solo movimiento, y lo arrastra fuera de la habitación, dejándome sola con el hombre que me cubrió.
La rabia me sigue quemando, y solo puedo pensar en lo que acabo de vivir. Miro a mi alrededor, atrapada en una pesadilla que no parece tener fin.
—Felicidades, Paulina —me digo a mí misma, sacudiendo la cabeza, un suspiro amargo escapando de mis labios—. A saber dónde me metí esta vez.
Me agacho para recoger la sabana que cubre mi cuerpo, pero en el proceso, sin darme cuenta, dejo a la vista mi trasero desnudo. Escucho cómo el hombre a mi lado deja escapar una risa, como si se sintiera satisfecho con lo que acaba de ver.
—Lindo trasero —dice con una sonrisa. Mi corazón late con fuerza, pero no por deseo, sino por el enojo que me consume.
—Ya lo sé —respondo de manera fría, pero con el sarcasmo a flor de piel—. Pero te quedarás con las ganas, no soy tu puta.
—Quiero ropa —exijo, mi voz temblando por la mezcla de frustración y furia.
Él señala una puerta con la mano.
—Ahí, hay todo tipo de ropa para ti, toda es tuya.
—Genial, una secuestrada con privilegios —respondo sarcástica, sin creer en lo que estoy escuchando—. Ya vete.
Él no se mueve, y por un momento, un silencio incómodo llena el cuarto. Luego, finalmente, habla.
—Luego sal abajo, te mostraré algo.
—¡Ay sí, y yo bien sumisa para hacer lo que tú digas! —respondo, riendo con incredulidad—. ¡JA! ¡Creíste!
Me dispongo a entrar al cuarto que él señaló, mi corazón latiendo con fuerza, pero esta vez, algo en mí cambia. Ya no soy la misma Paulina asustada. Soy alguien diferente. La lucha por mi libertad está lejos de terminar, y no voy a rendirme tan fácilmente.
(...)
Me puse un vestido negro que me llegaba a la mitad del muslo, con encaje de flores en la falda. Malditos vestidos, siempre son los mismos. ¿Qué mierda con la moda? ¿Por qué no pueden darme algo más útil?
"Maldito hijo de la puta," murmuró, mientras salía del cuarto. Solo bajaba porque ya no aguantaba estar encerrada ahí. Quería salir, aunque fuera solo para recorrer un poco ese lugar extraño.
Todo a mi alrededor era impresionante. Los cuadros colgados en las paredes mostraban bosques y paisajes, como si se tratara de una casa de alguien con mucho dinero. Candelabros enormes y objetos decorativos por todas partes, todo daba la sensación de lujo a simple vista.
Bajé las escaleras, escuchando el eco de mis pasos. De repente, lo vi. Ahí estaba el maldito secuestrador. Cierto, era guapo, pero no lo suficiente como para quitarme el recuerdo de mi Fabricio.
"¿Qué harás? ¿Cómo estarás? ¿Me estarás buscando?" pensé mientras descendía, los pensamientos nublados por la preocupación.
Justo cuando estaba a punto de acercarme más, una voz somnolienta me interrumpió. Era Star.
—Hola —dijo ella, con la voz arrastrada—. No hagas nada, solo escucha. Haz como si siguiera dormida... No le digas que he despertado. Necesito recuperar energía, esa droga fue muy fuerte.
—Está bien —respondí—. Me alegra que estés bien. —Cerré el link, dejando que la conversación se apagara en mi mente.
Me detuve frente al secuestrador. Él me miraba con esa lujuria molesta, y estaba a punto de acercarse a mí, como si creyera que tenía poder sobre mí. Rápidamente, coloqué mi mano frente a él, deteniéndolo.
—Quieto, fiera —dije, firme—. ¿Por qué diablos solo hay malditos vestidos en ese clóset? —mi voz sonaba irritada, molesta—. Yo no soy de muchos vestidos, así que no sé qué chingados vas a hacer para traer algo que no sea esos trapos culeros.
Me miró raro, pero no le di tiempo para decir nada.
—¿Te quedarás? —preguntó, con una sonrisa arrogante.
—Ja, ya quisieras —respondí, pasándolo de largo—. Mientras esté aquí, no me voy a poner esos trapos todo el tiempo. Menos si cada paso que doy significa una posible violación...
Él me miró, un tanto confundido, pero no dijo nada. De repente, la expresión en su rostro cambió, como si algo se le ocurriera.
—Claro, te conseguiré otra ropa —dijo, sin mostrar mucha resistencia—. Pero si alguien llega a tocarte, me avisas y le corto la cabeza.
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Editado: 15.07.2026