Estoy en lo que parece ser una sala, pero este lugar es tan grande que podría ser cualquier cosa. Es como un laberinto de habitaciones y pasillos interminables, y cada rincón está decorado con una elegancia que me da asco. ¿Quién se cree que es, el dueño del mundo?
—¿Tienes hambre? —pregunta el tipo, mirándome con esa expresión arrogante que me hace querer tirarle algo en la cara.
Lo que tengo es la necesidad de saber cuál es tu nombre, porque sinceramente, estoy empezando a perder la paciencia, pienso mientras camino hacia un sofá individual que hay cerca. No tengo ganas de estar de pie, pero tampoco quiero quedarme en silencio con él.
—Oliver —responde, casi como si estuviera dando una respuesta aburrida.
—¿Oliver? —digo, sin poder evitar levantar una ceja. ¿En serio? El tipo parece un dios griego y su nombre es… tan, tan simple. Nada de estilo, nada de misterio.
—Sí, Oliver Doin —añade, como si me estuviera dando una respuesta digna de admiración.
—Qué simple —digo, suspirando y empezando a quitarme el vestido. No es que me preocupe que me vea, pero el maldito vestido me está volviendo loca. —Como sea, acepto la comida, pero yo la preparo. No confío en ti, ni un poco. Va, que me drogas en la comida.
Él se ríe de lado, como si todo le resultara un juego. No lo entiendo. ¿Qué tiene de gracioso?
—Como quieras —responde, como si fuera lo más normal del mundo—. Sígueme.
Y como la estúpida que soy, le sigo. ¿Qué otra opción tengo? No quiero quedarme más tiempo en esa sala, aunque me dé rabia que me mande como si fuera una niña pequeña.
~Que molesto~
Llegamos a una cocina enorme, tan grande que parece innecesaria. En una esquina, una nevera gigantesca ocupa el lugar de honor. Me acerco a ella, sin pensarlo dos veces. Abro la puerta y, valiéndome un poco de la desesperación, empiezo a revisar. Está llena de todo tipo de cosas: frutas, verduras, jugos, comida enlatada, vinos caros… Qué lindo ser secuestrada con beneficios, pienso en voz alta, mientras saco un tazón de fruta de la nevera. Cierro la puerta con el pie, pero maldigo cuando me golpeo el pie con el borde. Malditos tacones. Los dejo caer al suelo, aliviada de quitarme un poco de esa tortura.
Pongo el tazón de frutas en la mesita de la cocina, me quito los tacones y los dejo tirados ahí, sin importarme lo que piense él.
Me giro para ver cómo me está mirando. Está divertido, como si fuera un espectáculo para él. Lo miro fijamente y recojo los tacones del suelo.
—¿Qué se supone que haga con esto? —pregunta, levantando los tacones negros con una ceja levantada, claramente intrigado.
—Colócatelos —le digo, con una sonrisa torcida—, y verás lo incómodos que son. Tal vez así dejas de burlarte.
Él me observa por un momento, sin decir nada, mientras sigo caminando hacia el tazón de frutas. Mi paciencia está al límite, pero no quiero perder el control.
Tomo varias frutas: dos manzanas, unos bananos, mango, pera, fresas, uvas y unas cerezas, y las pongo en el tazón, organizándolas. Dejo el tazón en su lugar y miro hacia él.
—¿Cubiertos? —le pregunto, sin esperar mucho de él. —No esperes que lo coma encima de la mesa.
Él asiente, señalando una repisa en la pared. Yo giro hacia allí, agradecida de que al menos no se burle más de mí. Me acerco a la repisa, me pongo de puntillas porque no alcanzo bien, abro la puerta del armario y saco un pequeño cuchillo y tenedor.
—Gracias —murmuro mientras me acerco a donde había dejado las frutas. Él me extiende una tablita de cortar, y yo la tomo sin pensarlo mucho.
Me siento y comienzo a cortar las frutas, mientras él sigue mirándome como si fuera la cosa más interesante que haya visto. Eso me incomoda, pero no lo dejo mostrar.
—Te pareces tanto a ella —dice de repente, y me congelo en el acto. Su tono es bajo, casi susurrante.
—Aaaa, ¿así que por eso estoy aquí? —digo, sintiendo cómo el aire se me hace denso. —¿Por qué me parezco a tu amada que te dejó o murió? —burlándome. —Lo siento, pero no soy ella —termino, mientras coloco las frutas cortadas en la tabla.
El tipo se acerca peligrosamente a mí, y yo siento cómo la tensión crece en mi cuerpo. No le voy a permitir acercarse más.
—Yo soy Paulina Moon, no la persona que tú quieras que sea. Así que vete bajando de esa nube.
—No es eso —responde él, aún mirándome fijamente. —Te pareces a tu madre.
—¿Mi madre? —digo, sorprendida. Esto no tiene sentido. Él asiente, y yo empiezo a sentir cómo la confusión me invade. —¿Cómo sabes de ella? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué quieres de mí? —digo rápido, maquinando todas las posibilidades.
Él se acerca aún más, y me siento obligada a tomar el cuchillo con firmeza, sosteniéndolo frente a él.
—Tu madre era mi hermana —dice, y mi boca queda abierta en una "ah" sarcástica. No puedo creer lo que estoy escuchando. —Estás aquí porque es donde perteneces, y lo que quiero de ti... —se acerca peligrosamente.
Tomo el cuchillo con más fuerza y lo apunto hacia él, dispuesta a defenderme.
—Tengo un cuchillo, y no dudaré en usarlo. Así que aléjate, chupasangre —le digo, con la voz cargada de furia.
—¿Has escuchado hablar de las tuas cantantes? —me pregunta, y yo lo miro confundida.
Asiento, sabiendo más o menos de lo que está hablando.
—Tú eres mi tua cantante —dice, como si fuera una revelación.
No puedo evitar reírme como una loca.
—¡Qué buena broma! —digo entre risas, mientras me llevo una tajada de manzana a la boca. —¿Así que se supone que soy tu sobrina? ¿Qué pretendes, hacer incesto? —le reprocho, sin dejar de masticar. —Lo siento, pero no. —Mi voz se vuelve más seria y cortante.
—Pero si es lo que haces con tu hermano —dice, como si estuviera convencido de que sus palabras me impactarían.
—Es diferente —afirmo, lanzándole una mirada desafiante. —Él no lleva mi sangre. Tú sí. Además, él no me ha secuestrado ni matado a miembros de mi manada. Así que primero muerta antes que volverme algo tuyo, que no sea más que una relación de "tío" —hago comillas con los dedos— "sobrina". Te lo aseguro. —Tomo una uva y la meto en mi boca con calma. —Y yo no soy de dejar las palabras en el aire, así que creo que lo tienes claro.
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Editado: 15.07.2026