Hermanastros ( I libros )

Capitulo 43 - Erika

¿Cómo pasó esto?

¿Cómo se quieren tanto?

Solo ha pasado una semana… ¿Cómo se quieren tanto?

No es que me esté quejando, Paulina es una buena niña, a pesar de todo lo que ha vivido. Pero no me gusta ver a mi hijo de esta forma. Verlo así, tan devastado, me rompe el alma.

—Amor —la voz de Juan, mi esposo, me sacó de mis pensamientos. Lo volteo a ver y le contesto un “¿mmmmm?”—. La manada ya quiere empezar la búsqueda de mi niña.

—¿Y cuál es el problema? —le contesté, algo confundida.

—Quieren que los guíe Fabricio, o sea, su luno y mate de su alpha —dijo con tono preocupado.

Hago una mueca. Mi niño no soportará si no la hallan... Perderá el control, como cuando murió su padre frente a él cuando solo tenía cuatro. Suspiro cansada y asiento, resignada a lo que se avecina.

—Yo hablaré con él —niego con la cabeza.

—Yo lo haré, soy su madre. Si quieres, luego puedes hablar con él —dice Juan, asintiendo antes de irse.

Después de unos minutos, me dirijo al cuarto de mi hijo. Cada paso hacia su habitación se siente pesado, como si la angustia me envolviera más con cada segundo que pasa. Al acercarme a la puerta, escucho sollozos. Mi corazón se acelera y, sin pensarlo, corro hacia él. Abro la puerta de golpe y la escena que encuentro me paraliza.

Fabricio está en la cabecera de la cama, hecho una bola, llorando desconsoladamente. Sus hombros tiemblan con cada sollozo, y el dolor en su rostro es algo que nunca había visto antes. Me rompe en mil pedazos verlo así, consumido por la desesperación, por el miedo.

"No, mi niño... No así."

—Perdóname, no me odies —repite una y otra vez, entre sollozos—. Soy un inútil.

Me acerco a él, con el alma rota al verlo así. Acaricio su mano suavemente, como si ese gesto pudiera aliviar el peso de su dolor. Él me mira, los ojos rojos e hinchados de tanto llorar, reflejando un vacío que me aterra.

—Mamá... es mi culpa... —susurra, con la voz quebrada.

Niego con la cabeza, sintiendo un nudo en la garganta. Me acerco más a él y lo abrazo con fuerza, con la esperanza de que mi calor lo ayude a encontrar un poco de paz en medio de su tormenta.

—No es tu culpa —le susurro, mi voz suave pero firme, intentando calmarlo.

—Sí, sí lo es... Es la segunda vez que me salva el culo, ¿por qué? —dice, entre lágrimas, con un temblor en su voz que me hace temer que esté al borde de romperse por completo. Lo abrazo con más fuerza, como si con ello pudiera mantenerlo entero.

—¿Por qué ella? ¿Qué quiere de ella? —su voz está llena de angustia, de incertidumbre. Me duele tanto verlo así...

—Ya, mi chiquito... —acaricio su cabeza, con la ternura de una madre que daría todo por cambiar el destino de su hijo—. No crees que, en vez de estar aquí lamentándote, deberías estar allá afuera con tu manada para salvar a su alpha y tu mate... —digo con suavidad—. Sé que es duro, pero tienes que hallarla. Ella te necesita. Sé que eres fuerte, pero ¿qué pasará si ese hombre le quiere hacer daño? Tienes que ayudarla, por favor. Toda la manada y algunas manadas vecinas quieren ayudar en la búsqueda de Paulina, pero quieren que tú los guíes... Como su luno, su mate, de tu alpha.

Él me mira fijamente a los ojos, su expresión es un reflejo de su tormento interno. Veo miedo, dolor, incertidumbre... Pero también una chispa de determinación que aún no se ha apagado por completo.

—¿Y si no la hallo? —su voz tiembla, como si la idea de perderla fuera demasiado para soportarla.

—¿Y si ella me odia? ¿Y si ya no me quiere? —su miedo es tan real, tan palpable, que siento su dolor como si fuera el mío.

—No creo que pase —le aseguro, acariciando su mejilla y secando sus lágrimas con ternura—. Ella te ama de la misma forma o más intensa que tú. No te cambiaría por nada ni nadie, ¿entiendes?

Él asiente, aunque la incertidumbre aún lo consume. Sé que sus miedos no se disiparán con simples palabras, pero al menos, por ahora, he logrado calmarlo un poco.

—¿Puedes dejarme solo un rato? —me pide con la voz quebrada.

Asiento, dándole un último abrazo antes de acercarme a la puerta. Me detengo por un momento, mirándolo con el corazón apretado.

—Gracias... —murmura, mirándome con gratitud en sus ojos cansados.

Le dedico una pequeña sonrisa, aunque sé que no es suficiente para aliviar su sufrimiento. Luego, salgo de la habitación, dejándolo solo para que se recomponga.

Camino por el pasillo con pasos lentos, mi mente llena de pensamientos y emociones que no puedo comprender del todo. Mi hijo está sufriendo, y yo, su madre, no puedo hacer nada para aliviar su dolor. Lo veo tan perdido, tan vulnerable, y me siento impotente. Todo lo que puedo hacer es estar ahí para él, apoyarlo, pero temo que ni eso sea suficiente.

Me detengo un momento, apoyándome en la pared, respirando hondo para contener mis propias emociones. Todo esto es demasiado para él. Para todos nosotros. Y, sin embargo, él debe ser fuerte… Tiene que encontrarla, aunque mi corazón se parte al verlo luchar contra sus propios miedos.

Desde su habitación, aún puedo escuchar sus sollozos, pero sé que no debo ir a consolarlo más. Debe encontrar la fuerza dentro de sí mismo. Es su batalla, y aunque quisiera pelearla por él, no puedo.

"Fabricio... por favor, no te rindas."




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