La música inexistente seguía resonando en mis oídos, pero ya no podía seguir más. Me cansé de tanto bailar, así que, después de un largo rato, decidí dirigirme al baño para darme una ducha relajante. Mi cuerpo comenzaba a sentirse agotado por la energía que había derramado en el baile. Cuando terminé, me metí en la cama, me arropé y cerré los ojos. Necesitaba descansar, aunque sabía que el día no terminaría tan fácilmente.
Pasaron varias horas, y todo estaba en silencio. Nadie había entrado en mi cuarto, y me sentía sola, sumida en la quietud de ese extraño lugar. Fue entonces cuando un chillido rompió la calma de la noche, un sonido tan agudo como el de un ratón. Me sobresalté y me levanté de un salto. Mi corazón comenzó a latir más rápido, y la curiosidad me impulsó a seguir ese pequeño ruido.
Me acerqué a una mesa cercana, donde abrí un cajón, y ahí, en medio de algunos papeles, encontré una pequeña criatura. Un ratoncito blanco. Era tan hermoso que no pude evitar sonreír. Su pequeño cuerpo, su cola gruesa con un tono rosado, sus diminutas orejitas y su nariz de un delicado rosa pastel me cautivaron por completo.
— ¡Qué lindo! —exclamé en voz baja, acariciando suavemente su pequeño cuerpo.
Reconocí que era hembra por su suave aroma, y sin pensarlo mucho, decidí llamarla Margarita.
— Hola, chiquita. —La levanté suavemente en el aire, y su chillido de alegría me hizo sonreír aún más. Luego me dirigí hacia la cama y me lancé sobre ella, acomodando a Margarita junto a mí.
La pequeña ratoncita se metió bajo las sabanas, buscando su lugar. Yo me quedé allí, acostada, simulando estar dormida. ¿Por qué? Porque sentí que alguien se acercaba, y lo que menos quería era ser descubierta en ese momento.
De repente, la puerta del cuarto se abrió, y la figura de un hombre se acercó con cautela hacia mi cama. Mi corazón dio un brinco. Con rapidez, me preparé para reaccionar.
— Un paso más y te rompo la cara —amenacé en voz baja, ya sabiendo que no estaba sola. No podía dejar que se acercara demasiado.
El hombre soltó una risa baja, y fue entonces cuando lo reconocí. Era el chico que había noqueado al hombre del cabello insoportable. Aparentemente, él no había venido para atacarme, sino para algo diferente.
— Escuché que tenías el sueño más pesado que un tráiler de carga —rió, y me fijé mejor en él. Aun así, no pude evitar sentir desconfianza.
— Tranquila, solo vengo por órdenes del rey. —Dijo sacando una jeringa de su bolsillo. La mostró frente a mí con una calma que me inquietó. — Quiere que te inyecte esto.
— ¿Es necesario? —pregunté, desconcertada. No tenía intenciones de escapar, aunque si hubiera podido, tal vez lo hubiera intentado. Mi manada estaba en peligro y ni siquiera sabía en qué lugar estaba. No tenía idea de cómo salir de allí ni de hacia dónde ir. Señalé hacia la ventana, donde se podía ver el espeso bosque que rodeaba el castillo.
— Cierto —respondió él con una leve sonrisa, pareciendo comprender mi frustración—. Según nosotros, te inyecté mientras dormías... ¿Verdad? —burlándose ligeramente mientras vaciaba el líquido de la jeringa en una maceta cercana. — Pero debes tener el punto. Esta es una jeringa de plata, y si no la aplicas correctamente, te quedas con el punto fijo.
Asentí, extendiendo el brazo hacia él, resignada a lo que debía hacer.
— Gracias —murmuré cuando sentí la fría aguja entrar en mi piel. Aunque ya sabía lo que implicaba, la sensación de que algo tan peculiar como la "jeringa de plata" no se curara al instante como esperaba me inquietó aún más.
— ¿Cuál es tu nombre? —le pregunté, tomando a Margarita que había salido de debajo de las sábanas y estaba ahora revoloteando sobre la cama.
— Darol Ruforth, un gusto conocerla, princesa —respondió, haciendo una pequeña reverencia que me desconcertó aún más.
— ¿Princesa? —pregunté con el ceño fruncido, intentando comprender qué quería decir con eso.
— Sí, usted es hija de la antigua reina... Eso la convierte en princesa —respondió sin rodeos, como si fuera lo más normal del mundo—. Aunque siendo la consorte del rey, la haría reina... Pero no creo que usted sea su pareja. Usted no es híbrida, por lo que no existe la posibilidad de eso.
Mi mente estaba en caos, y acaricié a Margarita mientras procesaba sus palabras. Las piezas comenzaban a encajar, pero aún había muchas preguntas sin respuesta.
— Gracias de nuevo —dije con una sonrisa forzada, y luego una idea me cruzó por la mente—. Mmmm... ¿Me puedes decir dónde estoy? —pregunté con esperanza, tratando de obtener alguna pista que me acercara a la verdad.
Él rió, como si estuviera anticipando mi pregunta.
— Le dirás a tu mate —respondió, y mi rostro se transformó en una mezcla de sorpresa y confusión.
— Yo... He... Yo... —balbuceé, nerviosa. Nunca imaginé que él pudiera saber de Fabricio.
— Tranquila, estamos en el castillo de LOARRE, en Rumanía.
— ¿Rumanía? —pregunté, asustada. Él asintió, como si todo fuera completamente normal. — ¿Cómo llegamos hasta aquí? Dudo que haya dormido días con esa cosa que me inyectaste.
— Portales —dijo con calma—. Así nos trasladamos los vampiros. Gracias a los portales y nuestra velocidad, podemos llegar a lugares rápidamente.
La información me dejó sin palabras. La situación se volvía cada vez más surrealista.
— Wow... —fue todo lo que pude decir, intentando procesar lo que acababa de aprender. — Mi nombre es Paulina Moon, hija de los alphas Juan Moon y Esmeralda De Moon.
— La reina Esmeralda Doin De Moon —dijo él, asintiendo con conocimiento. — Lo sé, y tu mate es el hijo de la segunda esposa y mate de tu padre. —Sus palabras hicieron que mi mente girara aún más. — Tu vida sí que es un caos.
— No te burles —le tiré una almohada, con un gesto un tanto frustrado. — Ya sé que lo es... Como sabes que hablé con Fabricio.
— Leo la mente, y escuché la conversación que tuviste con él. Ten más cuidado, no solo yo tengo ese don. —Él se encogió de hombros.
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Editado: 15.07.2026