Me acabo de bañar, y después de unos minutos tratando de calmar mi mente y prepararme para lo que sigue, entro al clóset en busca de algo cómodo para ponerme. Mi cuerpo aún está caliente por el agua tibia, pero mi cabeza sigue sintiéndose fría, llena de pensamientos que no paran de dar vueltas.
Elijo un vestido azul que llega hasta la mitad del muslo, con mangas caídas. Es sencillo, nada extravagante, pero lo suficiente para hacerme sentir un poco menos atrapada en este maldito castillo. Mientras me lo pongo, el roce de la tela sobre mi piel me provoca un escalofrío que no tiene nada que ver con la temperatura. No importa lo que haga, me sigo sintiendo vulnerable. Como si en cualquier momento algo malo fuera a ocurrir.
Intento ignorar esa sensación, enfocándome en peinarme. Mi cabello todavía está algo húmedo, y mis dedos luchan por desenredarlo mientras maldigo en voz baja. Pero de repente, escucho la puerta del cuarto abrirse y cerrarse. Un portazo seco, abrupto. No me giro. No me interesa.
Cierro los ojos, respiro profundo. Quizás sea una de las criadas trayendo algo. Quizás sea solo mi paranoia. Pero entonces, un estruendo sacude la tranquilidad. Un golpe fuerte. Algo choca contra una pared. Luego otro. Y otro.
Mis manos se detienen.
Gritos.
El sonido de algo cayendo.
Al principio, quiero ignorarlo. Convencerme de que es solo otro episodio de caos en este castillo de locos. Pero entonces, un chillido me paraliza.
Es un sonido agudo, doloroso. Un sonido de sufrimiento.
Mi corazón se detiene por un segundo. Luego se acelera.
Margarita.
—¡Margarita! —grito, mi voz saliendo más fuerte de lo que esperaba, mientras me lanzo fuera del clóset, corriendo hacia el origen del sonido.
Mis pies descalzos golpean el suelo con fuerza, apenas sintiéndolo. Mi pulso retumba en mis oídos, el aire me falta.
Cuando llego, el mundo a mi alrededor se congela.
Oliver está ahí, con la expresión tensa y las manos crispadas. Frente a él, sobre la mesa, está Margarita. Su pequeño cuerpo blanco e inofensivo yace inmóvil, teñido de rojo.
Mi respiración se corta.
El suelo se siente como si estuviera desapareciendo bajo mis pies.
Mis ojos se clavan en el pequeño animal, en el pelaje suave ahora manchado de sangre.
No.
No, no, no.
—¡DETENTE, ESTÚPIDO! —grito con una voz que no reconozco, mi cuerpo moviéndose antes de que mi mente pueda procesarlo.
Me lanzo hacia Margarita, tomándola con cuidado en mis manos, sintiendo su calor todavía presente. Pero su respiración es débil. Demasiado débil.
Mi pecho se aprieta con tanta fuerza que siento que no puedo respirar.
—¡POR LA DIOSA, MARGARITA! —susurro, mi voz temblando con una mezcla de ira y desesperación.
La sangre caliente se impregna en mis dedos.
Margarita está viva. Pero herida.
Un miedo helado se arrastra por mi espalda.
Oliver da un paso hacia mí, su expresión llena de desprecio.
—¿POR QUÉ LA TOCAS? —su voz es cortante, con una frialdad que me enferma—. ¡ES UNA RATA!
Mis ojos se alzan hacia él con un fuego que nunca había sentido.
—¿UNA RATA? —mi voz sale baja, pero llena de una rabia temblorosa—. ¿EN SERIO NO SABES LA DIFERENCIA ENTRE UN RATÓN Y UNA RATA?
La furia me envuelve, quemándome por dentro, y suelto las palabras antes de poder detenerme.
—¡PUTA QUE FUTURO TIENEN LOS VAMPIROS CON UN REY ASÍ DE PENDEJO!
Oliver me mira con incredulidad, como si nadie jamás se hubiera atrevido a hablarle así. Pero no me importa.
No me importa nada.
Porque en este momento, Margarita está sufriendo y es por su culpa.
La furia burbujea en mi pecho, mezclada con una culpa sofocante.
No debí haberla dejado sola.
No debí confiar en que nada malo le pasaría.
Esto es mi culpa.
—¡ÚLTIMA VEZ QUE ENTRAS A MI CUARTO Y DAÑAS A ALGUIEN IMPORTANTE PARA MÍ! —le escupo las palabras con veneno, cada sílaba empapada de amenaza real.
Sin esperar una respuesta, giro sobre mis talones y salgo disparada de la habitación.
Mis pasos son apresurados, mi respiración agitada.
Margarita se mueve un poco en mis manos, y eso me asusta aún más.
—¡No te duermas, pequeña! —susurro, como si ella pudiera escucharme, como si mis palabras pudieran sostenerla aquí.
—¡DAROL! ¡DAROL! —mi voz se rompe en el aire, un grito de desesperación que resuena por los pasillos del castillo.
Siento miradas sobre mí mientras corro, pero no me detengo. No puedo.
Finalmente, lo veo.
Darol aparece en un abrir y cerrar de ojos, su figura imponente acercándose con rapidez, el ceño fruncido por la preocupación.
—¿QUÉ PASA? —su voz es seria, pero hay una nota de urgencia en ella.
Mi garganta se cierra.
—¡Margarita! —jadeo, sosteniéndola con más fuerza contra mi pecho.
Darol parpadea.
—¿El ratón?
Asiento frenéticamente, las lágrimas amenazando con escapar.
—El imbécil de Oliver le lanzó cosas… Está herida, Darol. No quiero que muera… ¡No puede morir!
Mis palabras salen atropelladas, llenas de un miedo irracional.
Darol observa la escena por un segundo, su expresión endureciéndose. Luego, asiente.
—Ve a la cocina y colócala sobre una manta —dice con rapidez, sin dudar ni un segundo—. Yo iré en un momento.
Su determinación me da un respiro de esperanza.
Sin perder más tiempo, corro hacia la cocina.
Cada latido de mi corazón se siente como una cuenta regresiva.
Cada segundo que pasa, el peso de la incertidumbre se hace más insoportable.
Mientras atravieso los pasillos, solo una cosa resuena en mi mente:
Por favor… Margarita, aguanta un poco más.
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Editado: 15.07.2026