Me llamo Margarita, y aunque parezca que soy solo un pequeño ratón, mi historia es mucho más grande de lo que parece a simple vista. Mi vida no ha sido fácil, he visto cosas que ni siquiera los más valientes querrían imaginar.
Los Morg no siempre fuimos pocos. Hubo un tiempo en el que nuestras comunidades se extendían por todo el mundo, en refugios ocultos, entre bosques, castillos y templos antiguos. Nuestra especie tenía un don singular: la capacidad de transformarnos en cualquier animal, sin importar su tamaño, sin importar si había existido en eras pasadas o si era una bestia de leyenda. Nuestra magia nos permitía adoptar formas desde lo más diminuto hasta lo colosal.
Pero fue ese don el que nos condenó.
Las brujas nos cazaban con una ferocidad implacable. Nuestra sangre, decían, era un ingrediente indispensable en los rituales más antiguos, en las pócimas más poderosas. Con ella, podían prolongar su juventud, aumentar su poder y, según algunas leyendas, adquirir también nuestras habilidades. La caza de los Morg no fue rápida ni misericordiosa. Fue una guerra silenciosa, una extinción planeada en la penumbra, en los calderos donde se mezclaban nuestros cuerpos con sus maldiciones. No hubo compasión para nosotros. Ni los más jóvenes ni los más ancianos fueron perdonados. Nos cazaron hasta el último, derramando nuestra sangre en sus altares de piedra.
Huimos, nos escondimos. Algunos intentaron luchar, pero fuimos superados. Cada rincón donde creíamos estar a salvo se volvió un coto de caza. Vi caer a mi familia, a mis amigos, a todos los que alguna vez conocí. Sus formas se desvanecieron en la nada, sus cuerpos fueron consumidos por llamas, por cuchillas, por hechizos crueles. Y yo... yo sobreviví.
Pero la supervivencia tiene un precio. El dolor de saber que soy la última de mi especie es un peso que llevo a cada instante. Cada noche, al cerrar los ojos, veo sus rostros, escucho sus gritos, siento la impotencia de no haber podido hacer nada.
Recuerdo el día en que vi desaparecer a los últimos de mi especie. Estaba escondida en una grieta de la tierra, observando cómo las llamas consumían los cuerpos de los más ancianos, mientras las risas de los hechiceros resonaban en la noche. Me quedé allí, temblando, sin hacer ruido, mientras el humo llenaba mis pulmones. No podía llorar, no podía gritar. Solo podía esperar a que todo terminara.
Y así fue. Se fueron, creyendo que habían acabado con todos. Pero yo sobreviví. No porque fuera la más fuerte, sino porque fui la más afortunada. La última Morg.
Desde entonces, he huido. Me he ocultado en sombras, bajo tablas de madera, entre los escombros de ruinas olvidadas. Me he mantenido viva a base de migajas y susurros. Nunca me he atrevido a transformarme en otra criatura, por miedo a ser descubierta. Prefiero que me crean un simple ratón, insignificante e inofensivo.
Fue así como llegué a este castillo, un refugio en la oscuridad, un lugar donde podía desaparecer entre los muros. Nadie notó mi presencia al principio, hasta que ella me encontró. Paulina Moon. La chica que, por casualidad o destino, escuchó mi respiración entre las sombras.
Intenté huir. Siempre huyo. Pero esta vez, algo fue diferente. Ella no gritó, no intentó atraparme con brutalidad. Solo me observó, con esa mirada llena de algo que no reconocía: ternura. Como si realmente me viera. Como si no fuera solo un ratón. Como si no fuera solo una criatura condenada a la extinción.
Desde ese momento, Paulina se convirtió en mi protectora. No entiendo por qué. Quizás porque ella también se siente sola. Quizás porque en su corazón hay algo diferente a los demás sobrenaturales. O quizás porque, de alguna manera, nuestras historias están destinadas a entrelazarse.
Pero la tranquilidad no duró. Nunca dura.
Hoy, el peligro regresó.
Estaba en la habitación de Paulina, acurrucada sobre la mesa, cuando de repente, la puerta se abrió de golpe. Un hombre entró con pasos duros, su presencia llenándolo todo de una energía oscura y sofocante. El rey Oliver.
No tuve tiempo de reaccionar antes de que la primera cosa volara hacia mí. Un vaso. Luego un libro. Después, una botella. Todo explotó a mi alrededor en una lluvia de cristales y madera astillada. El miedo me congeló. Intenté correr, pero era demasiado tarde. Algo me golpeó con fuerza. El dolor me atravesó como un relámpago. Sentí cómo mi cuerpo era lanzado hacia atrás, cayendo pesadamente contra la mesa.
Grité, pero mi voz era débil.
La última Morg, reducida a un montón de piel y huesos rotos.
La sangre comenzó a manchar mi pelaje blanco. Y en medio del dolor, una voz.
—¡DETENTE, ESTÚPIDO!
Era Paulina. Su voz estalló en la habitación como un trueno, llena de furia y desesperación.
Me levantó con manos temblorosas, su calidez envolviéndome. Su corazón latía rápido, como el mío. La vi mirarme con los ojos brillantes, aterrorizada.
—No... no, no, no... Margarita...
Sentía su miedo, su angustia. No quería preocuparla. Intenté moverme, pero el dolor me hizo soltar un pequeño chillido.
—¡POR LA DIOSA, MARGARITA!
Me apretó contra su pecho. Su calor era lo único que me mantenía consciente.
Entonces, se giró hacia Oliver, y la furia en su voz fue más aterradora que cualquier magia oscura.
—¡Última vez que entras a mi cuarto y dañas a alguien importante para mí!
No esperó respuesta. Salimos de la habitación, su corazón latiendo frenéticamente contra mi cuerpo herido.
—¡DAROL! ¡DAROL! —gritó, desesperada.
Yo solo podía aferrarme a su calor, al sonido de su voz.
Mi especie podía haber desaparecido. Mi familia podía haber sido exterminada. Pero ahora, en este instante, Paulina estaba aquí. Luchando por mí.
Quizás, solo quizás, la historia de los Morg no había terminado aún.
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Editado: 15.07.2026