Me suspendí de la cama de golpe, la respiración entrecortada, mi pecho subía y bajaba con rapidez. Estaba en la cama, pero al lado de mí había tres gemas blancas que brillaban débilmente. Las ignoré por completo, mi atención centrada en el dolor que recorría mis nudillos, que aún sangraban, y en mi muñeca, que no se curaba. Mis mejillas estaban empapadas, y un dolor punzante se apoderaba de mi cabeza por tanto llorar.
—¿Cómo mierda pasé de ser la chica fría que no derramaba ni una lágrima a la María Magdalena que ha llorado el Océano Pacífico? —me pregunté en voz baja, mientras observaba mis manos, mis nudillos rojos y llenos de heridas. Más lágrimas cayeron sin cesar, y la rabia y la impotencia crecían en mi pecho. La cama, las gemas, todo a mi alrededor parecía desvanecerse.
—¿Cómo me volví tan débil? ¿Cómo pasé de no llorar ni en el entierro de mi madre a llorar por cualquier cosa?
En ese instante, sentí el peso del sufrimiento sobre mí. El vacío, la soledad, el dolor de no encontrar respuestas, de no entender por qué todo me parecía tan injusto. Golpeé mis piernas una y otra vez, mis nudillos golpeando el colchón sin control. Mi alma dolía y mi mente, al borde del colapso, no encontraba paz.
—Maldición... ¿por qué? ¿Por qué mierda soy tan inútil? —grité con rabia, ignorando todo a mi alrededor. El dolor era tan fuerte que me hacía perder la razón.
—¿Por qué estoy aquí, con quien dice ser mi tío y me quiere como su esposa? ¿Por qué maldita mierda me quieren violar con cada paso que doy? ¿Por qué me quejo tanto, sabiendo que mi familia está peor que yo? —susurré lo último, derrotada.
Me hice un ovillo en la cama, metí mi cara entre mis rodillas y seguí llorando. El dolor, las preguntas sin respuestas, todo me aplastaba. Pensaba en mi madre, en todo lo que no viví con ella, en lo que habría sido mi vida si no me hubiera dejado. En cómo, si ella hubiera estado aquí, todo sería diferente.
—Mami... te extraño... Si estuvieras aquí... Si no me hubieras dejado... Mi papá no habría encontrado a Erika, y nunca habría conocido a Fabricio... —susurré, el peso de la tristeza nublando mis pensamientos.
De repente, la cama se hunde a un lado de mí. Levanto la mirada y veo a Oliver. Sus mejillas están mojadas, sus ojos rojos reflejan tristeza, odio y dolor.
Me enderezo rápidamente, secándome las lágrimas que aún caen, sabiendo que no quiero que me vea así. No sé si me ayudará o si solo se aprovechará de mi vulnerabilidad. No sé qué esperar de él. Con esfuerzo, trato de calmar mi respiración, cerrando los ojos, deteniendo las lágrimas que insisten en salir. Poco a poco, mi respiración se normaliza.
—Perdóname... —dice él, con voz rota, destruyendo cualquier intento de tranquilidad que había logrado. Levanto la vista y lo miro, mi ceño fruncido, sintiendo su dolor y el mío en un solo golpe. Oliver tiene la mirada baja, observando mis manos, las cuales aún no sanan.
—Solo pensé en mí... de nuevo... —susurra, sus palabras llenas de culpa. Yo suspiro pesadamente, mi cuerpo aún temblando por las emociones encontradas.
—Por favor... —le digo, mi voz quebrada, suplicante. Las lágrimas aún surcan mi rostro, pero las palabras salen con dificultad.
—Quiero volver a casa, prometo visitarte y ayudarte a encontrar a tu verdadera pareja... —Lo miro fijamente, mi voz se vuelve un susurro.
—Yo no lo soy... —digo, con tristeza.
—Una voz misteriosa me lo dijo, en mis visiones... —termino, con la voz apenas audible.
—Alguien te tiene bajo un hechizo para que me alejen de Fabricio... —coloco una mano sobre la suya, apretándola, mientras con la otra acaricio su mejilla.
—Pero por favor, déjame ayudarte. Déjame salvarnos.
Él se queda en silencio por un momento, sus ojos llenos de dudas, confusión, pero también de desesperación.
—Pe... pero... ¿por qué? —pregunta, la duda en su tono.
Lo miro fijamente, y mis lágrimas empiezan a caer nuevamente, esta vez sin control. La impotencia, el dolor, el amor no correspondido, todo me estremece.
—Porque eres mi tío... Eres lo segundo que me queda de mi madre... Ya ni siquiera recuerdo nada de ella... Y a mi padre no le gusta hablar de eso porque aún le duele, aunque me tenga a mí y a Erika... —mi voz se quiebra, cabizbaja.
—No quiero dejarte solo, no puedo dejarte solo... No de nuevo. —Concluyo, mis palabras resonando en el aire.
Lo miro y suspiro, mis brazos se abren hacia él, y lo abrazo con fuerza. Él no dice nada, pero siento su cuerpo tenso por un momento. Luego, me corresponde, y su abrazo es cálido, lleno de un consuelo que no sabía que necesitaba. La calidez de su cuerpo me calma, pero las lágrimas siguen fluyendo sin cesar.
—Ayúdame a ayudarte, por favor... —susurro entre sollozos, buscando su apoyo, buscando una forma de cambiar lo que parece inmutable.
—Pronto estaré contigo, papá... Fabricio... —pienso en mi mente, mi corazón palpitando de esperanza, aunque sé que las respuestas no llegarán fácil.
—¿Puedo llamarte tío? —le pregunto entre lágrimas, sin soltarlo.
Él asiente en silencio, sin decir palabra, solo devolviendo el abrazo con fuerza. Las palabras sobran en este momento. Lo único que importa es que, por fin, no estoy sola.
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Editado: 15.07.2026