"Prometí protegerla, y así lo haré... Lo que no pude hacer contigo, hermanita, lo haré con ella, tu hija, mi sobrina."
El pensamiento me golpea con una fuerza que me rompe por dentro. Y mientras la abrazo, mientras siento su cuerpo temblar en mis brazos, como si se fuera a deshacer de tanto dolor contenido, me doy cuenta de cuánto la necesito viva. Paulina llora, llora como si el alma se le escapara por los ojos. Derrama mares de lágrimas que ya no puede contener, como si el llanto fuera lo único que aún le pertenece.
Me ha contado cosas que nunca le dijo a su padre. Secretos que pesan como piedras, que arden como brasas, que duelen más de lo que puedo soportar sin que se me rompa el corazón. Me conmueve que confíe en mí, que me haya elegido a mí para vaciarse por dentro, para mostrarme la verdad detrás de sus silencios. Aunque esas verdades sean crueles, aunque me desgarren. Porque eso significa que, de alguna forma, todavía hay una parte de ella que quiere salvarse.
—¿Te vas ya? —le pregunto en voz baja, como si hablar más fuerte fuera a quebrarla aún más. Ella niega lentamente, y en ese gesto hay algo tan frágil, tan vulnerable.
—Aún no —susurra. Sus ojos se clavan en los míos, llenos de tristeza, de agotamiento, de algo que se parece demasiado al abandono.
Se separa de mí con lentitud, como si ese acto doliera, como si mi abrazo fuera el único refugio que ha tenido en días. Y entonces, casi como un pensamiento en voz alta, dice:
—Puedo salir del castillo... me ahoga estar aquí dentro todo el tiempo.
Su tono es suave, pero en sus palabras hay desesperación. Una desesperación silenciosa, resignada. La miro con más atención. Ha cambiado. No es solo su ánimo. Sus ojos están rojos, hinchados por el llanto. Su nariz también, inflamada. El cabello lo tiene enredado, descuidado, como si hace días que no se mirara al espejo. Su vestido está arrugado, sucio, y la tela sube lo suficiente para revelar sus muslos. Pero no. No debo mirar así. No puedo. Es mi sobrina.
Lo repito como un mantra: es mi sobrina, es la hija de mi hermana... Pero también sé que está bajo un hechizo. Ella me lo dijo. Un hechizo, como los que su madre tenía en sus visiones. Y su madre nunca se equivocaba. Yo no puedo fallar ahora. No a ella. No otra vez.
—Sí, pero avísame cuando lo hagas —le digo mientras le limpio las mejillas con la yema de los dedos, con una ternura que me nace del alma. Quiero que sienta algo de consuelo, por mínimo que sea.
Ella asiente y me regala un "gracias" entrecortado. Apenas un susurro, pero suficiente para que me llegue al pecho como una caricia. Sonríe un poco. No es una sonrisa real, es más bien un gesto débil que intenta disfrazar la tristeza, pero lo valoro. Yo también quiero creer que todo va a mejorar, pero el miedo… el miedo no me deja. No me suelta.
—Descansa —le digo, y beso su coronilla como cuando era niña y corría a esconderse entre mis brazos después de una pesadilla.
Ella deja escapar una risa leve, quebrada. Como si fuera un intento de mostrarme que aún está viva, aunque rota.
—¿Confías en Darol? —le pregunto de pronto. No sé por qué lo digo, tal vez porque algo en su mirada cambió, o porque siento que tengo que saberlo todo.
Paulina guarda silencio por un segundo que se me hace eterno. Luego, con una calma inquietante, responde:
—Sí. Me salvó de ser violada esta tarde.
El mundo se me detiene. El aire desaparece. Es como si todo lo que me rodea se apagara en un instante. Me quedo congelado. No reacciono. Mi mente quiere gritar, pero mi cuerpo no responde.
—¿Estás bien? —le pregunto al fin, con la voz temblorosa, cargada de un miedo que no sé ocultar. El miedo de perderla, de no haber llegado a tiempo.
—Sí, aunque mató al tipo, pero me salvó —dice con una serenidad que me asusta más que todo lo demás. Como si el horror ya fuera parte de su rutina. Como si su cuerpo y su alma ya hubieran aceptado que vivir duele.
Suelto el aire que no sabía que contenía. Y duele. Duele como un puñal al estómago. Ella está viva. Está aquí. Pero ¿por cuánto tiempo más?
—No importa, te salvó, y eso es lo único importante —le digo, aunque dentro de mí arde la rabia. Nadie debería vivir con miedo. Nadie debería sentir que el dolor es normal. Nadie debería haber tocado a Paulina. Nunca.
Ella asiente. En sus ojos hay algo distinto. No alivio. No esperanza. Es otra cosa. Tal vez resignación. Tal vez fe ciega en que todavía queda algo por lo que seguir luchando.
—Descansa —le repito, porque no sé qué más decir. No tengo más palabras, solo un torbellino de emociones que me ahogan.
Camino hacia la puerta en silencio. Pero antes de cruzarla, me detengo. La miro una última vez. Paulina se ha acurrucado en la cama, envuelta en mantas, encogida sobre sí misma como si quisiera desaparecer. Como si solo así pudiera protegerse.
No puedo permitir que vuelva a pasarle nada. No puedo permitir que el mundo le siga quitando pedazos.
Protegeré a Paulina.
Cueste lo que cueste.
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Editado: 15.07.2026