Salgo del cuarto, el dolor recorre mi cuerpo, el sueño me dejó más agotada de lo que imaginé. Fue un sueño que no era sueño, casi muero ahogada… todo se siente tan real.
Miro mi muñeca, la marca de la mano del hombre que me había encontrado hablando con Fabricio sigue allí, grabada como una cicatriz invisible, pero que duele al mirarla.
— ¿Estarás bien? Perdóname por favor, aún no puedo ir… No por ahora. — Pienso, con el peso de la culpa sobre mis hombros.
— Estoy de acuerdo. — Dice Star, rompiendo el silencio.
— Hasta que apareces. — Le respondo, sarcástica.
— Lo siento, aún estaba recuperando energías y esa visión también me agotó a mí. — Explica.
— Me alegra que estés bien, — le digo, y hago una pausa antes de preguntar. — ¿Qué haremos?
— ¿De qué? — Responde, sin entender.
— Con papá y Fabricio, — suspiro, pesada, dejando escapar toda la frustración que he estado acumulando. — Cuando Fabricio se dé cuenta de lo que Erika quería hacer… porque, por cómo es mi padre, lo conozco, la odiará. Y es su madre... No podré estar con él para apoyarlo, no ahora.
— Se lo recompensaremos cuando lo veamos de nuevo. — Dice ella, con firmeza.
— Estoy de acuerdo. — Le respondo, esbozando una ligera sonrisa antes de cerrar el enlace.
Me levanto de la cama y me dirijo al baño. Al mirarme al espejo, no puedo evitar reírme con amargura. Mi cabello parece un nido de pájaros, una maraña de enredos.
— Creo que hasta los nidos están más ordenados. — Comento, tanteando los nudos de mi cabello. — Sí, lo están. — Digo al sentir una enredadera en él. Mis ojos están rojos, la nariz inflamada, los labios resecos y la piel pálida. Me quito el vestido con rapidez y entro a la ducha, buscando relajarme. Estoy segura de que no dormiré esta noche. Saldré al bosque cerca del castillo, aunque sé que mi mente no dejará de correr.
(...)
Después de bañarme, me dirijo al closet y elijo un vestido negro. Es corto por delante, hasta la mitad del muslo, y más largo por detrás. Me desenredo el pelo y lo dejo suelto para que se seque mientras miro a mi alrededor. La habitación ya no está llena de guardias vigilando la puerta ni patrullando los pasillos. Ya no tengo ese peso constante sobre mis hombros. El lugar está vacío, completamente vacío.
De repente, veo a Margarita acercándose a mí, en su forma de ratón. La levanto y le sonrío.
— Iré a despejarme la mente. — Le digo con calma. — Dile a Darol que no me alejaré tanto del castillo. Y si mi tío se preocupa, dile que sé cómo cuidarme sola.
La dejo en el suelo, pero ella se interpone en mi camino.
— Estaré bien, tranquila. — Le aseguro, intentando pasar por encima de ella sin pisarla.
— Espera. — Una voz me detiene. Miro hacia abajo y veo a Margarita, que me observa con preocupación. — No salgas, tengo un mal presentimiento. — Dice con voz temblorosa desde el suelo.
— Estaré bien, lo prometo. — Le digo, confiada, mientras sigo mi camino, dejando que sus palabras se queden atrás.
Camino por los alrededores del castillo, el aire helado de alguna forma me reconforta y me relaja.
Sigo caminando sin percatarme de que me he alejado demasiado del castillo, pero no le tomo importancia.
Sigo caminando mientras pienso en cómo ir a mi manada sin que se difunda rápido la noticia.
— ¿Qué haces sola? — escucho una voz de mujer.
Volteo hacia la voz y es la misma chica que estuvo con Erika y papá en la visión.
— ¿Qué te importa? — escupo molesta. — ¿Qué quieres? — le digo.
— Bueno, a Fabricio, pero estando tú de por medio no podré tenerlo. — dice ella.
— ¡NUNCA LO TENDRÁS, ÉL ES MÍO! — gruño, molesta.
— Mmmm... No lo creo, no puedes estar con alguien muerto. — dice con una sonrisa torcida.
Siento un muy fuerte golpe en la cabeza y un líquido caliente recorrer mi nuca. Llevo mi mano allí y tengo mojado.
— ¡Mierda! — susurro, me siento mareada y débil.
— Hasta nunca, Paulina Moon. — es lo último que escucho antes de caer de rodillas al suelo y luego de cara a este, quedando inconsciente mientras mi sangre sale a mares de mi cabeza.
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Editado: 15.07.2026