Hermanastros ( I libros )

Capitulo 58 - Margarita

La búsqueda me consume. El viento roza mis plumas, mi forma de ave recorre los cielos en un intento desesperado por encontrarla, por sentir su presencia. La esperanza de ver a Paulina entre la multitud de sombras y figuras se convierte en una obsesión que quema mi pecho.

"¿Dónde estás?" pienso, volando bajo y atento a cada detalle, mis ojos escudriñando la tierra, los árboles, buscando cualquier indicio que me conduzca hacia ella.

Mi vuelo se torna errático, lleno de frustración. Bajo un poco más, mis alas extendidas apenas tocan la corriente de aire caliente. Y entonces, lo veo. A dos chicas en el suelo y de pie, una sonriendo con una expresión tan cálida que casi me engaña.

"¿Paulina?" La pregunta sale de mi pico sin pensarlo, un susurro nervioso en el viento. Me acerco, cautelosa, porque algo en mi interior me dice que no todo es lo que parece.

Me poso en un árbol cercano, ocultándome entre las ramas para observar sin ser vista. La chica se da vuelta. "No es ella" pienso de inmediato al ver sus ojos y su rostro. Aunque hay algo familiar, algo en su porte, no es Paulina. No es ella. La rabia y el miedo se agrupan en mi pecho, y antes de que pueda reaccionar, una nube oscura se forma alrededor de la chica y desaparece ante mis ojos.

"¿Qué demonios...?"

El pánico crece en mi interior, y mi mirada se dirige al suelo, donde la chica caída está tendida, rodeada por un charco de sangre.

"¡No!" La sensación de terror me atrapa como una garra afilada. "Que no sea Paulina", me repito, aunque algo dentro de mí ya sabe la respuesta.

Cuando la veo más de cerca, el dolor me golpea en el pecho.

"¡PAULINA!" La llamo en un grito desesperado, la angustia rompiendo mi voz. Al reconocerla, la realidad se hace insoportable. Su rostro está pálido, sus ojos cerrados y su cuerpo, débil, herido, está perdiendo sangre a un ritmo alarmante. La impotencia me consume, el miedo que siento por ella es tan profundo que mi forma de ave desaparece, y en su lugar me transformo en un lobo gigante, mi cuerpo ahora lleno de fuerza y velocidad. No hay tiempo que perder.

Con rapidez, bajo y la subo a mi lomo, con cuidado de no dañarla más. Su peso es ligero, pero su vida se escapa rápidamente. ¡Aúllo!, Mi grito resonó a través de los pasillos del castillo, buscando que alguien me escuche, que alguien venga a ayudar. Pero cada segundo que pasa, la vida de Paulina se va con la sangre que se derrama de su cuerpo. Mi furia se intensifica, y mi desesperación me empuja hacia adelante, corriendo lo más rápido que puedo, la tierra bajo mis patas sonando en cada paso. No puedo perderla.

Cuando llego al castillo, lo primero que noto son los vampiros en las entradas, observándome como si fueran a detenerme, pero al ver la sangre que cubre mi pelaje, ninguno se atreve a moverse. Deben saber que esto es una cuestión de vida o muerte. "¿Por qué demonios nadie está haciendo nada?" me grito a mí misma, pero no puedo perder tiempo. Sin pensarlo dos veces, regreso a mi forma humana y cargando a Paulina como una princesa, como si el peso de su vida dependiera de cada segundo.

El rey aparece en la entrada, y el caos comienza a desatarse cuando ve la gravedad de la situación.

—¡Por las estrellas!— digo, mi voz quebrada por la urgencia. Ayúdenme. Al ver la angustia en sus ojos, mi desesperación aumenta. "¿Qué haré si no la salvo?"

Darol aparece de la nada, y en un parpadeo, me quita a Paulina de mis brazos y corre hacia el interior del castillo, con ella en sus manos. Yo lo sigo, sin importar las miradas que me atraviesan, sin prestar atención a nada más que a la vida de Paulina. "¡Sálvala!" clamo en mi mente. "¡Por favor, sálvala!"

Una vez dentro, el rey se acerca, su mirada de preocupación reflejada en su rostro al ver la escena.

—¿Qué pasa?— pregunta, pero su tono no está preparado para lo que realmente está sucediendo. No es solo una herida. Es la vida de Paulina que se desvanece ante mis ojos.

— Paulina... — El rey pronuncia su nombre con voz grave, acercándose al grupo. ¿Qué le pasó?

— Señor, téngala, ya vuelvo. Darol le entrega a Paulina al rey, y sin dudarlo, sale corriendo hacia un pasillo cercano. Mi mente no procesa nada más que el frío tacto de la mano de Paulina, el temblor de su cuerpo, la sensación de que cada segundo es una eternidad. No la dejes morir. El pensamiento me golpea con fuerza. No puedo perderla.

Me quedo junto a ella, sin importarme el caos ni la incomodidad. El rey la sostiene en brazos mientras yo, casi instintivamente, me agacho para darle primeros auxilios, intentando controlar la hemorragia con los restos de mi vestido. Mi mente está completamente concentrada en la herida de Paulina. Sangre, sangre... demasiado sangre.

Desgarro la parte baja de mi vestido, sin importarme lo que ello signifique. La tela no me importa, nada me importa. Solo ella. No puedo dejar que se muera. Mi mano presiona sobre su herida, mis dedos temblando, y su cuerpo, tan frágil, parece responder débilmente al contacto.

Mientras intento controlar el sangrado, siento un roce leve en mi piel. Paulina, aún semiinconsciente, ha tocado mi mano con su débil contacto. Un escalofrío recorre mi cuerpo, y la electricidad de su toque me hace casi perder el control. No es el momento, Margarita. Me reprendo, ignorando esa pequeña corriente que recorre mis venas y me llena de un extraño sentimiento que no tiene cabida en este caos. No es momento de pensar en eso.

El rey observa, impasible. No sé si se da cuenta de lo que está pasando, pienso, sintiéndome incómoda con su mirada fija en mí. No es el momento, maldición.

Con la tela de mi vestido, sigo tratando de detener el sangrado. No puedo permitir que muera, repito en mi mente, una y otra vez. Pero el tiempo parece desvanecerse, y la herida de Paulina no se cierra con la rapidez que necesito. ¿Y si no logro salvarla? El pensamiento amenaza con devorarme, pero no puedo dejar que eso me detenga. No puedo dejarla ir.




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