Mi corazón late con fuerza mientras me apresuro a ir hacia mi cuarto. El suelo bajo mis pies parece desmoronarse, y el aire, denso y pesado, me impide respirar con normalidad. ¿Será demasiado tarde? Esa pregunta se repite en mi cabeza como una maldición, atormentándome mientras corono las escaleras y me apresuro entre los pasillos. ¿Estaré a tiempo para salvarla? La duda me consume, pero no me detengo, no puedo. Paulina...
Finalmente, llego a mi cuarto, mi respiración agitada y mi mente en caos. Busco entre los estantes, entre las botellas y frascos que guardo en el lugar más alejado, en la esquina de mi habitación donde mantengo las lágrimas de ángel. ¿Las encontraré a tiempo? El reloj parece burlarse de mí. Mis dedos tiemblan, pero con rapidez, las hallo. Un frasco pequeño y brillante, lleno de esas gotas que tienen el poder de traer la vida, de sanar lo que parece irremediable.
Sin pensar en nada más, agarro el frasco y corro de vuelta. Cada paso me parece una eternidad, cada centella de luz que atraviesa las ventanas parece retarme. No puedo fallar, no esta vez.
Llego al lugar donde Paulina yace, rodeada de sombras y sangre, y mi estómago se revuelca al ver la escena. Margarita está allí, con el vestido rasgado, con las piernas descubiertas, cubriendo la herida de Paulina con lo que parece ser su propia tela. El color rojo carmesí de la sangre lo cubre todo. La escena es más sombría de lo que puedo procesar, pero no tengo tiempo para procesarlo. Tengo que actuar, ahora.
El rey está allí, observando a Margarita y a Paulina, su rostro tenso, pero no se mueve. ¿Qué pasa con él? Me pregunto, mi mente se siente nublada por la urgencia de salvarla. No tiene que quedarse mirando, tiene que ayudar. Pero lo ignoro, paso junto a Margarita con rapidez, con el frasco entre las manos, y no puedo evitar fijarme en cómo ella, con tanta destreza, sigue luchando por mantener la vida de Paulina.
¿Cuánto tiempo más podrá soportarlo? Mi mente sigue girando en espiral, pero obligo a mis manos a ser firmes mientras le doy dos lágrimas de ángel a Paulina, metiéndolas suavemente en su boca, con la esperanza de que funcionen, de que le den el tiempo que necesita para sanar. El tiempo es lo que más me preocupa. ¿Sobrevivirá?
— Mantén la tela ahí. — Mi voz tiembla mientras le doy la orden a Margarita, una orden que sale casi sin pensar. Y al instante, la herida deja de sangrar a chorros, pero aún queda la sangre que ya se ha derramado, empapando el suelo y la tela que cubre el cuerpo de Paulina.
Mis ojos no se apartan de ella. ¿Habrá algo más que pueda hacer? Pero ya no es el momento de pensar en más. No sé si alcanzará. El miedo, la angustia, la frustración... todo se mezcla dentro de mí.
Vuelvo mi mirada hacia el rey, el cual parece indeciso. Por favor, hazlo ya, suplico en mi mente. No tenemos tiempo. Es ahora o nunca.
— Tiene que convertirla. — Mi voz sale más fuerte de lo que esperaba. Las palabras se sienten extrañas, pero al mismo tiempo, son la única opción. Paulina no puede perder más sangre, no puede seguir perdiendo lo que queda de su vida. La herida ha sido demasiado grave. Es ahora o nunca.
El rey, sin dudarlo, se acerca y, con una rapidez que me hace sentir que todo el tiempo ha sido desperdiciado, muerde las muñecas y el cuello de Paulina. El sonido de sus colmillos al entrar en la piel de Paulina es macabro, pero no me detengo. ¡Sí, sí, por favor! El deseo de verla despertar, de verla salvarse, me consume más que cualquier otra cosa. Haz que funcione.
Mi respiración se acelera, y mi mente se llena de pensamientos oscuros. ¿Lo hará? El miedo sigue al acecho, y el horror de perderla está presente en cada rincón de mi ser. ¿Y si no funciona? Pero no puedo permitirme pensar en eso. No ahora. No podemos perderla.
Cuando el rey se aparta, su rostro está cubierto de sangre, y sus ojos, antes fríos y calculadores, ahora parecen reflejar una rabia contenida, una fuerza oscura que se despierta al entrar en contacto con la sangre de Paulina. Un escalofrío recorre mi cuerpo al ver esa mirada, y mis nervios se tensan aún más. ¿Ahora qué? La pregunta se agita en mi interior, como un eco que no puedo silenciar.
— ¿Ahora? — Su voz es grave, tensa, y no puedo evitar que un nudo se forme en mi garganta. ¿Lo habremos hecho bien?
El silencio que sigue es interminable, y la ansiedad me consume. Paulina no se mueve, su cuerpo sigue tan frágil, tan inmóvil. ¿Qué estamos esperando? Cada segundo parece un latido que me quita algo más de esperanza.
Esperar. Esa es mi única respuesta. Un susurro de voz, cargado de miedo y preocupación, sale de mis labios. Esperar.
Pero mi corazón late con fuerza, y el tiempo parece detenerse. ¿Cuánto tiempo más debemos esperar para saber si Paulina volverá a despertar? El frío de la incertidumbre me cala hasta los huesos. ¿Y si no lo hace? Esa pregunta se queda flotando en el aire, un peso invisible que me ahoga, pero solo hay una opción: esperar. Porque lo único que importa ahora es que ella sobreviva.
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Editado: 15.07.2026