Hermanastros ( I libros )

Capitulo 60 - Juan Moon

— ¿Cómo hizo eso? Esa no es mi Erika. — Digo, mi voz temblorosa, al ver lo que acaba de suceder. La imagen que tengo de Erika, esa chica fuerte y decidida, la que siempre estuvo a mi lado en los momentos más duros, se desvanece frente a mis ojos. La persona que tengo frente a mí no tiene nada que ver con ella, y esa transformación repentina me llena de una mezcla de confusión y temor que no puedo controlar.

— Esa chica se parece mucho a la señorita Paulina, y es hechicera de magia negra... ¿Y si la hechizó o algo? — Dice mi beta, su voz cargada de incertidumbre, pero con un destello de esperanza, como si esa fuera la única explicación lógica a lo que estamos presenciando. Mi mente se aferró a esa idea de inmediato, como una cuerda salvavidas, aferrándome a la esperanza de que todo esto no sea real, que Erika no haya cambiado por voluntad propia.

"Quizá todo esto es un hechizo", pienso, y por primera vez en mucho tiempo, siento un atisbo de alivio.

— Llama al hechicero de la manada para que la vea. — Le ordeno con voz firme, casi sin pensar, porque ahora la solución parece tan simple y, sin embargo, tan distante. Quiero creer que todo tiene una explicación mágica, que hay algo que nos permita recuperar a Erika, a la persona que conocemos, a la que confiábamos. Él asiente rápidamente, comprendiendo la urgencia de la situación, y se va sin decir una palabra más.

— Solo espero que sea así. — Dice mi lobo, chillando como un cachorro perdido. Su voz llena de desesperación me hace darme cuenta de que no soy el único que está pasando por este calvario. El vínculo entre nosotros late fuerte, y siento su angustia, su miedo, lo mismo que siento yo. Nos tememos lo peor, pero nos aferramos a la esperanza, aunque sabemos que esa esperanza es frágil.

— Yo también lo espero. — Le respondo sinceramente, aunque mis palabras no pueden calmar la tormenta que se desata dentro de mí. Cierro el vínculo con el lamento de que, aunque desee con todo mi ser que todo esto sea un error, una confusión, mi mente sigue dándome más respuestas que no quiero escuchar. Pero el tiempo no se detiene, y las dudas no cesan. Lo único que puedo hacer es esperar.

En ese momento, la puerta de mi despacho se abre de golpe, y la figura de mi hijo, Fabricio, irrumpe en el umbral. Su rostro está pálido, sus ojos reflejan una preocupación profunda, y todo en su cuerpo grita que algo no está bien. Al ver su expresión, mi corazón da un vuelco, y una sensación fría se extiende por mis venas.

— ¡Dime que es mentira! — Dice, su voz rota por el temor, acercándose rápidamente a mí. El simple sonido de sus palabras hace que mi cuerpo se tense, porque sé exactamente a qué se refiere. Un escalofrío me recorre, y, por un momento, todo lo que quiero es negarlo, decirle que se equivoca, que está confundido. Pero las palabras no salen.

— ¿Qué cosa, hijo? — Le pregunto, mi voz está cargada de un temor que no puedo ocultar. Mis ojos buscan los suyos, y en ese intercambio, algo en mi pecho se aprieta. Sabía que este momento llegaría, pero no estaba preparado para enfrentarlo.

— De... que... mamá. — Susurra, y esas palabras me golpean como una tormenta de viento helado. "Mamá". Es todo lo que dice, pero esas cuatro letras son suficientes para derribar todo mi mundo. En ese susurro, siento que el tiempo se detiene, que el aire se vuelve denso, que todo se oscurece.

"No, no puede ser. No ella", pienso, pero en el fondo sé que la posibilidad está muy cerca. Y de repente, todo lo que he tratado de evitar se materializa frente a mí. Mi Erika no está aquí. No la reconozco, y esa chica, esa extraña, ¿tiene algo que ver con Paulina?...

— Creo que fue manipulada. — Le explico, acercándome a él, intentando transmitirle algo de calma, pero mi voz es un susurro lleno de incertidumbre.

"¿Cómo le explico a mi hijo que no sabemos lo que está pasando? ¿Cómo le digo que nuestra realidad, nuestra vida, ha cambiado en un instante?"

— Eleazar está llamando al hechicero para que la vea. — Agrego, esperando que esas palabras, aunque débiles, sean el consuelo que Fabricio necesita. Él asiente, pero no me ve a los ojos. Solo se acerca a mí y me abraza, buscando en mí la fuerza que yo mismo estoy perdiendo. En ese abrazo, siento su angustia, su dolor, y por un momento me siento tan perdido como él.

— Papá... Paulina... — Susurra entre sollozos, y mi corazón se quiebra aún más al escuchar su dolor. Sus palabras, tan llenas de desesperación, me atraviesan como dagas afiladas. Mi hijo, mi querido hijo, está en ruinas, y no sé cómo ayudarlo. El dolor en su voz, la fragilidad de su cuerpo al abrazarme, me hacen desear con todas mis fuerzas poder hacer algo para que todo termine, para que este tormento se disuelva.

— La encontraremos. — Le digo, acariciando su cabeza como a un niño pequeño, pero mi propia voz tiembla. No sé si estas palabras tienen algún peso, si realmente puedo ofrecerle alguna esperanza. Pero las digo porque necesito que lo crea, porque necesito creerlo yo también. En mi mente, la promesa de encontrarla parece tan distante, tan imposible. Pero no puedo decírselo así, no puedo decirle que no lo sé. Así que continúo, aunque mis palabras se sienten vacías.

— La encontraremos, Fabricio. No te preocupes. — Lo abrazo con más fuerza, pero en el fondo, sé que esa promesa es solo eso, palabras. Nada más.

De repente, un cambio en su respiración me alerta, y mi corazón se acelera al escuchar su respiración volverse errática, agitada, como si no pudiera obtener suficiente aire.

"¿Qué está pasando? ¡Fabricio!" Mi mente entra en pánico, mi cuerpo reacciona sin pensar, pero el miedo me paraliza mientras observo su rostro contorsionarse por el esfuerzo de respirar, pero sin lograrlo. "No... no ahora, por favor."

— Pa...pá... — Logra decir apenas, su voz débil, como si su cuerpo no tuviera fuerzas para continuar. Pero no termina la palabra, no completa el nombre, porque en ese instante, su cuerpo se desploma, cayendo al suelo con un golpe sordo.




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