Hermanastros ( I libros )

Capitulo 61 - Fabricio

—¡Ay, mi cabeza! —digo, sobándome la sien con la palma de mi mano, sintiendo el dolor punzante que se extiende por mi cráneo. El ruido de mi propia respiración se mezcla con el constante retumbar de mis pensamientos. Todo lo que ha sucedido en los últimos días se despliega frente a mí en una especie de película acelerada, imágenes, palabras, gestos, todas se amontonan y se atropellan, haciendo que el dolor en mi cabeza se vuelva aún más fuerte, como si mi mente fuera incapaz de procesarlo todo.

— Fabricio, hijo. — Dice mi padre al entrar a mi cuarto, su tono lleno de preocupación. Su figura se recorta en la puerta y su mirada se suaviza al verme en la cama, su rostro reflejando una mezcla de alivio y temor. — ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes? — Su pregunta, tan simple y directa, se siente como una caricia en medio de mi confusión, pero también me recuerda lo que está en juego.

— Como debo estar. — Respondo con una tristeza que me consume por dentro. No hay fuerzas suficientes en mí para ocultar la pesadumbre que siento. Todo en mi vida se ha desmoronado en un abrir y cerrar de ojos. Los recuerdos de los últimos días me arrastran como olas, y siento cómo me ahogo. — ¿Qué me pasó? — Le pregunto, intrigado, buscando respuestas, aunque sé que la respuesta no es tan simple.

— No lo sabemos. Por un momento pensé en Paulina, pero aún no la has marcado, así que no pudo ser ella. — Me explica, su voz tensa, intentando mantener la calma. Asiento, aunque lo que me dice solo avivó mi miedo. El hecho de que Paulina siga sin aparecer me llena de ansiedad. Mi mente se niega a aceptar la posibilidad de que algo terrible le haya sucedido.

— ¿Cuánto llevo dormido? — Le pregunto, sintiendo cómo el cansancio se acumula en mis huesos, como si todo lo que había vivido en los últimos días me hubiera consumido por completo.

— Tres días, contando las noches. Y no dormiste, el cansancio, el estrés, desnutrición y otros factores me sorprenden de que estés despierto. — Me dice con sinceridad, y puedo escuchar el asombro en su tono, como si no pudiera creer que haya sobrevivido a todo eso. Me siento perdido, incapaz de procesar lo que me dice. Tres días... tres largos días de oscuridad en mi mente. Pero aún hay algo en mí que sigue despertando, que sigue buscando respuestas.

— ¿Y Paulina? — Pregunto con una esperanza débil, como si al mencionarla pudiera traerla de vuelta. Mi voz temblorosa traiciona el miedo que siento al pensar que tal vez no la encontraré.

— Nada aún. — Responde, apagando todas mis ilusiones con una sola palabra. La esperanza que aún mantenía se desvanece como el vapor, y el vacío se extiende en mi pecho. El silencio entre nosotros se vuelve insoportable.

— Entiendo. — Digo, casi en un susurro, como si esas palabras pudieran aliviar algo de lo que siento. Mi cabeza da vueltas y mis pensamientos no se detienen. — Voy a bañarme, apesto. — Le digo, buscando una excusa para estar solo, para poder procesar todo lo que acaba de suceder. Él asiente y sale de mi cuarto sin decir una palabra más. Me dejo caer en la cama, envolviéndome en las sábanas, y me hago bolita, como un niño pequeño que no entiende por qué el mundo está tan roto. Y entonces, por última vez, lloro en silencio. Las lágrimas caen como una lluvia constante, pero no son suficientes para liberar el peso que llevo dentro. Hoy, prometo que mi búsqueda será imparable. No importa lo que cueste. No descansaré hasta encontrarla, aunque eso signifique mover cielo y tierra.




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