Hermanastros ( I libros )

epilogo (parte uno)

Nueve años atrás, Paulina tenía siete años.

—No puedes hacerle esto, hermana —dijo Oliver, con la voz cargada de angustia y desesperación, mientras observaba a Esmeralda, su hermana, con los ojos llenos de incredulidad—. Casi tres siglos lo esperaste a él... a tu pareja eterna, tu "tua cantante" —reiteró, asombrado por la frialdad con la que ella había tomado la decisión—. ¿Por qué tirarías a la basura todo eso?

Esmeralda se quedó en silencio unos momentos, mirando al vacío, sus manos tensas en su regazo. Su rostro, que siempre había sido una mezcla perfecta de belleza y fortaleza, ahora mostraba una expresión quebrada, como si estuviera resignada a algo inevitable. Su mirada era profunda, perdida, como si todo a su alrededor se desvaneciera.

—Tengo que hacerlo… —dijo ella en un susurro casi inaudible, como si las palabras fueran una condena para sí misma—. Es lo que toca. —Sonrió sin ganas, una sonrisa que no era más que un reflejo de la tristeza que invadía su ser. La belleza de Esmeralda, con sus ojos verdes y su cabello castaño claro, parecía desvanecerse bajo la carga de sus decisiones. Su piel, tan clara y traslúcida como el cristal, brillaba a la luz de la luna, pero en su mirada había una sombra que opacaba todo.

Oliver la observaba, sin saber cómo intentar cambiar su determinación. No podía creer lo que estaba pasando, lo que su hermana, la reina vampira, estaba a punto de hacer.

—Esmeralda —dijo Oliver, su voz más severa, más firme—. Eres la reina vampira, ¿qué hará el clan sin ti? ¿Qué pasará con todo lo que has construido? ¿Todo por qué? —preguntó, frunciendo el ceño, aún esperando que ella lo mirara, que le explicara por qué su sacrificio era tan necesario.

Ella evitó su mirada, consciente de que, si lo hacía, se derrumbaría. No quería ver el dolor reflejado en los ojos de su hermano. Si lo miraba, las lágrimas que había estado reprimiendo por tanto tiempo caerían sin remedio. Era una imagen que no quería que él la viera.

—Te harás cargo tú —respondió ella sin mirarlo, su voz quebrada pero decidida—. Y, en el futuro, le dirás la verdad a mi hija. Ella será quien mande…

Oliver no pudo evitar soltar una risa amarga, una risa que no tenía nada de cómica. Se acercó más a ella, casi sin poder comprender lo que estaba escuchando.

—Es una niña... —dijo con incredulidad—. ¿Qué le diré? ¿Que tu madre se mató porque creía que era lo mejor para ti y para tu padre? —su tono era sarcástico, como si todo fuera un absurdo. Pero las palabras salieron de su boca con más ira de la que él mismo esperaba—. Además, ella no tiene sangre vampira. Es imposible que un licántropo gobierne el clan vampiro del mundo… —dijo, exasperado. Sabía que no lograría convencerla, pero no podía evitar intentarlo—. Tu esposo cree que te he raptado y, cuando aparezcas muerta, creerá que yo lo he hecho.

Esmeralda, con los ojos vidriosos y la mirada fija en el suelo, levantó la cabeza, y con voz temblorosa, respondió.

—Dile todo —dijo ella, sus ojos llenos de lágrimas cristalizadas que caían lentamente por sus mejillas. Oliver, sin embargo, negó una y otra vez, sus manos apretando los puños, sin poder soportar la idea de perderla.

—¿Y qué ganaré con eso? —preguntó él, su voz rota por la frustración—. ¿Que me odie? ¿Que deje de odiarme? ¿Que incluso me deje acercarme a Paulina? ¿Que me declare la guerra? Para eso, mejor dejo que piense que yo te he matado... Además, él no sabe que eres híbrida, Esmeralda —dijo, sus palabras cargadas de odio, de dolor, como si estuviera herido en lo más profundo de su ser—. Y dudo que algún día lo sepa si sigues con esta actitud.

Ella cerró los ojos con fuerza, respirando profundamente, como si cada palabra de su hermano la lastimara más de lo que ya lo estaba. Sabía que él tenía razón en muchas cosas, pero lo que estaba haciendo era inevitable. Lo sabía en su corazón.

—Oliver… —dijo ella, con voz quebrada, su pecho alzándose por el dolor que sentía—. Sé que es difícil, sé que te estoy dejando solo… pero lo que estoy haciendo es por el bien de todos. Si muero, él también lo hará. Y Juan lo soportará, porque así lo vi en una de mis visiones. Es la única manera.

Oliver, al escuchar esas palabras, sintió que su mundo se desmoronaba. Se giró, intentando salir de la habitación antes de que su hermana pudiera ver lo destrozado que estaba por dentro. Pero, antes de irse, miró por última vez a Esmeralda.

—Despídete de Paulina, por lo menos —dijo con un tono grave, su voz temblando. La pena en sus ojos era evidente, pero no pudo evitar hacerlo. Era su única opción.

Esmeralda, por fin, dejó escapar todo lo que había estado reprimiendo durante tanto tiempo. Las lágrimas cayeron sin control, como si las emociones de una vida entera se desbordaran en ese momento. Ella sabía que su hermano tenía razón, pero también sabía que no había marcha atrás. No podía hacer otra cosa.

Mientras tanto, en la manada Claro de Luna, el alfa estaba moviendo cielo y tierra para encontrar a su esposa, luna, mate y primer amor de su vida. Sus ojos, que antes reflejaban la esperanza, ahora estaban vacíos de temor y dolor, buscando incansablemente a la mujer que había sido su todo. En su mente, los recuerdos de su vida juntos se repetían una y otra vez, como si cada instante en su ausencia fuera un golpe en su pecho.

Mientras tanto, en la habitación de la pequeña Paulina, la niña de siete años estaba en su cuarto, jugando con sus muñecas. El silencio reinaba en la habitación, y la niña esperaba ansiosa a que su madre la peinara, como cada noche. La pequeña no entendía lo que estaba sucediendo. Todo parecía normal, pero el aire estaba cargado de una tensión que ella no podía percibir, aunque algo le decía que esa noche todo cambiaría.




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