Pasaron tres días. La reina Esmeralda, aún dudando sobre su decisión, finalmente decidió hacerle caso a su hermano. Sabía que tenía que despedirse de su hija antes de seguir con lo que había decidido. No podía irse sin asegurarle que siempre la llevaría en su corazón.
Esmeralda se encontraba en una parte del bosque de la manada Claro de Luna, un lugar tranquilo y apartado, donde la pequeña Paulina solía ir a jugar cada tanto. Su hija no tardó en llegar, y en cuanto la vio, corrió hacia ella, llorando, con una muñeca rota en sus manos, la cual apenas reconocía por el desgaste que había sufrido a lo largo de los años.
La niña, con su rostro bañado en lágrimas, se detuvo frente a su madre y, sin poder contener más el dolor, corrió hacia ella. Fue un abrazo apretado, un abrazo que reflejaba todo el amor y la tristeza acumulados en esos días.
—Hola, mi amor… —dijo Esmeralda, con la voz quebrada, mientras sus propios ojos se llenaban de lágrimas. No podía soportar ver a su hija tan desconsolada. Años de sacrificios, de decisiones difíciles, y ahí estaba su pequeña, su princesa, rompiéndole el corazón con cada sollozo.
Esmeralda la separó suavemente para secarle las lágrimas, acariciando su rostro empapado de tristeza.
—No llores, mi princesa —dijo, aunque su voz temblaba, intentando ofrecerle un consuelo que ni ella misma sentía en ese momento.
Paulina, entre sollozos, logró articular una pregunta que parecía ser la única que rondaba su mente.
—¿Por qué te fuiste? —preguntó con la voz entrecortada, sin poder entender por qué su madre la dejaba una vez más.
Esmeralda tragó el nudo que se formó en su garganta. Cada palabra era un esfuerzo, un golpe directo a su alma. Sin embargo, se obligó a sonreír, aunque la tristeza en sus ojos era imposible de ocultar.
—Perdóname, pero mami se tiene que ir de nuevo —dijo, mientras su voz se quebraba al final. Paulina negó con la cabeza repetidamente, no quería aceptar la realidad.
—Siempre estaré contigo… —Esmeralda puso un dedo sobre el pecho de la niña, en el lugar donde su corazón latía con fuerza. La niña, a pesar de su dolor, asintió levemente, como si de alguna forma quisiera creerle.
—Mami, ¿es necesario que me dejes sola? —preguntó la niña, la angustia de la pequeña era palpable.
Esmeralda miró a su hija con amor, y aunque la tristeza la ahogaba, intentó mantener la compostura para darle una última lección.
—No estarás sola, mi amor. Tendrás a la manada, a tu padre, a tu mate que aparecerá en tu vida en el momento adecuado… Y también muchas sorpresas que el destino te tiene preparadas —dijo, mientras le besaba la coronilla, deseándole lo mejor en los tiempos venideros—. Pero no debes llorar, tienes que ser fuerte, la más fuerte de todas, porque en el futuro la manada dependerá de ti. Serás su alfa, lo sé. —Las palabras de Esmeralda resonaban con fuerza en su corazón, aunque su alma se sentía rota por dentro al saber que su hija tendría que afrontar esa carga tan temprano.
Paulina, con la inocencia de su corta edad, secó las lágrimas que todavía quedaban en su rostro, y con convicción, le prometió a su madre lo que ella siempre había sabido: Paulina no se dejaría vencer.
—Lo prometo, seré la más fuerte que hayas conocido —dijo la niña con una determinación que, a pesar de su corta edad, sorprendió a su madre. Esmeralda le sonrió, orgullosa de la pequeña, sabiendo que, a pesar de no ser una vampira, Paulina tendría la capacidad de ser una gran líder para su clan en el futuro.
Esmeralda la miró por última vez, con una tristeza infinita en los ojos, y susurró unas últimas palabras de amor:
—Te amo, princesa, cuida a tu padre por mí —dijo, acariciando la mejilla de su hija antes de darle un último beso en la frente. Paulina asintió, su rostro reflejaba la mezcla de emociones que estaba viviendo. Esmeralda dio un paso atrás, se dio la vuelta y comenzó a alejarse, corriendo hacia el futuro que había elegido, sin mirar atrás, aunque su corazón estuviera hecho pedazos.
La niña, con el alma rota, observó cómo su madre se alejaba, y sin poder evitarlo, dejó que el llanto la invadiera nuevamente. Sabía en lo más profundo de su ser que esa era la última vez que vería a su madre con vida. Esa sensación de abandono y desesperación se apoderó de ella mientras veía la figura de su madre perderse en el bosque, hasta que ya no pudo verla más.
Con el corazón apesadumbrado, Paulina se quedó allí, quieta, mirando al horizonte donde había desaparecido Esmeralda. En un acto simbólico de fuerza, dejó la muñeca en el bosque, enterrándola junto a sus miedos y debilidades, como una promesa de que seguiría adelante, sin importar el dolor. La muñeca, que había sido su refugio durante años, ahora quedaba atrás, al igual que todo lo que la hacía vulnerable.
Sin mirar atrás, regresó a la manada, dejando la muñeca enterrada, sabiendo que no podía depender de ese objeto, que su fuerza venía de su interior. Ya no era la niña que había sido. La niña que había prometido ser fuerte, la niña que ahora era la heredera de la manada y de un futuro que se estaba forjando con cada paso que daba.
Al llegar a su hogar, Paulina fue directo a su cuarto, sin que su padre se percatara de su desaparición. Estaba demasiado ocupado con sus propios pensamientos, con las tensiones que pesaban sobre su hombro como líder de la manada. La niña cerró la puerta de su habitación detrás de ella, y se dejó caer sobre su cama, exhausta, con el corazón hecho pedazos, pero con una determinación que nunca antes había tenido.
Sabía que tenía un largo camino por delante, uno que debía recorrer sin la guía de su madre, pero también sabía que iba a ser la alfa más fuerte, como su madre le había pedido, y que todo lo que había sufrido se convertiría en la fuerza que necesitaba para liderar a su gente.
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Editado: 15.07.2026