Hermanastros ( I libros )

epílogo (parte tres)

Dos días más pasaron, una semana completa desde que Esmeralda había tomado la decisión que cambiaría todo. El peso de su destino la arrastraba, y aunque su mente estaba llena de dudas, algo la impulsaba a seguir adelante, a tomar la daga de plata en su mano y pensar que, tal vez, ese era su último acto de libertad.

Se encontraba en las orillas de la manada Claro de Luna, un lugar apartado, rodeada de la neblina espesa que cubría el bosque. La daga brillaba en sus manos, y a punto de acabar con su vida, también acabaría con la de aquel hombre extraño, un ser misterioso que no era ni su mate ni su túa cantante, pero que de alguna manera inexplicable estaba atado a ella, como si la vida de ambos estuviera entrelazada por un destino oscuro.

Juan Moon, el alpha de la manada, aún no entendía la pérdida de su luna. Estaba completamente devastado, sumido en el caos, y su dolor lo había llevado a perder el control de sí mismo. En el castillo de Rumanía, destruía todo a su paso, sin poder entender por qué el destino les había jugado esa cruel jugada. Sabía que se quedaría solo, y no encontraba consuelo, solo ruinas y un vacío profundo que no podía llenar.

La manada, desesperada, buscaba a su Luna en los rincones más oscuros del inframundo, moviéndose como sombras en la búsqueda de su reina. Cada rincón, cada grieta del mundo parecía ser revisada en vano, sin encontrar respuesta, sin encontrarla. Paulina, por otro lado, se había convertido en una niña diferente. Desde aquel encuentro con su madre, ya no lloraba frente a nadie, había madurado con una rapidez aterradora, preparándose mentalmente para lo que nunca esperó: la noticia que temía, la que nunca quería escuchar.

Todo sucedía al mismo tiempo. Un hombre de cabello negro azabache y ojos del mismo color avanzaba rápidamente hacia donde la reina Esmeralda estaba dispuesta a poner fin a su sufrimiento. Él era un demonio, el más vil de todos, y su presencia era la amenaza de una destrucción inminente para los licántropos y los vampiros. Si Esmeralda no se unía a él, si no cedía a sus deseos, su reino entero se vería destruido.

Pero Esmeralda no cedió. Cuando lo vio acercarse, algo en su interior hizo que sonriera, victoriosa. Sabía que su decisión era irreversible, pero al menos, en ese instante, se sentía libre. Sin dudarlo, clavó la daga de plata en su pecho, directa al corazón, el metal frío perforando su piel y desgarrando su vida. Cayeron al suelo, y con su último suspiro, vio cómo el demonio se desintegraba en polvo negro, maldiciéndola en tantos idiomas que ni el mismo hombre entendía. Era el último acto de resistencia contra todo lo que se le había impuesto.

Con el viento llevando las cenizas del demonio, Esmeralda cayó, y con ella, la última chispa de vida se apagó. Su cuerpo se quedó allí, tendido en la fría tierra, mientras el demonio desaparecía por completo, como si nunca hubiera existido.

A kilómetros de distancia, Juan Moon sintió un dolor desgarrador en el pecho. Un dolor que no podía comprender, pero que era inconfundible. Algo había sucedido, y aunque su mente aún aferraba la esperanza de que ella siguiera viva, el instinto de alpha le decía lo contrario. Corrió sin pensar, sin detenerse, con la certeza de que debía llegar a ella. El dolor en su pecho era insoportable, pero algo dentro de él le pedía que no perdiera la esperanza, que la buscara.

Finalmente, llegó a las afueras de la manada, donde encontró el cuerpo sin vida de Esmeralda. El aire estaba pesado, impregnado con el olor a muerte, y cuando la vio, la realidad se le cayó encima. Su Luna, su compañera, su razón de vivir, estaba muerta. No lo entendía, no podía comprender por qué él seguía respirando, por qué la vida parecía habersele escapado a ella y no a él. Se arrodilló junto a su cuerpo helado, la abrazó con fuerza, como si fuera lo último que le quedaba, y lloró sin control, con una desesperación tan profunda que parecía que sus lágrimas llenarían un océano entero.

—¿Por qué sigo vivo? —se preguntó una y otra vez, mientras su dolor lo ahogaba, mientras sus lágrimas caían incesantes. En ese momento, todo su ser se quebró, y la manada, que había estado buscando a su reina, ahora estaba rota por la pérdida que nadie podía sanar.

El alpha Juan no entendía cómo podía ser, cómo podía seguir respirando mientras el amor de su vida yacía en el suelo, muerta. Y aunque su cuerpo se llenaba de desesperación, algo en su alma seguía aferrado a la esperanza, esa pequeña chispa que aún se negaba a desaparecer. Sin embargo, en lo más profundo de su ser, sabía que nada volvería a ser igual.

Juan llegó a casa como una sombra de sí mismo, arrastrando el dolor de su alma y la desesperación en cada paso. Cada rincón de su hogar parecía más vacío sin ella, y la idea de enfrentar a su hija, esa pequeña que ya había perdido su madre, lo desgarraba por dentro. No sabía cómo decirle que su mamá ya no volvería, cómo explicarle que la vida, desde ese momento, sería un hueco irremediable, un vacío en el que ambos tendrían que aprender a vivir.

Se encontraba a punto de dar el paso hacia el cuarto de Paulina cuando, de repente, una sensación aún más dolorosa lo invadió. ¿Cómo le diría a su hija que su madre ya no regresaría? La imagen de la niña creciendo sin la guía y el amor de Esmeralda lo destrozaba. Y, a pesar de que su corazón aún se resistía a aceptar la verdad, sabía que tenía que enfrentarla, a ella, a su pequeña princesa.

Al abrir la puerta de la habitación, vio a Paulina, con su vestido negro, parada frente al espejo. Estaba mirando su reflejo, pero su mirada parecía perdida, como si viera más allá de lo que tenía frente a ella, tal vez buscando consuelo en el espacio vacío que le había dejado su madre.

Juan no pudo contenerse más. Las lágrimas ya le rozaban las mejillas y la voz se le quebró cuando dijo el nombre de su hija.

— Prin...cesa —dijo con la voz rota, su garganta llena de dolor. Ella no lo miró directamente, pero sus ojos se encontraron a través del espejo, como si supiera lo que él iba a decir.




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