A los nueve años, Paulina ya no era la niña que solía ser. La desaparición de su madre, y los dos años transcurridos desde entonces, la habían moldeado de una forma que ella misma apenas reconocía. Aunque la sonrisa de su padre regresó gracias a la "invasora", como ella misma la llamaba, un vacío aún permanecía dentro de su corazón. Sentía que era reemplazada, como si su padre hubiese encontrado una nueva razón para sonreír, una que no la involucraba a ella, su hija. La invasora había llegado con su propio hijo, y aunque Paulina nunca lo dijo en voz alta, la rivalidad entre ellos crecía con cada día que pasaba.
El hijo de la invasora, un niño de doce años, se había convertido en una constante fuente de tensión entre ellos. Sus peleas eran diarias, alimentadas por la diferencia de edad y la creciente incomodidad de vivir en un hogar que ya no sentía como suyo. Paulina, con su madurez forjada por el dolor y la ausencia de su madre, no encontraba el consuelo que necesitaba en su padre, quien parecía más preocupado por la felicidad de su nueva familia que por el malestar evidente de su hija. Sin embargo, ella nunca se atrevió a enfrentar esa situación, no por egoísmo, sino por amor a él, por querer que él siguiera siendo feliz.
El compromiso de su padre con la invasora era inminente. El matrimonio estaba programado para dentro de un mes, y aunque ella sentía que todo se desmoronaba a su alrededor, Paulina aceptó su rol en la ceremonia: sería la encargada de entregar los anillos en la boda. Aceptó hacerlo, no por gusto, sino porque sabía que esa era la forma en que su padre podía ver la felicidad en ella, como si estuviera de acuerdo con todo lo que sucedía. Él había vuelto a sonreír, y eso era lo único que ella podía desear: ver a su padre feliz.
Pero mientras él se preparaba para casarse con la invasora, Paulina luchaba en silencio. Su madre, quien había sido su ancla, ya no estaba allí para guiarla, y ella sentía que el peso del mundo recaía sobre sus hombros. La niña que una vez fue dulce y cariñosa ahora mostraba una actitud fría y distante, protegiéndose a sí misma del dolor que había causado la pérdida, y la constante presencia de la mujer que la reemplazaba.
El hijo de la invasora no ayudaba en nada. Aunque ambos se llevaban mal, Paulina nunca dijo nada. Él, a pesar de la rivalidad, parecía encontrar consuelo en ver a su madre feliz, algo que Paulina no podía entender ni aceptar. Sin embargo, su amargura no se desbordaba, porque en su corazón sabía que no podía hacer nada para cambiar la situación.
La manada, que había sido su refugio, también había cambiado. A los diez años, Paulina tenía claro que necesitaba aprender a defenderse, a asegurarse de que, si su padre alguna vez la necesitaba, ella estaría allí para él, sin importar lo que pasara. Cuando cumpliera diez años, se entrenaría con los guerreros de la manada, para estar preparada para cualquier cosa. Ya no sería la niña que esperaba que su padre la mirara como antes, sino una mujer joven decidida a cuidar de su familia.
Los vestidos, que antes solían ser una parte fundamental de su vida, se convirtieron en algo innecesario, algo que solo usaba en ocasiones especiales. Ya no se sentía cómoda con ellos. Su corazón estaba más enfocado en la promesa que le hizo a su madre antes de que ella se fuera. Esa promesa la mantenía viva, impulsándola a seguir adelante, a ser fuerte para su padre, a cuidar de él cuando ya no quedara nadie más para hacerlo.
Paulina estaba sola en ese mundo. Solo ella sabía lo que sentía, lo que había sacrificado, y lo que aún estaba dispuesta a hacer. Pero, aunque su vida parecía estar en un curso que ella no había elegido, nunca dejaría que su padre se sintiera solo. No lo abandonaría, sin importar cuánto le doliera. Esa era su promesa, y jamás dejaría que su madre la viera quebrarse.
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Editado: 15.07.2026