Cambios
Anabeth fue sacada de la mazmorra donde había permanecido por casi dos mil años. Una capucha de tela negra le cubría el rostro y era escoltada por tres Destructores, de la raza Elemental. Guardias del mismísimo rey Lucían, el Maldito. Cuando trató de luchar para que no le pusieran la capucha y la sacaran, uno de los Destructores la golpeó psíquicamente, dejándola inconsciente.
“Ella era demasiado valiosa para lastimarle, además del hecho de que ya había sufrido demasiado, no iban a dañarla de ningún modo.”
El camino hasta las residencias del rey fue largo, muy largo. Nadie debía enterarse que la princesa de su raza ya no estaba en ese lugar, ni que había sido extraída. Aunque no importaba tanto, hacía muchas lunas que la habían dejado de buscar. Nadie se imaginaría que solo él no se rindió. El mundo entero creía que ella había muerto, junto a sus padres, la noche de la caída de su reino.
Uno de los Destructores la llevaba en brazos. Casi no pesaba nada, tal parecía que era pura piel y huesos, y su ropa estaba tan desgastada que se caía a pedazos, de modo que la habían envuelto en una gabardina de uno de los guerreros. Su piel era casi transparente; solo la habían alimentado de sangre de animal. No había probado nada sólido en siglos. La sangre le mantenía con vida, pero tan débil que no podría haberse sostenido en pie de haberlo intentado.
Las doncellas del reino la recibieron en la habitación del rey, que por mucho era distinta a la de los reyes de antaño. Esta más bien parecía ser la habitación de un magnate, llena de lujos y cosas modernas, que sin duda Anabeth jamás soñó que vería. Hasta este punto de su vida, ella tampoco imaginó que saldría de ese lugar donde la tenían encerrada.
El aire fresco de la habitación la hizo volver en sí. Cuando trató de liberarse de la mano del Destructor, este volvió a golpearla psíquicamente. Perdió el sentido una vez más. Las doncellas prepararon la tina con agua tibia; le darían un baño a conciencia antes de presentarla al rey. Debían, además, curar las heridas y llagas que tenía sobre su piel, cubierta de sangre y suciedad de siglos.
Cuando su cuerpo tocó el agua, volvió en sí, pero ya había aprendido su lección, de modo que no luchó. Sus ojos estaban tan dañados que no lograba enfocar absolutamente nada de lo que tenía ante sí, solo veía sombras entre la bruma.
En una habitación tan grande, como una casa pequeña se encontraba el baño. La tina donde le lavarían bien podría haber sido una alberca para tres personas, rodeada de pétalos de flores de lavanda. Dejó que su cuerpo reposara. Cuando sintió una de las manos de la doncella, gruñó mostrando sus colmillos. Tres pares de colmillos, cuatro superiores y dos inferiores. Parecía la mordida de un lobo.
—Tranquila, alteza... —Le dijo la doncella, retirando su mano un poco. Volvió a intentarlo otra vez; el resultado fue el mismo, pero Anabeth no hizo más.
Después de que la bañaron, la secaron y fue curada. Tenía algunas cicatrices hechas por siglos allí, pero nada que no se repararía. La vistieron con ropas que le parecieron extrañas al tacto. La dejaron en la habitación, la alimentarían antes de que el rey volviera. La recostaron en la cama, solo lograba ver sombras entre tanta luz. Sin darse cuenta, recargó su cabeza en la almohada y se quedó dormida.
El cuerpo comenzó a dolerle. No estaba acostumbrada a una cama tan suave, después de haber dormido por tanto tiempo en el suelo frío de roca. Cuando abrió los ojos, un delicioso aroma inundó la habitación. Cerró sus ojos, dejando que el aroma le hablara. Percibió cordero, pavo, frutas, verduras cocidas al vapor y vino. Sintió cómo se le secaba la garganta, cómo su latido se aceleró ante tales aromas.
—Su alteza, debe alimentarse.
Le dijo una de las doncellas que le había lavado hacía un rato. Abrió los ojos, y aun cuando su mirada se estaba ajustando, no era lo suficiente para enfocar con claridad.
Quiso ponerse de pie, pero la debilidad de su cuerpo fue mayor, de modo que cayó al suelo inevitablemente. Uno de los Destructores que estaba en la habitación como guardia de la princesa la levantó, la llevó hasta donde se había dispuesto la mesa para que comiera.
Devoró los manjares que le habían presentado, ni tiempo se dio de disfrutarlos. Pero esto fue un grave error: su estómago no toleró absolutamente nada de lo que le habían dado. Después del ataque de vómito, la cambiaron y la recostaron en la cama.
—El doctor del rey vendrá a revisarla.
Le dijo la doncella. Ella enarcó una ceja, pero no preguntó.
Un par de horas después de su primer intento de comida, el doctor vino a verla. La revisó, y le sacó un poco de sangre. Le preocupó que se viera pálida; la sangre no tenía la coloración normal. La dejaron hacer otro intento de comida, pero esta vez fue algo suave: avena y arroz. Al principio parecía que su estómago no lo iba a tolerar, pero no fue así, nada salió de regreso. Cosa que tranquilizó al médico, dejándola en la habitación con su guardia personal.
Pero aún no le darían sangre. Debía ganar peso antes de eso, de otro modo trataría de escaparse y en sus condiciones… podría ser demasiado peligroso.
Sus ojos comenzaban a acostumbrarse a la media luz. Apenas podía enfocar con algo de esfuerzo, lo que le ocasionó dolor de cabeza. Podía escuchar la respiración del Destructor, que por el sonido de las cosas lo ubicó en la puerta de la entrada. También a la doncella, que estaba sentada en un rincón lejos de la cama.
Podía sentir la debilidad de su cuerpo, lo que la ponía furiosa, pero no había nada que pudiese hacer al respecto. Aun cuando hubiese tenido la fuerza para pelear contra el elemental de sangre. No sabía dónde se encontraba. Ni siquiera sabía si se encontraba en su antiguo país.
No tenía a nadie a quien acudir.
Lentamente se sentó en la cama, después de algunos intentos lo logró. Con calma y más fuerza de la que había supuesto, sacó los pies de la cama. El suelo estaba frío bajo las plantas de sus pies. Le tomó nueve intentos ponerse en pie. Sus piernas protestaron, cuando se vieron obligadas a soportar su peso.