La Revelación
El tiempo corre de maneras distintas, dependiendo las circunstancias y las personas con quien lo compartimos. Era difícil para Anabeth aceptar lo fácil que era conversar con Lucían, hacerle preguntas y que él le respondiera. Era sorprendente la rapidez con la que fue resolviendo sus dudas: dudas del pasado, de su vida o del mundo tal como era en ese momento. Ninguno de los dos había pasado tanto tiempo en compañía de otro ser, de hecho, no soportaban a cualquier persona cerca de ellos por más de un par de horas.
Pero hubo una situación que mejoró en mucho la percepción de Anabeth hacia Lucían, y algo en su corazón comenzó a cambiar. Ello tenía en mucho que ver con el Destructor, y una línea de sangre muy específica y sobre todo antigua.
Era algo que el Rey Maldito le había ocultado al mundo: ese Destructor Elemental no era lo que ella pensaba. Como en alguna ocasión le reveló, tenía tres Lobos de sangre que el Oscuro le había cedido como ofrenda de paz (por más perverso que esto suene) hacía mucho tiempo.
Un día llegó a ella acompañada de este Destructor Elemental. La única raza que nombraba a sus guerreros en jefe de esa forma eran lo Eliatas.
—Amor, creo que ya es momento de que te alimentes.
—¿De un Elemental? Sin ofender —le respondió viendo al Destructor—, pero… escuchaste al doctor, Lucían… la primera ingesta de sangre debe ser de un Lobo o Un Trelkian.
Sí, eso era lo que le había dicho el doctor y dadas las circunstancias del momento eso tenía una cara de: esto es una putada.
—Escuché perfectamente al doctor, amor, pero… —Se volvió a ver al Elemental—, creo que ya es tiempo.
El Elemental asintió en silencio, y cerró sus ojos. Un aroma específico llegó hasta la nariz de Anabeth, dejándola entre la confusión, el hambre y la felicidad.
—Este es Egion Yurkemi, hijo del Oscuro.
Los ojos de Anabeth se abrieron como platos y se llenaron de lágrimas, su corazón latía tan rápido que parecía un lobo corriendo por su vida.
—¿Te… Te conozco?
—Sí, lobita… me conoces.
La voz de Egion sonaba entrecortada y le estaba siendo difícil controlar sus emociones, como lo había estado haciendo.
—¿Por qué no te recuerdo?
—Eras una bebé, cuando nos vimos por última vez… cuando papá te… te llevó con nosotros antes de caminar a su último amanecer.
—El… Mi abuelo…
La voz de Anabeth se quebró y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Fue Egion y no Lucían quien se acercó a ella. Con su mano rozó su mejilla, y este acto provocó que la Loba se aferrara a él como si fuera su tabla de salvación. A ambos les causaba dolor la desesperación, tristeza y dolor que escuchaban y percibían en sus lágrimas.
—Estoy aquí —le susurraba Egion al oído, tratando de calmarla.
Las emociones de Anabeth se agolpaban tan rápido y tan fuerte que amenazaban con asfixiarla. No entendía cómo era posible que Lucían le hubiera ocultado por tanto tiempo que esos tres Lobos eran sus hermanos. Que ellos eran los hijos de la primera línea de sangre, los tres primeros después de sus abuelos, eso le pareció demasiado cruel.
Imaginaba que no encontrarían a otro de su especie y entonces, sin poder alimentarse de la sangre de su raza, no tardaría en menguar su vida. La sangre animal desde hacía mucho tiempo se había vuelto insuficiente, y eso había mermado mucho la capacidad de regeneración de su cuerpo.
—Anabeth, mírame —pidió Egion alejando su rostro de ella—. Lobita, mírame por favor.
Ella levantó el rostro que tenía escondido en el pecho del Lobo y lo vio a los ojos. Unas lágrimas más escurrieron de sus ojos.
—Si te lo ocultamos hasta este momento fue porque teníamos que ver que te recuperaras antes de darte una noticia así, de lo contrario estábamos poniendo en riesgo tu vida.
Anabeth se veía visiblemente contrariada.
—Los que me sacaron de… de la mazmorra…
—Fuimos nosotros, Moira, Vogel y por supuesto Lucían.
¡Demonios!
Sí que los conocía, había escuchado miles de historias que hablaban de ellos: los gemelos, los únicos gemelos de su raza. La raza de los Lobos tenía nacimientos múltiples, sí. Pero no existía otro par de gemelos en toda ella, nunca existió otro par como ellos. Vogel había sido el primer heredero del Oscuro. Se decía que los tres eran un ejército en sí mismos, que nadie se les comparaba en fuerza, en poder y en habilidad.
Hasta ese momento siempre pensó que ellos eran un cuento para dormir, para que los cachorros no perdieran la esperanza y la fe en su raza. Entonces por primera vez en todo ese tiempo ella sonrió, genuina y felizmente.
Después de esto le permitió a Lucían que le enseñara a ver la actual belleza del mundo, de que los cambios no siempre eran malos, pero pese a ello, ella no entendía, cómo los humanos habían decidido terminar con tanta vida por un montón de rocas. Todo lo que le mostraba le parecía fascinante. Lucían le respondía siempre todos sus "cómo" y sus "porqués" sin importar lo tonto o infantiles que estos fueran.
Las charlas del pasado, podían extenderse hasta el amanecer. A través de su telepatía, le hacía ver sus recuerdos, de modo que sintiera como es que las cosas se desarrollaban, de cómo la vida iba cambiando, al igual que los seres sobre el mundo. Le regaló los recuerdos que él tenía de su abuelo, las horas de charlas y de batallas entre ellos. De sus pocos encuentros con la Hermandad de Sangre, y los pésimos resultados de ellos.
A través de sus ojos, le mostraba el mundo, la belleza, la sutil línea entre el bien y el mal. Los cambios que habían sufrido, todas las maravillas que los humanos habían hecho. Que no solo mejoraban la vida de estos, también la de los seres de sangre. Le contaba sobre las cosas que había vivido, todo lo que había pasado en su ausencia. Le llamó la atención, que no mencionó a ninguna mujer en dos mil años, ninguna que le fuese importante.
En algunas noches, se recostaba junto a ella, leyéndole algún libro que ella quisiera, desde los clásicos cuentos infantiles hasta los grandes libros, de grandes historias. A Anabeth le gustaba la cadencia de su voz, la facilidad con la que él hacía diferentes voces, con distintos acentos. Era como escuchar un programa de radio, algo que la había asustado la primera vez que él le mostró el aparato.