Hermandad de Sangre

Capítulo catorce

Rostros.

 

                       *                      *                     *

 

Estar en un lugar y no estar al mismo tiempo, ¿Cómo podría ser esto posible? Pero desde hace siglos ese era su único sentir. Lo único que Dragos deseaba era salir de donde se encontraba, en el hogar del mentiroso, del embustero, de su chantajista… cambio su vida por un poco de piedras brillantes que se convirtieron en estiércol o ¿habría sido al revés y su vida siempre había Sido abonó? No lo recordaba.

 

No tenía escapatoria, primero el estafador se aseguró de tener su lealtad… de hacer todas las estupideces que Dragos le pedía, hicieron que se ganará su corazón, de su alma…. Grave, gravísimo error. Se había ganado todo de él, pero ninguno de ellos en los términos en los que se entrega voluntariamente, este no le había permitido amar a nadie, aun cuando por poco tiempo estuvo comprometido con Anabeth. Cuando su padre, el rey Telret le dio la mano de su hija en matrimonio, solo por ser la mejor opción para la familia.

 

Ni siquiera pudo unirse a ella, no se lo permitieron… le robaron todo. De modo que tuvo que trazar otro plan para obtener el poder de su padre, pero no fue hasta que le confirieron los secretos de la profecía de la gran magia. Que se dio cuenta del asombroso poder del Oscuro no sería tan fácil de obtener, se requerían ciertas condiciones que no podría cumplir. Tenía que hacer las cosas por razones distintas a las de su estafador, pero debía tener cuidado de no revelarlas. A decir verdad, no confiaba en nadie, ni en sí mismo. Salió del castillo hacia los inmensos jardines con árboles de ornamento, fuentes, caminos de roca, y estatuas de granito.

 

En algún tiempo pensó que ese lugar era hermoso, que era el sueño de cualquier amante… ahora solo era una gélida prisión que lucía impoluta. Hacia meses que no ponía un pie fuera, pero, ese era un buen día. Se sentía tranquilo, un extraño sentimiento que ya no lo abordaba con tanta frecuencia en los últimos siglos, el día era frío. Estaba nublando con unas oscuras nubes, hacía viento, él amaba los días así, ya que bajo este tipo de días los cobardes menguan.

 

—Señor mío.

 

La voz de Ulrik hijo de Adriel, lo trajo de vuelta a su asquerosa realidad, de un modo que lo hizo sentir furioso, pero aparentaba un control que no tenía. Porque el Oscuro le había enseñado que si un líder pierde el control, lo pierde todo.

 

—¿Los encontraste?

—Si mi señor, se dirigen a Escocia, ellos no parecen tener rastro de lo que en realidad estamos buscando…

—Bien, jodidamente bien.

—¿Qué hay de esos bastardos que mandos por la princesa?, ¿ya tienen la zorra?

—No, lo último que se supo fue que los rastreadores iban hacia Siria.

—¿Así que el maldito la tiene?

—Eso parece…

—Bien, asegúrate de que no se atrevan a traicionarnos.

—Si mi señor.

 

Ulrik hizo una inclinación de respeto, se alejó por el sendero de regreso al imponente castillo, dejándolo solo. Dragos para ese momento se sentía confuso y muy furioso, la había tenido en su poder por muchos siglos, solo esperando. Para acceder al poder de la corona Oscura se requería de algo más de tener a Anabeth en sus garras, solo que no había encontrado el que, por más que había buscado… parecía que nadie sabía acerca de como hacer que el poder del Oscuro bajara al cuerpo de la Trelkian.

 

En un principio se planteó la idea de conquistar su corazón, de que ella le entregará todo por voluntad propia. Pero ese maldito pervertido con el que había hecho ese trato hacía tantos siglos estaba en contra de que él compartiera su cama con la mujer. El hacerse pasar por sí “rescatador” y hacerle creer que era digno de confianza, y además digno del poder de la corona, también estaba descartado. Comenzó a ponerse nervioso con el hilo de sus pensamientos, de manera que volvió sobre sus pies para regresar al único lugar en el que se sentía medianamente bien.

 

Entro a su habitación, que contaba con una calefacción y siempre estaba a una temperatura tan agradable que lo hacía sentirse asfixiado. Se acercó a su escritorio y tomo uno de los cigarrillos que estaban en una pequeña bandeja de plata, sin prestar mucha atención y centrado en sus pensamientos tomo el encendedor. Estaba repasando en su mente toda la información que tenía en su poder, todo lo que sabía de su raza, pero sabía que eso seguía siendo insuficiente. Entonces sintió una punzada de terror, ¿Qué sucedería si el rey maldito si tenía esa información? ¿Qué pasaría si ese bastardo si tenía ese poder?

 

Ese simple pensamiento hizo que su corazón se detuviera y comenzara a latir con violencia dentro de su pecho. Si eso llegase a ocurrir, entonces, el maldito tendría acceso a un poder más allá de su comprensión, un poder que le correspondía, un poder que era suyo por derecho. No podía permitirlo, tenía que encontrar la manera de recuperar a Anabeth, si esa corona no iba a ser para él, menos para el rey maldito.




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