Hermandad de Sangre

Capítulo diecisiete III

Aknort, equipo cinco.

 

Las Furias, criaturas extrañas, ningún rostro era antiguo. A menos que fuese mestizo o se alimentará de uno más fuerte, y dedicará su vida ser sacerdotisas de la gran magia. Fueron malditas al haber su reina rompio las leyes de la sangre, ofreciendo su cuerpo y sangre y carne al Lobo, al Oscuro. Después perder la longevidad, la raza más castigada de todas castigada por la gran magia y más tarde casi destruidas por el ejército del Maldito, eran una raza pacifista. Obligada a pelear por sus seres amados, por todo aquello que alguna vez amaron o solo por haber dejado que el corazón las guiará. Habían perdido a la raza que les protegía, a su mezcla más fuerte. Ahora había una nueva posibilidad que los intrusos traían consigo, ¿pero podría creer en ellos después de que habían sido golpeadas por el destino?

 

Solo el tiempo lo diría y en esta ocasión no había tiempo para esperar a lo que lo aceptarán, no sabía si en algún momento el enemigo iba a darse cuenta de su estrategia y enviar al ejército tras de ellas. En este caso, eliminándolas incluso del mundo, eran seres inocentes. Escucharon con calma cada palabra que salía de la boca de Qaddis Dagmar, Sunt Grin y Eleonor Fiann, entendieron cada una de ellas y las aceptaron con calma y dolor. La traición de Dragos había sido lo peor, pero hubo una respuesta que nada podía hacer las cambias de opinión.

 

—No iremos a ningún lado.

—¿Cómo es posible, tienen que dejar este lugar es peligroso?

—No podemos… esto es todo lo que tenemos.

 

Qaddis nunca había querido ahorcar a alguien con tanta fuerza como hasta ahora, ellas eran tan tercas, estúpidas.

 

—Van a morir.

—Nuestra raza está maldita, de todas formas, y moriremos sin importar lo que hagan.

—Solo van a salvarse quienes desean hacerlo, maldito o no. Si alguien desea hacerlo, tendrán su nuevo hogar y serán bienvenidas.

 

La imagen fantasma del globo de la tierra, que Qaddis había creado, marcaba la ubicación exacta de este. Los Invasores partieron minutos después, el terremoto las golpeó… muchas desean haberse ido con ellos, pero ya era tarde…

 

 

      *                   *                 *

 

Mazmorras del Castillo negro.

 

Velkam camino hasta la última mazmorra, abrió la puerta, estaba vacía, pero en el interior persistía la agonía, el dolor y la furia de un ser que conocía desde hace poco, ese lugar había la mazmorra de Anabeth. Con el corazón apesadumbrado continúo a la siguiente mazmorra, nunca espero que su corazón se estruja aún más, cuando se dio cuenta de lo que había dentro de esta dos. Pequeños Lobos, dos niños que no tenían más de 3 años, de modo que ellos debieron hacer en cautiverio.

 

La furia se incrementó en su interior, ¿Cómo pudieron estar tan ciegos? Ayudaban al maldito animal a capturar a su raza, alguien que no había hecho más que protegerlos a todos. ¿Cuántos de ellos deberán de haber sido secuestrados y estaban ahí por la culpa de todos? Miles de inocentes que estaban allí, por el odio de una única persona. Indujo a los pequeños en el sueño más profundo antes de sacarlos y entregarlos a una sombra para que lo sacara de allí.

 

“Alastor necesitaremos más de tu gente, o será una tarea titánica… No imaginas lo que encontré”

“Lo que necesites, estarán allí, solo di “alkebra” —le respondió mediante la senda telepática que los unía.

“Gracias”.

 

Mazmorras y más mazmorras, fueron sacando no solo a Lobos ancianos, niños, mujeres jóvenes, también vampiros, sombras, furias, y mestizos. En medio de la dolorosa labor, el dolor de las hadas los golpeó anunciando a todos que estaban experimentando allí, las palabras de Lucían también les trajeron un remanso de paz.

 

“Tenemos que hacer esto más rápido, pero somos muy pocos”—dijo Ettard.

“¿Cuántos te quedan?”

“¿Por lo menos otra seiscientas?

“Al igual a mí”

“Esto me enferma”

 

Velkam pensó un momento en la solución y de pronto estaba claro.

 

“Bien Ettadr, traeré la ayuda”

 

Antes de poder convocar la ayuda a la voz de Ettard retumbó en su cabeza.

 

“Si vas a hacer algo hijo, este es el jodido segundo”

—Alkebra —murmuró Velkam pensando en cerca de más de mil doscientas sombras, al instante estaban allí.

 

Pero no eran sombras reales, era un hechizo del rey Alastor que creaba sombras espejo, uno a uno se pararon frente las mazmorras. El Furia temía que estas sombras no corpóreas, no le escucharan, ya que creaciones mágicas del mismo rey Alastor.




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