Luna Azul
Aknort, equipo 1.
La noche de manera inevitable había avanzado, su paso sobre la faz del mundo caminaba segundo a segundo… pero esta era una oscuridad que oprimía sus corazones. Les vaticinaba una batalla como hacía mucho no había, ellos se encontraban superados en número, pero no por ello más débiles. Con facilidad cada uno podía llevarse a cientos antes de siquiera caer.
—Si vienen de parte del maldito y no es él quién viene a suplicar perdón, entonces morirán indiscutiblemente… Aquí y ahora —sentenció el rey de las hadas, Gross.
—¡Él está en una misión para rescatar a la princesa de los Lobos Anabeth!
—La última vez que supimos, ella no estaba con el maldito.
A más de uno le molestó la sonrisa socarrona del rey, eso podría significar que él sabía dónde estaba Anabeth hace años, ¿cierto?
—Pues estás atrasado de noticias.
—Annot remuss xanta —ordenó el guardia real en la lengua antigua de las hadas, el rey Gross los vio por última vez antes de desmaterializarse.
Un grupo de hadas los rodeó, en ese momento el último mensaje emitido por Sker Urjan llegó a ellos, ya no había alternativa, era momento de pelear.
—Parece de que debemos hacer tanto ruido, que el mundo entero se dé cuenta de lo que está pasando —le indicó a Tesat Lok a su grupo.
—¡Sí! —fue la respuesta general.
Las hadas como manipuladoras de la naturaleza llamaron a los rayos del cielo para golpear a “los invasores”, las sombras para defenderse hicieron sus trucos. Manipulando la luz y las sombras que se generaban por los rayos activaron lo que parecía una luz estrambótica que desorientaba a las hadas de sangre. Se dieron cuenta de que no estaban ante cualquier guerrero, estos eran experimentados, entonces la corte de honor atacó directamente a Seivian.
Uno de ellos la impactó con un golpe de energía en el pecho, algo similar al de un campo de fuerza. El golpe fue duro, pero no con la suficiente fuerza para derribarla o así lo sintió ella. Utilizando los poderes que compartía con las otras hadas, convocó el poder de los árboles, extendiendo la raíz de ellos hasta donde eran necesarias. En el suelo emergieron tan rápido que sus atacantes no tuvieron tiempo de desmaterializarse o defenderse, estos le respondieron lanzando una serie de rayos para detener su ataque, que por mucho era más poderoso de lo normal. Uno de ellos la golpeó en el brazo y otro en el esternón, lo que la hizo caer de rodillas tratando de llevar aire a sus pulmones. Se percató de que otro guardia de honor venía por ella, Seivian conjuró un arma proveniente de la tierra, que era capaz de matar hadas con rapidez y causaban un dolor inimaginable.
Ella sintió el dolor cuando les atravesó con el arma, la golpearon una vez más con la fuerza que la de un rayo, sintió cómo este llegaba a su corazón, las lágrimas se agolparon en sus ojos y el aire se negaba a entrar en sus pulmones. No podía gritar, la voz no le salía y estaba segura de que no sobreviviría. Devoss Omael se apareció frente al atacante, cuando iba a golpearla con la espada por segunda vez para lanzar el ataque del rayo, fue encerrado en una burbuja de viento, en el interior el viento era tan violento que lo destrozó en segundos. Devoss fue atacado por otro grupo de elementales, dejándolo herido de gravedad, viendo como su sangre manchaba el asfalto de la ciudad con el dolor de su corazón. Vio cómo habían sido superados, por primera vez en siglos se sintió desesperanzado. Ellos querían el mundo libre, pero ya no había nadie que peleara contra Dragos. Ahora este tendría la libertad de hacer todo lo que quisiera hacer con el mundo, con las personas que él amaba, todo caería.
Al pensar en esto le dio la fuerza que necesitaba para llevar a cabo, algo que sin duda traería la atención del rey Gross a ese lugar. Reunió todas las fuerzas que su corazón tenía convocando los poderes de su raza, colocó la mano en el suelo y una rodilla, en una posición en escuadra.
—Llamó a las fuerzas de la tierra —comenzó a decir en su lengua natal —Tiemblen rocas y montañas, caminos y valles, lleven consigo este mensaje y permitan que sea escuchado.
El terremoto comenzó en la parte este de esa fracción de la ciudad, expandiéndose centímetro a centímetro, sacudiendo caminos, casas, montañas, todo lo que se encontraba a su paso… familias enteras, todos los que estaban descansando en el paso del terremoto tuvieron el susto de su vida. Sin embargo, no solo sus hogares y sus almas fueron tocadas, en el movimiento de la tierra había un tono de súplica, de piedad que seguro sería escuchado por aquel que prestase atención. ¿Pero en medio del pánico, quién lo haría?
¿Quién habría estado pensando que Devoss en estas últimas horas de su vida podría hacer algo para salvarles? Seivian estaba tirada en el suelo, respirando con suma dificultad, sentía como la sangre comenzaba a salir por su boca. Las hadas de sangre a los que se había enfrentado reían y acomodaban a sus heridos en un lado y a los que habían viajado con ellos en otro, para darles muerte. Entonces el rostro de Vogel vino a su memoria, la hada buscó en ella el recuerdo de sus besos y sus caricias, por un segundo sintió el roce de sus manos si estuviera con ella. La pérdida de sangre fue arrastrándola a la inconsciencia, lo último que escuchó fueron las palabras de Lucían en su cabeza, recordándoles una dolorosa verdad. No supo si lo que escuchó fue producto de su imaginación, si eran palabras de sus atacantes, quizá solo era producto de su agonía.
Cuando su tío, el rey Gross, se materializó frente a ella, se sorprendió del desastre que había permitido. No se había percatado de que su sobrina se encontrara entre los que había considerado como invasores, sintió una ola de orgullo por ella, ya que no usó su estatus para tener una ventaja.
—¡Sanadores!
En el grito de su tío había dolor, tristeza y desesperación. Pero ella estaba cansada, demasiado dolorida, así que lo único que pudo hacer fue dejarse ir como todos los demás.