El Juramento de la Hermandad
—Anabeth.
Ella se volvió a ver a Vogel que se acercaba con calma. Habían pasado unas semanas desde el enfrentamiento con Narek y Dragos.
—¿Cómo está? —le interrogó Seivian, tomada de la mano de su pareja.
—Seivian… solo existo… como todos —respondió con calma —¿Y tú?
—Aún no puedo… él era mi hermano también.
Vogel abrazó a su hermana, permitiéndose compartir con ella la pérdida de su hermano.
—Él te amaba demasiado…
—Lo sé, yo… también lo amaba, aún lo amo.
Él enmarcó el rostro de Anabeth con sus manos, viendo los extraños ojos de su hermana, ahora de un color amatista platinado, que fugazmente le recordaba la mirada de Lucían.
—Todo está listo para la coronación, incluso la Gran magia está allí —le informó Vogel.
Una ceremonia que haría oficial su nombramiento como reyes de su raza.
—Lamento hacerlos esperar.
—No, tú perdiste más que todos, ese día… nunca te disculpes por ello, ni siquiera con la Gran magia.
—Gracias Vogel.
—Por nada hermanita.
Juntos como hermanos caminaron por el largo pasillo, que los llevaría hasta el salón donde se encontraba el trono del Oscuro. Donde los reyes de antaño se nombraban soberanos y, desde donde dirigían su reino.
La Hermandad de sangre vestía sus armaduras, cada uno de ellos como los perfectos Caballeros de la Gran magia. La Gran madre también se encontraba allí, todos estaban reunidos para honrar a los Lobos. A los cuatro Reyes, destinados a cumplir la profecía de la Gran magia. De llevar su justicia y proteger a las razas de sangre, les debían mucho y ellos fueron los que más habían perdido, llegando casi a la extinción de su raza.
Parados de espalda cuatro tronos hermosos, creados por la Gran magia exclusivamente para ellos, tronos de poder destinados y distintos a los que el mundo había conocido. El movilizarse nuevamente hacia el territorio del castillo del Oscuro, fue un proceso largo y agotador. No todos quisieron moverse de Las villas, lo cual indicaba que el territorio volvía a abrirse nuevamente, no estarían amontonados en un solo lugar.
Frente a ellos un viejo y antiguo cáliz, uno que el Oscuro había utilizado alguna vez. Todos se arrodillaron, solo con una rodilla en el piso y la cabeza abajo a esperar, a que la Gran magia los bendijera. Una figura perfecta, con facciones como si hubieran sido talladas en granito, portando ropas similares a la de los antiguos romanos.
—Mis hijos —dijo en lengua antigua.
Los Lobos se arrodillaron por completo, con ambas rodillas frente a ella/él.
—Somos todo lo que queda entre las razas de sangre y… su propia esclavitud. Sin nosotros, todos ellos morirían y sus almas se perderán para siempre —con una afilada uña se cortó la muñeca, dejando caer su preciosa sangre en el cáliz —La fuerza del viento.
Fue el turno de Egion Yurkemi, hijo del Oscuro, quien también se hizo un corte en su muñeca, con Akiria frente a él, sosteniendo el Cáliz.
—La fuerza del agua.
Esta vez fue Moira Yurkemi, hijo del Oscuro, el que se puso de pie.
—La fuerza de la tierra.
Ahora fue el turno de Vogel Drudwyn, hijo del Oscuro.
—La fuerza del fuego.
La última fue Anabeth, hija del Oscuro, ella dudó un poco, pero al final continuó con el ritual.
—La fuerza de la naturaleza.
Akiria le dio a beber a cada uno de los Lobos, el contenido un tanto afrutado del cáliz. Una vez que estuvo hecho, él terminó con el contenido y se lo entregó a una de las elegidas.
—Les presento a los reyes y la reina de Los Lobos, guardianes de la justicia y de las razas de sangre.
—Larga vida a los reyes.
Cada uno de miembros de la Hermandad, caminó hasta ponerse frente a cada uno de los Lobos y mostrarle sus respetos. La Gran madre avanzó hasta colocarse junto a ellos. Dagonet, hijo de Vel, había llevado consigo un cojín negro, que tenía una corona. Zakara tomó la bella corona de plata y, se acercó a Vogel quién se inclinó hacia él.
—Larga vida al rey Vogel Drudwyn, hijo de Xauro, rey de los Lobos.
Ahora fue Lyubor, hija de Dreyken, quién llevaba la otra corona. La Gran madre se paró frente al Lobo y otra vez tomó una bella y delicada corona.
—Larga vida a Anabeth, hija de Xauro, reina de los Lobos.
Entonces fue el turno de Airic, hijo de Joren, este llevaba la tercer corona a la Gran madre y se paró frente a Moira.
—Larga vida Moira Yurkemi, hijo de Xauro, rey de los Lobos —pronunció Zakara.
El corazón de la Gran madre dio un vuelco violento en su pecho, al ver la última y bella corona en manos de Blair, hija de Anzor. Sus piernas temblaban con cada paso que daba, hacia el último de los Lobos. Tomó la corona e hizo lo mismo que con los otros hermanos, pero en esta ocasión era especial para ella.
—Larga vida Egion Yurkemi, hijo de Xauro, mi rey de los Lobos —dijo con una voz nerviosa —Mi único amor —pensó, colocando la corona en su cabeza.
Egion tomó la mano de Zakara y se la llevó a los labios, colocando un beso en la palma de la mano, haciendo que se ruborizara.
“Leo tus pensamientos, mi dulce muerte, todos ellos” —le recordó Egion por su senda telepática privada, viéndola a los ojos antes de soltarla, “Hasta los que no quieres compartir”.
Zakara volvió a su lugar, sintiendo la mirada de Egion sobre ella, todo el tiempo, lo cual provocó que sus rodillas temblaran y sus mejillas se sonrojaran, lo que hizo que resaltara su pálida belleza.
—Sean uno con su mundo, sean la justicia y el amor entre las razas, tráiganles consigo la paz.
La Gran magia hizo una reverencia y ellos respondieron con otra, le sonrió antes de desvanecerse. Los cuatro Lobos se abrazaron. Los presentes hicieron una reverencia de respeto, y festejaron en silencio.
—Majestades, antes de que acudan a su gente, falta una cosa por hacer esta noche.
La voz de Dagonet, hijo de Vel, los trajo a la realidad.