Es él.
Una mezcla embriagadora de tabaco de alta gama, whisky añejo y ese aroma a piel masculina y limpia que me perseguía en mis sueños.
Malek Idrissi está de espaldas, recortado contra el ventanal que domina las luces de la ciudad borrosas por la tormenta. Lleva una camisa blanca de una tela tan fina que trasluce la tensión de sus hombros. Tiene el cuello abierto y las mangas remangadas, revelando unos antebrazos poderosos. Sostiene una copa de cristal con un líquido ambarino.
—Dile que no —dice él, sin girarse. Su voz es una vibración barítona que me recorre el vientre, despertando recuerdos que debería haber enterrado.
El asistente duda, pero yo doy un paso al frente. El roce de mis muslos mojados bajo la falda produce un sonido casi imperceptible en el silencio de la oficina.
—No vine para que me digas que no, Malek.
Él se tensa. Lentamente, como una pantera que decide si atacar o ignorar a su presa, se gira.
Su mirada se clava en la mía y el aire desaparece de la habitación. No ha cambiado nada. Sigue teniendo esa belleza devastadora, casi cruel, con rasgos árabes afilados y unos ojos tan oscuros que parecen absorber la luz del lugar. Me recorre de arriba abajo, deteniéndose en el modo en que la blusa húmeda se transparenta sobre mis senos, marcando la urgencia de mi respiración.
—Sofía Álvarez —pronuncia mi nombre como si fuera un pecado que ya ha pagado.
—Malek.
Deja la copa sobre su escritorio de cuero con un gesto medido. Se acerca. Cada paso suyo parece reducir el tamaño de la habitación, acorralándome con su mera presencia física.
—¿Qué haces aquí? —Su tono es gélido, pero noto una chispa de algo más profundo en sus pupilas. Un hambre antigua.
—Necesito hablar contigo.
—No tenemos nada de qué hablar. Tú te fuiste. Elegiste el exilio.
—Y tú te quedaste exactamente donde te gusta estar: en la cima de tu propia arrogancia.
Sus ojos se estrechan. Está tan cerca que puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, un contraste violento con mi piel helada.
—Vete, Sofía. Antes de que esto se vuelva más desagradable de lo que ya es.
—No me voy a ir.
Lo digo con la certeza de quien ya ha perdido todo lo demás. Malek acorta la distancia final. Está a centímetros. Puedo oler su aliento, ver el pulso latiendo en su cuello. Su mano se alza, y por un segundo creo que va a tocarme, que va a deslizar sus dedos por mi mejilla mojada como lo hacía antes de que todo se rompiera. Pero se detiene. El deseo y el odio bailan en el espacio que nos separa.
—Te estás equivocando de lugar —susurra, y su voz es una caricia áspera.
—No. Te estoy encontrando.
Abro mi bolso. Mis dedos tiemblan mientras saco el papel. Se lo extiendo, pero él no lo toma. Lo obligo a mirar.
—Estoy embarazada.
—¿Qué…rayos…?