La lluvia no cesa; ha pasado de ser una molestia a convertirse en una cortina de plomo que intenta aplastarme contra el asfalto de Puerto Madero. Camino por la acera, pero no siento mis pies golpeando el suelo. Mi cuerpo es un cascarón vacío, entumecido, moviéndose por pura inercia mientras el agua se filtra por las costuras de mi dignidad. No miro atrás. No puedo permitirme observar esa torre de cristal y acero una vez más, porque sé que si lo hago, me romperé en mil pedazos justo ahí, bajo la mirada burlona del guardia que me expulsó como si fuera basura.
Subo al primer taxi que frena, dejando un rastro de agua en el asiento de cuero sintético.
—¿A dónde la llevo? —pregunta el conductor sin mirarme, acostumbrado a los náufragos de la noche.
Digo la dirección de Valentina. Mi propia voz me suena ajena, una frecuencia extraña que vibra en mis oídos como si viniera de otra habitación. Durante el trayecto, el teléfono vibra dos veces en mi regazo. Un espasmo de esperanza estúpida me recorre, pero no lo miro. Si es él, no estoy lista para su crueldad escrita; si no lo es, el vacío será aún peor.
Me abrazo a mí misma, encogida en un rincón del asiento trasero, intentando conservar un rastro de calor que ya no existe. Miro por la ventanilla cómo las luces de la ciudad se deforman, convirtiéndose en líneas de neón difusas por el agua. Inconscientemente, mi mano baja hacia mi vientre. Presiono con suavidad sobre la tela empapada. Nadie notaría nada todavía; mi cuerpo guarda el secreto con una lealtad aterradora. Pero yo lo siento. Siento esa chispa de vida, ese peso invisible que ha convertido mi existencia en un campo de batalla.
Y entonces, el recuerdo me asalta.
Cierro los ojos y el frío del taxi desaparece, sustituido por el calor sofocante de aquella suite hace largas semanas. Puedo sentir el peso de Malek sobre mí, el modo en que sus manos, grandes y ásperas por el poder, se enredaban en mi cabello para obligarme a mirarlo. Recuerdo el aroma de su piel: una mezcla embriagadora de sándalo, whisky caro y ese olor puramente masculino que me volvía loca…
“Sofia, te necesito tanto.”
No. No me necesitaba. Nunca me necesitó.
Esa noche hubo una urgencia primitiva, un hambre que nos consumía mientras nuestras pieles chocaban en la penumbra.
“Sofía, por qué…por qué hiciste eso…”
Para protegerme.
“Por qué te fuiste así de mi vida.”
Para cuidar mi propia vida. De ti, Malek.
“Entonces por qué regresas.”
Porque la carne es débil y porque fui una estúpida.
Recuerdo la tensión de sus músculos bajo mis dedos, el modo en que su respiración se entrecortaba contra mi nuca mientras me reclamaba con una intensidad que rozaba el dolor y la gloria.
“¡Carajo, te amo, Sofia! ¡Te amo!”
¿Lo hubiera podido decir de todas formas si no hubiera estado bajo efecto de alcohol y sustancias de finísima elaboración?
En ese momento, yo era suya; no por contrato, sino por una química devastadora que él ahora pretende negar.
El taxi frena de golpe, devolviéndome a la realidad gélida de Buenos Aires. Pago y bajo corriendo, subiendo las escaleras del edificio de Valen de dos en dos. Mis pulmones arden. Golpeo la madera con los nudillos, con el puño, con toda la desesperación que tengo acumulada.
—¡Valentina! —grito.
La puerta se abre. Mi amiga aparece con el rostro relajado, vistiendo una bata de paño, pero su expresión se transforma en puro horror al verme. Estoy desencajada, con el maquillaje corrido y la ropa pegada al cuerpo como una segunda piel traicionera.
—¿Qué te ha pasado? Por el amor de Dios, Sofía, estás azul del frío.
No respondo. Entro como un vendaval, dejando que el abrigo mojado caiga al suelo con un sonido pesado. Me quedo de pie en mitad de su salón, tiritando, sin saber qué hacer con mis manos, que no dejan de temblar.
—Hice una estupidez—admito.
—¿Qué clase de…?—empieza ella, pero parece entenderlo tan pronto como apenas lo deslizo entre dientes.
—Lo siento, sé que no debería haberlo hecho.
—¿Lo viste? —pregunta Valentina, cerrando la puerta y acercándose con cautela.
—Sí. Lo vi. Fui a su trabajo, directo a su despacho.
—¿Y? ¿Qué te dijo ese animal?
Abro la boca, pero el aire se me queda atascado. Las palabras son como espinas en mi garganta. Valentina me toma de los hombros, obligándome a mirarla.
—Sofía, mírame. ¿Qué pasó en esa oficina?
Me desplomo en el sofá, ocultando mi rostro entre las manos. Siento que el llanto está ahí, hirviendo justo debajo de la superficie, pero me niego a darle ese triunfo a la situación.
—Me echó, Valen. Llamó a seguridad para que me sacaran como si fuera una delincuente.
—¿Qué? —Valentina se yergue, su instinto de abogada encendiéndose como una mecha—. ¿Por qué? ¿Qué le dijiste para que reaccionara así?
—Le dije la verdad. La verdad que me está matando.
En ese momento, la puerta del pasillo se abre y Leo entra cargando una bolsa de papel que huele a comida tailandesa. Se detiene en seco, evaluando la escena con sus ojos inteligentes.
—¿Por qué este funeral? —pregunta, intentando bromear, aunque su tono decae al instante—. Traje cena para…
—Leo—lo corta Valentina.
—¿Algo anda mal?
—Sofía está en shock. Más que mal, algo ha estallado.
Leo deja la bolsa sobre la mesa y se arrodilla frente a mí. Me quita los mechones de pelo mojado de la cara con una delicadeza que me duele.
—¿El sexy mastodonte con menos inteligencia emocional que una roca ha actuado otra vez?—me pregunta él, conociéndome demasiado bien.
Asiento.
—Pequeña ilusa, ¿qué te hizo Idrissi ahora? Dilo de una vez.
Cierro los ojos con fuerza. Puedo ver la cara de Malek, su mandíbula apretada, su desprecio absoluto cuando me miró por última vez.
—Estoy embarazada —suelto por fin.
El silencio que sigue es absoluto. Es un vacío denso, irreal, donde el único sonido es el tictac de un reloj en alguna parte del departamento.