No duermo. No de una manera que pueda llamarse descanso. Me hundo en una vigilia sucia y densa, una especie de limbo donde el agotamiento físico se pelea con una mente que se niega a apagarse. Me quedo tendida en la cama de invitados de Valentina, observando cómo las sombras de los edificios de Palermo se proyectan en el techo como garras negras que intentan atraparme. Cada vez que cierro los ojos, el rostro de Malek Idrissi aparece con una nitidez que me asfixia: esa mandíbula de granito, los ojos que parecen dos pozos de petróleo ardiendo y esa forma suya de ocupar el espacio, como si el oxígeno del resto de los mortales le perteneciera por derecho divino.
Valentina se ha quedado dormida en el sofá tras una hora de insultos legales dirigidos al aire. Leo ronca suavemente en la habitación de al lado. Yo, en cambio, soy un manojo de nervios y náuseas. Siento el pulso en la punta de los dedos, en los párpados, en el vientre. Ese peso mínimo, casi imperceptible, que ahora es el centro de mi universo.
***
A las ocho y media de la mañana, el cielo sobre Buenos Aires ha decidido teñirse de un gris ceniza que parece un presagio. La humedad se pega a la piel como una película de aceite. Estoy de pie frente al Edificio Idrissi Sur, una torre de menor altura que su sede principal, pero mucho más privada, revestida de un mármol negro que brilla bajo la luz mortecina. Es su santuario personal, el lugar donde se cierran los tratos que nadie debe conocer.
El guardia de la entrada, un hombre con hombros de luchador y un traje que cuesta más que mi carrera universitaria, ni siquiera me pide identificación. Revisa una tablet con movimientos mecánicos.
—Señorita Álvarez. La están esperando. Piso 12.
Su tono no es de cortesía; es el tono de alguien que ha sido advertido de que un problema está a punto de entrar por la puerta. Me encamino al ascensor, sintiendo que mis zapatos de tacón resuenan en el hall como disparos. El ascenso es rápido, silencioso, de esos que te dejan el estómago un par de pisos más abajo. Cuando las puertas de acero se abren, me recibe un pasillo alfombrado en un tono escarlata tan profundo que parece sangre seca.
Un asistente de rostro inexpresivo me guía hasta una oficina al final del corredor. Abre la puerta doble de nogal y se retira sin decir palabra.
Entro. El espacio es abrumador. Ventanales de piso a techo muestran el río, cuyas aguas parecen de plomo hoy. Malek está de pie, de espaldas a mí, con el saco colgado descuidadamente en el respaldo de una silla de cuero. Lleva una camisa negra de seda, las mangas arremangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos poderosos surcados por venas que hablan de una fuerza bruta contenida.
Parece más peligroso así. Menos el CEO de la revista Forbes y más el depredador que conocí en la oscuridad.
—Cierra la puerta —dice sin girarse. Su voz es un trueno bajo que me golpea directamente en el vientre.
Lo hago, escuchando el clic de la cerradura con una mezcla de pavor y anticipación.
—Te encanta dar órdenes, ¿verdad, Malek? Te hace sentir que el mundo sigue girando bajo tu pulgar.
Él se gira lentamente. Dios, es un hijo de su madre despreciable, pero es tan hermoso que duele mirarlo. Sus ojos oscuros me recorren con una lentitud insultante, deteniéndose en mis labios, en mi cuello y, finalmente, en mi cintura. Hay una atención concentrada en su expresión, la misma que pone un coleccionista cuando evalúa una pieza que creía perdida o robada.
—Me gusta no perder el tiempo con preliminares innecesarios —responde, dando un paso hacia el centro de la habitación—. El abogado habló contigo. Fuiste... difícil.
—No soy un acuerdo de confidencialidad, Malek. No soy una cláusula que puedas firmar y archivar.
Se acerca otro paso. El aroma de su perfume, algo cítrico pero profundamente amargo y masculino, empieza a invadir mi espacio personal. Me obliga a recordar por qué me enamoré de él y por qué lo odio con cada fibra de mi ser.
—No eres una mujer sin opciones, Sofía. Eso es lo que Finkelstein intentó explicarte. Te estoy ofreciendo una salida elegante.
—Me echaste a la calle bajo la lluvia —le escupo, mi voz temblando por la indignación—. Me trataste como si fuera una estafadora de poca monta. ¿Esa es tu definición de elegancia?
Malek suelta una risa seca, una vibración sin rastro de humor.
—Te saqué de un lugar donde estabas a punto de montar un espectáculo frente a mis socios. Lo que hiciste ayer fue un suicidio social. ¿Qué esperabas? ¿Que te tomara en brazos y te presentara a la junta directiva?
—Esperaba un rastro de humanidad. Pero olvidé que tú no tienes de eso. Solo tienes acciones y bonos.
—Tengo lo que me pertenece —gruñe, acortando la distancia entre nosotros. Ahora está tan cerca que puedo sentir el calor irradiando de su cuerpo.
Es un hombre imponente, una bestia vestida de etiqueta. Mi mente, traicionera y febril, me lanza una imagen de nuestra última noche. Recuerdo el peso de su cuerpo sobre el mío, la forma en que su tamaño me abrumaba, la sensación de su virilidad, esa verga enorme y pulsante que me reclamaba con una posesividad que me dejaba sin aire. Malek no es solo un hombre poderoso en los negocios; es un hombre que domina físicamente, que se expande, que llena cada rincón de una mujer hasta que no queda espacio para nadie más. Recuerdo cómo me obligaba a arquearme, cómo sus manos grandes sujetaban mis caderas mientras me embrujaba con una fuerza que me hacía ver estrellas. En ese entonces, yo creía que era amor…o una mínima parte de mí guardaba esa absurda esperanza. Ahora sé que solo era conquista.
—¿Y qué soy ahora, Malek? —le pregunto, sosteniéndole la mirada a pesar de que mis piernas flaquean—. ¿Un secreto caro que quieres enterrar bajo un fajo de billetes?
—Ahora eres una situación que me veo en la obligación de controlar —responde él, y su mano se alza, rozando apenas un mechón de mi cabello que cae sobre mi hombro. El contacto me quema como hierro al rojo vivo—. Porque lo que llevas dentro es sangre Idrissi. Y nada que lleve mi sangre crece fuera de mi vigilancia.