Hermosa oscuridad

Capitulo 44

Connie.

Me dormí, exhausta por los eventos de los últimos días. Pero mi descanso fue breve: pronto me vi sumergida en un sueño vívido y extraño. Estaba en un jardín onírico, rodeada de flores exóticas y árboles majestuosos que se mecían suavemente con la brisa cálida. El sol brillaba con un fulgor dorado, cubriendo todo con una luz mágica. Y en medio de ese paraíso, vi a Lamia y Abigail conversando en voz baja, con una intensidad que me heló la sangre.

Lamia, con su largo cabello oscuro cayendo como una cascada por su espalda, irradiaba la belleza feroz de una diosa nocturna. Sus ojos celestes brillaban con una fuerza casi sobrenatural. Tenía un cuerpo definido, fuerte, como esculpido por los dioses mismos. Era hipnótica, seductora, un ser de otro mundo.

Abigail, en cambio, parecía una flor frágil bajo la luz del amanecer. Su belleza era etérea, angelical. El cabello rubio le caía en ondas suaves sobre los hombros, y sus ojos verdes reflejaban una dulzura que me atravesó el corazón.

Hablaban de Chris. Lamia le pedía a Abby que lo cuidara, que lo amara con todo su ser. Y Abigail, con lágrimas en los ojos, prometía hacerlo. Me conmovió el tono de su conversación: la pasión de Lamia era abrasadora, y la ternura de Abby, desarmante. Entonces Lamia le entregó algo, pero antes de distinguir qué era, la escena cambió.

Ahora estaban en una estancia blanca, cálida, acogedora. Abigail lucía más joven, distinta, pero reconocible. Y Lamia... Lamia era yo. O al menos una versión de mí misma. Su cabello era oscuro y largo, sus ojos celestes, más profundos y aterradores. Su cuerpo irradiaba fuerza, pero su rostro mostraba un dolor que reconocí como propio.

Me quedé observándolas, sin poder evitar compararme con esa imagen. Yo ya no era esa mujer. Mi cabello estaba más corto, mi piel llevaba las huellas del Oscuro Paraíso, mis ojos habían perdido brillo. Lamia representaba la fuerza que fui... o que alguna vez fingí ser.

Me acerqué un poco más, escuchando.

—Abigail, amo a Christopher —dijo Lamia con voz rota—. Él no lo sabe. Cree que no lo amo... pero es mentira. Le mentí para protegerlo. Para que no se aferrara a mí.

Abigail la miró con sorpresa y compasión.

—¿Por qué me dices esto ahora?

—Porque siento que mi destino está sellado —respondió Lamia con resignación—. Nunca podré estar con él, ni siquiera intentarlo. Solo me importa dejarlo fuera de esto.

—Él merece saberlo... te ama de verdad. Lo has visto y por eso ha preferido arriesgarse tanto. P

—Lo sabrá... pero no ahora. No debe saberlo todavía. Necesito que crea mi mentira, al menos hasta que esté a salvo.

Lamia sacó una carta de su bolsillo y se la entregó a Abigail.

—Quiero que se la des a Christopher cuando llegue el momento. Dile que lo amé siempre, que mi amor fue real.

Abigail la miró con sorpresa, con una tristeza en los ojos que parecía multiplicarse con cada palabra.

—¿Entonces... piensas irte?

Lamia soltó una risa débil, con la mirada perdida.

—Siento que lo haré muy pronto. Pero tú te quedarás con él. Lo cuidarás. Le dirás que lo amé con todo lo que fui. Por favor, Abigail. Haz eso por mí.

—Pero… ¿por qué yo?

—Porque sé lo que sientes por él. Porque sé lo que puedes hacer también.

La mirada de Abby se ensanchó al comprender.

—Tú... quieres que use la ventana de recuerdos...

—Quiero que le muestres todo. Quiero que vea con sus propios ojos cómo nos conocimos, cómo lo amé, cómo luchamos juntos. Quiero que esos recuerdos lo acompañen siempre, incluso si yo no estoy.

Abigail asintió con lentitud. Se acercó a Lamia y le pidió que comenzara. Lamia se inclinó hacia ella, y sus voces bajaron hasta convertirse en susurros. Vi cómo Abby cerraba los ojos, absorbiendo los recuerdos de Lamia como si fueran memorias propias. Lamia reía y lloraba, como si estuviera reviviendo cada instante. Después, una luz cálida brotó de las manos de Abby, y una imagen holográfica se formó ante ella: la ventana de recuerdos.

Parecía un portal de bordes rosados y resplandor suave. En el centro comenzaron a proyectarse escenas… Y ahí estábamos Chris y yo —o Lamia y Chris— riendo, abrazándonos, como si el tiempo se hubiera detenido para nosotros en un jardín soleado. La imagen era tan vívida que sentí el calor del sol, el aroma de las flores.

Vi al niño Chris corriendo por el bosque, con sus ojos llenos de curiosidad. Se detenía frente al lago y sacaba su cuaderno para dibujar. Y entonces, me vio: una joven de blanco, con alas extendidas. Me vio como si nunca hubiera visto nada igual. Vi también el día en que me ayudó cuando estaba herida en la nieve. Vi el instante en que tomaba un mechón de mi cabello entre sus dedos helados. Me estremecí.

Más recuerdos vinieron: nuestro reencuentro en el aula, las charlas profundas, las confesiones, las risas. Vi la ternura con la que me miraba. La forma en que cuidaba de mí. La forma en que yo, incluso sin quererlo, también me rendía a ese amor.

Entonces lo escuché hablar de su hermano. Y yo le hablaba del mío.

¿Mi hermano?

¿Lamia tenía un hermano?

La revelación me sacudió, pero no pude detenerme. La ventana mostraba ahora a Chris defendiendo a Constans con una fuerza inesperada. Y luego, su confesión: no podía estar lejos de ella. Vi a Lamia mirándolo con una mezcla de amor, miedo y agradecimiento. Chris fue el que la cambió. El que la salvó.

El recuerdo que ahora aparece en la ventana de recuerdos es poderoso y desgarrador. Chris defiende a Constans con una fuerza visceral, como si fuera lo único que le importara en el mundo. Luego, le confiesa que no puede vivir lejos de ella. La forma en que ella lo calma, lo contiene, es conmovedora. En sus ojos claros hay dolor, una ternura que me hizo comprender cuánto había llegado a apreciarlo.

Chris la cambió. Él fue quien encendió una luz dentro de ella, quien la obligó a volver a sentir, a ver el mundo con otros ojos. Él fue su verdad. Su despertar.




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