Parte I. Cuando la Calma Precede a la Tormenta.
Ya han pasado tres días desde que combatí con Kael. Él nos permitió a Nyra y a mí quedarnos en su palacio; podría decirse que es un buen anfitrión. Todas las mañanas viene a ver cómo estamos, aunque a veces logra molestarme un poco.
Nyra y yo compartimos la misma habitación, pero dormimos en camas separadas. Aun así, la habitación es demasiado grande. A veces me pone nervioso estar a solas con ella… no sé qué me está pasando. ¿Por qué la miro tanto? Solo pensar en la posibilidad de separarme de Nyra me hace sudar frío.
Cuando me levanté esta mañana, lo primero que hice fue mirar si ella seguía en su cama. Me tranquilicé al verla allí. ¿Por qué me preocupo tanto?
Cuando duerme se ve tan… linda.
Me puse muy rojo al pensar eso y, justo en ese momento—
—¿L-Lior? ¿Por qué estás rojo? ¿Pasa algo?
Nyra había despertado de repente.
—N-Nyra… y-yo solo estaba viendo si estabas bien.
—Oh, ya veo.
Nyra hizo una sonrisa que la hacia ver demasiado hermosa.
—Siéntate, Lior —dijo, señalando el borde de su cama—. Ven, no seas tímido.
No lo dudé más y me senté a su lado. Nyra apoyó su cabeza en mi hombro.
—Lior —comenzó a decir—. Me gusta mucho estar a tu lado.
—A-a mí también me gusta estar contigo, Nyra.
Ella rió suavemente y se acomodó frente a mí, recostándose sobre mi pecho.
—Tus latidos son fuertes, Lior. Eso es bueno.
Yo estaba demasiado nervioso como para moverme siquiera.
—Ja, ja, ja…
Nyra volvió a reír, levantó un poco la cabeza y me miró fijamente a los ojos. Como siempre, sus ojos eran hermosos; ese brillo en forma de estrellas que la caracteriza parecía más intenso que nunca. Se fue acercando cada vez más y, cuando estábamos muy cerca—
—¡TOC! ¡TOC!
El golpe en la puerta nos hizo separarnos de golpe, completamente avergonzados.
—Oigan, mocosos, ¿ya están despiertos?
Era la voz de la señora Elizabeth. ¿Por qué tenía que venir justo ahora?
—S-sí… —respondió Nyra, aún ruborizada.
—Entonces voy a pasar.
En un instante volví a mi cama con una rapidez casi ridícula.
—Lior —dijo Elizabeth apenas entró—, supongo que quieres saber más sobre la guerra, ¿no es así?
La pregunta me tomó por sorpresa. ¿Esa conversación no había terminado ya?
—¿Acaso no había terminado de contar esa historia?
—Deberíamos escuchar, Lior —intervino Nyra—. Creo que todavía no sabemos lo suficiente, ¿no crees?
—Tienes razón —respondí—. Bien, señora Elizabeth, cuéntenos qué ocurrió en esa guerra.
Elizabeth tomó un largo respiro y suspiró.
Hace 50 años
—¡Elizabeth!
—¡Ya voy, mamá!
Corrí hacia el campamento después de pasar la mañana recogiendo frutillas de los arbustos.
Tenía quince años y vivía con mis padres en una pequeña tribu nómada. No permanecíamos mucho tiempo en un mismo lugar; armábamos nuestras tiendas solo por las noches y retomábamos el camino al amanecer. Mi padre me entrenaba con severidad. Siempre decía que una voluntad inquebrantable era lo más importante para sobrevivir.
—Ayúdame a recoger, Elizabeth —dijo mi madre con una sonrisa alegre—. Dentro de poco partiremos.
Mi padre era el jefe de la tribu y sabía guiarnos bien. Nunca habíamos tenido grandes problemas, más allá de enfrentarnos a algún animal que intentara atacar nuestro ganado.
Cuando terminamos de recoger, tomamos nuestras pertenencias y reanudamos el viaje.
—¿Estás cansada, Elizabeth? —preguntó mi padre—. Si no puedes seguir cargando tu equipaje, puedo hacerlo por ti.
—No te preocupes, papá —respondí—. Puedo sola. Además, me sirve para entrenar.
—Si tú lo dices.
Seguimos caminando, guiando a nuestras ovejas y protegiéndolas de las bestias salvajes hasta llegar a un lugar que parecía adecuado para acampar.
Estábamos a punto de celebrar una tradición que se había transmitido de generación en generación…
Parte II. La Ley del Más Fuerte
Mi padre era muy hábil, verdaderamente asombroso. Una vez, mientras estábamos en el bosque, un gran oso de casi tres metros comenzó a atacarnos. Mi padre solo lo esquivaba; no buscaba hacerle daño, solo quería que se cansara y se marchara.
—¡GRRRRRR!
El oso gruñó con furia y fijó su mirada en mí.
—¡Aléjate de ahí! —gritó mi padre.
Pero estaba demasiado asustada como para moverme. Cuando parecía un final inevitable para mí, mi padre tomó impulso y, con una daga, mató al oso antes de que fuera demasiado tarde.