Parte I. Desesperanza
El día de la invasión a Valdoren
—Nunca van a cambiar, ¿no, Nyra?
—Siempre han sido así. Ja, ja, ja.
Luego de hablar con Nyra un momento, y que mis hermanos, Lior y Darian, se fueran a entrenar como de costumbre, me dispuse a ingresar nuevamente a la casa, pero…
—¿¡Mamá!?
Mi madre estaba siendo sujetada por unos hombres que vestían túnicas negras con decoraciones en rojo que se asemejaban a un rayo. No pude ver sus rostros. Ni siquiera tuve tiempo de reaccionar cuando mamá desapareció en una extraña luz junto a ellos.
—Aquí hay una chica que se ve muy prometedora.
Unas voces comenzaron a escucharse detrás de mí.
¿Quiénes son esos tipos?
¿Por qué me miran así?
Dos de ellos se lanzaron contra mí sin darme tiempo a reaccionar. Me ataron de pies y manos con brutalidad. En ese instante, comenzaron a escucharse explosiones provenientes del centro del pueblo.
¿Qué está pasando?
¿A dónde se llevaron a mamá?
¿Dónde están mis hermanos?
—¡Apártense de ella!
Una voz se escuchó desde la entrada de mi casa. Abrí los ojos con sorpresa al ver a Nyra forcejeando con esos hombres. Pero era en vano. La sometieron con facilidad y la ataron igual que a mí.
—¡Tengan cuidado! —gritó uno de ellos.
—No queremos que la mercancía se dañe. Las jovencitas de este pueblo prometen mucho, sobre todo esa con estrellas en los ojos.
¿Mercancía…?
¿Estrellas en los ojos…?
¿Hablan de Nyra?
Intenté soltarme, huir, hacer algo… pero la diferencia de fuerza era abrumadora. Hasta que, después de tanto forcejeo.
—¡TUMP!
Un golpe brutal en el estómago me dejó sin aliento, sentí que todo mi cuerpo se entumeció y quedé al borde del desmayo.
—¡Aria! ¡Aria!
Escuché la voz de Nyra llamándome. Apenas podía pensar con claridad o distinguir su silueta tirada en el suelo atada de pies y manos y sometida por dos hombres.
—¿Qué haces, imbécil? —recriminó otro hombre.
—Te dije que no debemos dañar la mercancía. Esperemos que no le hayas hecho nada grave.
—No exageres —respondió el que me golpeó—. Solo fue un golpecito, no se quedaba quieta.
Mi visión se nublaba. Lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento fue ver a Nyra gritando desesperada en mi dirección. Hasta que no pude soportar más el dolor y la fatiga y terminé desmayándome.
Cuando desperté, estaba en una carreta cubierta apenas por una sábana blanca. Seguía atada, igual que muchas jóvenes del pueblo. Algunas lloraban. Otras permanecían en silencio. Algunas apretaban los puños y cerraban los ojos, como si ya hubieran aceptado su destino.
—¿De dónde salieron ese par?
Los hombres que nos raptaron hablaban entre ellos desde la parte delantera de la carreta. Algunos se sobaban heridas, otros apenas se mantenían conscientes.
—Esos malditos mocosos nos dieron una paliza. Apenas logramos huir.
¿Mocosos…?
¿Hablan de Lior y Darian?
—Por suerte, Arthur nos dio una oportunidad para escapar.
—Sí… y qué bueno que uno de ellos murió.
Sentí que el corazón se me detenía. No podía creer lo que escuchaba, si en verdad estaban luchando contra mis hermanos, eso quiere decir que uno de ellos...
¿Murió…?
¿Uno de mis hermanos?
No.
Eso es imposible.
Mis hermanos son fuertes. Me niego a creerlo. ¡Me niego!
Abracé mi cabeza con los brazos. Mi respiración se volvió errática. El miedo me devoraba desde dentro. Mi pulso se aceleró, sentía como si la sangre estuviera a punto de salirse por los poros de mi piel.
—El otro también morirá —continuaron—. Con esas heridas, es cuestión de tiempo.
No quería escuchar más. El mundo comenzó a deformarse para mí. Todo había sido una mañana normal… ¿en qué momento se derrumbó todo? ¿Por qué ha pasado todo esto?
En ese momento, sentí una mano tomar la mía con calidez.
—Cálmate, por favor.
Una chica de mi pueblo me habló con una voz dulce y me miraba con ternura. Tenía moretones, un ojo hinchado y el cabello cubierto de tierra. Aun así, me sonreía con calidez.
—Tus hermanos vendrán a rescatarnos. Solo tenemos que esperar. No debes perder la esperanza.
Asentí con lágrimas en los ojos, intentando regular mi respiración. Ella tenía razón, no debo perder la esperanza. Mis hermanos vendrán a rescatarme junto a todas las chicas del pueblo.
—¿De qué están hablando ustedes dos? —dijo otra chica con dureza—. ¿No escucharon? Tus hermanos están muertos.