Parte I. Decisión.
—Hace ya tiempo que Lior se fue a investigar, ¿estará todo bien? —susurré mientras le daba una mordida a mi manzana.
Miré al cielo y suspiré.
—Bueno, supongo que si se tarda demasiado iré a ver qué pasa.
Miré mi manzana y solo pude pensar en que esta fruta es algo extraña. Creo que hay frutas más deliciosas que estas, pero a las personas les gusta atribuirles muchas cualidades especiales.
Bueno, desde que le ofrecí a Lior una manzana es que estamos viajando juntos.
—Espero que esté todo bien —dije mientras le daba otra mordida a mi manzana.
Mientras tanto, en el lugar donde se encontraba Lior…
—¡MALDITO MOCOSO! ¿¡CÓMO TE ATREVES A AMENAZAR AL LÍDER!?
Sonreí lleno de confianza y miré a su jefe mientras venían a atacarme. Su rostro reflejaba la ira que sentía a causa de mis palabras, pero luego dio la espalda y se echó a correr junto a algunos de sus guardias que no se lanzaron a atacarme.
—Así que prefiere huir —dije en un susurro mientras Aria se aferraba fuertemente a mí con sus manos.
En un parpadeo, desaparecí de en medio de todos los que lanzaron un golpe con su espada, las cuales solo chocaron contra el piso del lugar donde estaba yo hace un instante.
—¿Qué pasa? ¿Acaso no dije que los dejaría vivir por hoy? —dije colocándome en la entrada de este detestable lugar donde tenían cautiva a mi hermanita.
Brian, ese desgraciado, se detuvo en seco al ver que me coloqué justo en la entrada, que también era la única ruta de salida. Pude ver el terror en sus ojos, y no solo en los de él. Todos los que antes intentaron atacarme con furia estaban paralizados y sudando frío.
Miré con una mirada fría a Brian y a sus guardias personales. Al verlos detenidamente, lo recordé.
—Por supuesto —dije—. Ustedes son los bastardos que atacaron mi pueblo, ¿no es así?
Tanto Brian como sus guardias palidecieron, tal vez recordando la tremenda paliza que les dimos mi hermano y yo.
En ese instante, mientras miraba amenazadoramente…
—¡ZAS!
Sentí un cuchillo atravesar mi costado.
Miré a quien lo hizo mientras yo caía con una rodilla al suelo y Aria intentaba sostenerme y gritaba mi nombre desesperada.
—Ja, ja, ja —rió Brian—. Muy bien hecho… Andrés.
Paralelo a esto, en la colina donde se encontraba Nyra…
—Creo que Lior ya se tardó demasiado —dije mientras me colocaba de pie y recogía las cosas.
—Oh, pero qué sorpresa tan agradable —dijo una voz detrás de mí.
Me giré y vi al noble del otro día. Ese que se llamaba… ¿Damián?
—Dígame, señorita, ¿por qué está tan sola? ¿Dónde está el héroe?
—Lior fue a solucionar unos asuntos importantes —respondí a secas mientras seguía recogiendo la canasta de manzanas que traje y el mantel.
—Ya veo, ya veo —respondió el noble.
Yo no le prestaba atención.
—Pero me parece una pena que una chica tan hermosa como usted esté tan sola en este lugar —continuó—. Puedo hacerle compañía si quiere.
—No, gracias. De todas formas, ya me iba.
El noble cambió de actitud y colocó una mirada de un depredador cuando está acechando a su presa. Sacó la lengua de manera asquerosa, se lamió los labios y dio una mirada que dejaba ver con claridad sus intenciones.
—Señorita, usted tiene unos buenos pechos; su trasero es bastante lindo y de buen tamaño. Pero sus ojos lo son aún más.
Sus palabras me causaron asco y repugnancia.
—Honestamente, creo que el héroe no merece tenerla —dijo mientras colocaba una mirada seria y vacía.
En ese momento, muchos hombres armados aparecieron de la nada, rodeándome. Pude contar unos 150 hombres con espadas y escudos en sus manos, todos con un solo objetivo… yo.
De vuelta con Lior…
Mierda, bajé la guardia. Miré al chico que me atacó y este dio un salto, giró en el aire y cayó al lado de Brian.
Di una pequeña sonrisa.
—Tiene potencial —dije en un susurro inaudible.
—¿Por qué haces esto, Andrés? —mi hermanita gritó en dirección al chico.
El chico permaneció callado en su lugar, con el cuchillo que me apuñaló aún en su mano.
—Oye, Andrés. ¿No sabes que es de mala educación ignorar a una dama? —dijo Brian mientras se burlaba.
—Ja —di una pequeña sonrisa mientras me limpiaba un poco la sangre de la boca.
—¿Qué carajo es tan gracioso, mocoso? —recriminó Brian.
—Oye, ¿te llamas Andrés, cierto? —dije mientras miraba al chico, y él asintió.
—Hermanito —dijo Aria—. Andrés está obligado a hacer esto. Por favor, no le hagas daño.
Miré a Aria y le di una sonrisa.