El amanecer llegó acompañado del canto de las aves y el murmullo del agua que corría cerca del poblado.
—Buenos días, San —dijo Clara, acercándose con una sonrisa traviesa.
—Buenos días, Clara... —respondió él con un leve bostezo.
Ella se inclinó suavemente y le dio un beso en la frente.
—¡C-Clara! —exclamó él, sorprendido y sonrojado.
—Jejeje... ese es tu regalo de cumpleaños, tontito.
—¡¿Eh?! ¿Y qué clase de regalo es ese? —preguntó, aún más nervioso.
—Llevamos trece años juntos, San. Hay que celebrarlo. Ahora ven... dame mi regalo, mi beso.
—¿Q-qué? ¡No haré algo así!
—¡San, dame mi beso! —insistió ella, avanzando hacia él—. ¡Mi beso... beso... beso!
—¡Nooo! ¡Ayúdenme, por favor! ¡Alguien! —gritó San, intentando escapar.
TIEMPO DESPUES
San había logrado escabullirse de Clara y caminaba por las calles del poblado con expresión preocupada.
(¿Qué debería regalarle a Clara por su cumpleaños?) pensaba mientras rascaba su cabeza.
(Seguro está molesta conmigo... debo darle algo que de verdad le guste.)
Mientras caminaba, se topó con el señor Carlitos, dueño de una de las tiendas del lugar.
—¡San, chico! ¿Cómo estás? —saludó el hombre.
—¡Ah! Hola, señor Carlitos. Estoy bien, ¿y usted?
—Bien, gracias a los dioses. ¿Y qué haces por aquí?
—Nada en especial, solo... salí a dar una vuelta —respondió San, evitando confesar que en realidad huía de Clara.
El comerciante sonrió.
—¡Mmmya! Justo buscaba a alguien fuerte para ayudarme.
—Pues llegó al lugar correcto. Soy el más fuerte de este poblado —dijo San con orgullo.
—Eso es indiscutible, San. —El hombre asintió—. Necesito que transportes unos suministros.
—¿Unos suministros? Uuuh... está bien.
—Gracias, San. Te pagaré por el trabajo.
San aceptó sin dudar. Tras un rato de esfuerzo, cargando y transportando los paquetes, finalmente recibió su paga.
—¡Uuuf! Qué cansancio. No sabía que serían tantos —murmuró, dejándose caer en una banca.
Un vendedor ambulante pasó cerca y, al verlo, se sentó a su lado.
—Hola, San. Te ves un poco agotado.
—Sí... estaba ayudando a transportar unos suministros.
—Ooh, bien. —El hombre sacó una botella y se la ofreció—. Toma, es agua.
—¡Gracias! —San bebió con avidez—. ¡Aaah! Ya me siento mejor.
—Qué bien. Oh, casi lo olvido... ¡feliz cumpleaños, San!
El chico sonrió.
—Jeje, gracias, señor.
—De nada. Bueno, debo irme. Nos vemos después.
—Claro, hasta luego.
El vendedor se levantó y tomó el camino contrario. San suspiró.
—Creo que regresaré. Tal vez Clara ya se haya calmado.
De regreso en casa...
Clara lo esperaba con gesto serio.
—¡San! ¿Dónde rayos estabas?
—Pues... salí a dar una vuelta... —respondió él, escondiendo su mano derecha detrás de la espalda, donde sostenía un ramo de flores.
—Estoy muy molesta contigo.
—Lo sé. Por eso te traje esto. —San extendió el ramo hacia ella—. ¡Feliz cumpleaños, Clara!
Ella abrió los ojos sorprendida.
—¿Flores...? ¿Son para mí?
—Sí, Clara.
Con una sonrisa, Clara tomó las flores y abrazó a San con fuerza. Luego, rápidamente, se apartó y volvió a poner cara seria.
—Aceptaré las flores, pero eso no cambia nada. Aún estoy molesta.
San suspiró, pensando en silencio:
(Parece que le gustaron... no sabía qué más regalarle, esta fue mi única opción. No sería capaz de darle un beso... ¡sería demasiado vergonzoso!)
De pronto, el sonido de la alarma de emergencia retumbó en todo el poblado.
—¡Es la alarma! —exclamó Clara, alarmada—. ¿Qué está sucediendo?
San apretó los puños.
—Para que suene... algo muy grave debe estar pasando.
—¿Crees que el mercenario haya regresado a buscar venganza?
—Si regresó... esta vez no escapará. Vamos, Clara. Debemos ver qué ocurre.
Fin del Capítulo 3