—Aaahh... qué cansado estoy, necesito dormir —bostezó Lucas.
—Siempre lo estás. Deja de holgazanear y ponte a trabajar —respondió Alfred con seriedad.
—Pero si de verdad lo digo... trabajamos demasiado. Si esto sigue así, voy a morir de cansancio.
—Si no puedes soportar dos horas extras, mejor renuncia al trabajo.
—¡¿Qué?! ¿Renunciar? Estás loco, pagan muy bien y no tengo que esforzarme tanto.
—O sea que solo estás aquí por el dinero, ¿eh?
Lucas sonrió nervioso. De pronto, frente a los guardias apareció una barrera de luz morada que iluminó todo el camino.
—¿Qué es esa barrera de luz? —preguntó sorprendido.
—Eso es... un talismán de teletransportación —explicó Alfred, frunciendo el ceño—. La barrera es enorme... deben venir muchas personas. Prepárate para luchar.
—¿¡Luchar!? ¿En serio?
La barrera se desvaneció, mostrando a un pelotón entero liderado por un hombre encapuchado.
—¡Son muchos! —exclamó Lucas con un gesto de terror.
—¿Quiénes son? ¿A qué han venido? ¡Respondan! —demandó Alfred.
—Soy uno de los comandantes del Rey Demonio —declaró el encapuchado con voz grave.
El rostro de Lucas se heló.
—¿Comandante... del Rey Demonio?
—Vengo a exigir que me entreguen al chico llamado San de inmediato. Si no lo hacen, nos veremos obligados a atacar.
"Maldición... lo que faltaba", pensó Alfred. "No podremos con tantos, y mucho menos contra un comandante."
—Alfred, ¿qué hacemos? —preguntó Lucas con miedo.
—Activa la alarma de emergencia. Yo los retendré un poco.
—¿¡Retener!? ¿Piensas luchar tú solo?
—No soy lo suficientemente fuerte para contenerlos por mucho tiempo, ¡así que apresúrate, Lucas!
—Está bien, lo haré. ¡Resiste hasta que llegue la ayuda, no debes morir!
—No moriré tan fácil.
Lucas salió corriendo hacia el poblado mientras Alfred se quedó frente al enemigo.
—Así que han elegido luchar... no les servirá de nada —dijo el comandante con tono frío—. ¡Globins, maten a todos los guardias y soldados! No lastimen a los demás habitantes.
—¡Sí, señor! —rugieron los monstruos, lanzándose hacia adelante.
—¡No los dejaré pasar! —gritó Alfred—. ¡Técnica de Tierra: Muralla de Piedra!
Del suelo emergió una gigantesca muralla de roca, separando al poblado de las criaturas.
—¡Aargh! ¡Aargh! ¡Aargh! —bramaban los goblins mientras golpeaban la pared sin cesar.
—Eso los detendrá... pero no al comandante —susurró Alfred con preocupación.
El encapuchado se abalanzó contra la muralla y de un solo golpe la derrumbó como si fuera de arena.
—¡Maldición!
—¡Ráfaga de Viento! —gritó el enemigo.
Un poderoso vendaval impactó de lleno a Alfred, lanzándolo por los aires hasta estrellarlo contra la muralla del poblado.
—¡Aaahh! —gimió al caer—. Auch... este tipo es fuerte... no puedo moverme...
—Eres muy débil. No mereces luchar conmigo —dijo el comandante, extendiendo su mano hacia él. Una esfera de energía comenzó a formarse en su palma.
—¿Será este... mi fin? —murmuró Alfred con desesperación.
—Cumpliré mi objetivo... y mataré a todo aquel que se interponga —sentenció el enemigo, disparando la esfera contra él.
Alfred abrió los ojos con terror, incapaz de moverse. La luz se acercaba a gran velocidad.
Mientras tanto, dentro del poblado, el caos comenzaba a apoderarse de las calles.
—¿Qué está sucediendo? —gritó el panadero.
—¿Por qué activaron la alarma? —preguntó el herrero.
—¡Infórmame qué ocurrió! —ordenó el capitán del pelotón.
—E-estamos... nos... —balbuceaba Lucas, sin aliento.
En ese instante llegaron San y Clara corriendo.
—¡Lucas, qué está pasando! —exclamó San.
—¡Nos están atacando! ¡Alfred está peleando contra ellos!
Los murmullos se convirtieron en gritos de alarma.
—¿¡Qué!? ¿Quién nos ataca?... ¡No puede ser!
—Debemos informar a la capital de inmediato —ordenó el capitán.
—¡Rápido, llévame donde están ellos! —dijo San con firmeza.
Unos pasos pesados y gruñidos se escucharon acercándose. Todos giraron la vista hacia la entrada del poblado.
—¡Argh! ¡Argh! ¡Argh! —rugían los goblins.
Todos giraron la vista. El comandante enemigo apareció, caminando con calma, arrastrando a Alfred por el cuello de su armadura. El cuerpo del guardia estaba herido, ensangrentado, apenas consciente.
Los ojos del comandante brillaban con un fulgor carmesí bajo la capucha. Su sola presencia hacía que el aire se volviera más pesado, sofocante.
—Eso no será necesario —dijo con frialdad.
—Uno de los suyos intentó oponerse —dijo con desdén, arrojando a Alfred al suelo como si fuera un saco de piedras—. Pero es demasiado débil para enfrentarme.
—¡Alfred! —gritó Lucas, lleno de rabia—. ¡Maldito, las vas a pagar!
El comandante apenas levantó una ceja, esbozando una sonrisa oscura.
—Entreguen al chico llamado San... o este será solo el principio.
El silencio reinó un instante, roto únicamente por los gruñidos de los globins y los sollozos de los aldeanos. La tensión se volvió insoportable, como si el mundo estuviera a punto de quebrarse.
Posdata/Gracias por leer
Notas del capítulo
Alfred: controla el elemento tierra.
Comandante enemigo: domina el viento, capaz de generar ráfagas, remolinos y alterar la presión del aire.
Alarma de emergencia: se utiliza para alertar a los pobladores de un peligro inminente y de gran riesgo.