El espejo del baño no miente. Nunca lo hace.
Yo, sin embargo, llevo diecisiete años intentando engañarlo, o al menos, intentando no mirarlo de frente. Porque cada vez que lo hago, me encuentro con él: mi ojo izquierdo, ese círculo plateado y frío que parece mirarme desde otro mundo. Como si no fuera mío.
El derecho es marrón. Normal. Cálido. Como el de cualquiera.
El izquierdo es... distinto. Plateado, casi metálico, con un brillo que a veces parece moverse por sí solo, como si hubiera vida dentro. La gente dice que es bonito, que es "especial", que me hace "único". Pero ellos no saben lo que es mirar a través de él. No saben que cada vez que lo uso, veo cosas que los demás no pueden ver.
Y lo peor es que no puedo apagarlo del todo.
Lunes, 7:45 de la mañana.
El instituto huele a café barato, a desinfectante y a cansancio. Las luces fluorescentes zumban con ese sonido eléctrico que solo se escucha cuando todo está demasiado silencioso. Las paredes son de un blanco sucio, manchado por años de mochilas arrastradas y bolígrafos reventados. El suelo de terrazo brilla, pulido por mil pasos anteriores.
Me apoyo en la taquilla y cierro los ojos un segundo. Solo uno. El izquierdo.
—¿Sebas? —la voz de Lucas llega desde mi derecha, y no necesito abrir los ojos para saber que está preocupado—. ¿Otra vez con el dolor de cabeza?
Abro los dos ojos, y el mundo se duplica. A la izquierda, veo el aura gris de Lucas: su preocupación genuina, su amistad sincera, pero también su pequeño secreto —le gusta la hermana de una compañera y no se atreve a decírselo—. A la derecha, veo simplemente a Lucas, con su mochila colgando de un hombro y su sonrisa fácil.
—No es dolor —miento—. Solo... pensaba.
—Pues deja de pensar. ¿Has visto el cartel de la entrada?
No había visto el cartel, pero cuando giro la cabeza hacia la puerta principal, lo encuentro clavado con chinchetas. En letras grandes, rojas, dice:
SE BUSCA A VALENTINA CASTILLO.
DESAPARECIDA DESDE EL VIERNES.
CUALQUIER INFORMACIÓN, POR FAVOR.
El nombre me suena. Valentina. La chica del pelo castaño que se sentaba al fondo en la clase de Literatura. La que siempre llevaba un cuaderno morado y escribía en él durante los descansos.
No la conocía bien. Apenas cruzamos palabra alguna vez. Pero ahora, leyendo su nombre en ese cartel, siento un vacío en el estómago.
—¿Crees que la encontrarán? —pregunta Lucas, y su voz tiembla un poco.
—No lo sé —respondo, y es la verdad
Pero hay algo más. Algo que no le digo. Cuando leí su nombre, mi ojo izquierdo se calentó. Como si hubiera reconocido algo.
8:30. Primera hora. Literatura.
El profesor entra con su paso cansino, su corbata mal ajustada y su sonrisa de político de barrio. Se llama Enrique Montero, pero todos le llaman "el Mono" —a sus espaldas, claro— porque tiene las orejas grandes y una manía de tocarse la nariz cuando miente.
Lleva siete años dando clase en este instituto. Siete años de alumnos, de exámenes, de correcciones y de miradas furtivas.
Hoy, cuando entra, mi ojo izquierdo comienza a picar. No es dolor, es más bien un cosquilleo, como cuando algo está a punto de suceder y tu cuerpo lo sabe antes que tu mente.
Me siento al fondo de la clase, en mi sitio de siempre. Desde aquí veo todo: las cabezas inclinadas de mis compañeros, los móviles escondidos bajo las mesas, el polvo bailando en los rayos de sol que entran por la ventana. El profesor se sitúa frente a la pizarra y abre su carpeta.
—Buenos días, clase. Vamos a continuar con el análisis de "La casa de Bernarda Alba"
—Profesor —interrumpe una chica—, ¿han encontrado a Valentina?
El profesor levanta la mirada. Su rostro, amable y bonachón, se contrae una décima de segundo. Apenas un parpadeo. Pero yo lo veo. Mi ojo izquierdo se activa. Y entonces sucede.
No es que vea el recuerdo. Es que estoy dentro de él.
El aula se difumina. El olor a café y desinfectante se transforma en algo más denso, más viejo. Ahora huelo a polvo, a humedad, a algo metálico que no quiero identificar. La luz blanca de los fluorescentes se vuelve amarilla, temblorosa, como la de una bombilla a punto de fundirse.
El profesor está en la misma clase de antes, pero vacía. Ya es tarde. El sol de la tarde entra por las ventanas y tiñe todo de naranja. Y ella está allí.
Valentina.
Tiene el cabello suelto y el cuaderno morado en las manos. Está de espaldas a la puerta, ordenando sus cosas sobre la mesa del profesor, que ha dejado su carpeta abierta.
—¿Profesor Montero? —dice ella, sin girarse—. He venido a dejarle mi trabajo. El de la semana pasada. Pero usted no me dijo que podía pasarme...
Él no responde. Solo cierra la puerta.
El ruido del pestillo al encajar es un disparo en el silencio.
Ella se gira. Sus ojos se abren. Y entonces, por primera vez, veo su rostro: el miedo, el pánico, la comprensión de que algo está mal. Mi ojo izquierdo, el que ve la verdad, capta todo. El temblor de sus dedos. El latido de su garganta. La forma en que su voz se quiebra cuando dice:
—¿Profesor...?
Y él da un paso hacia ella. Y otro. Y otro.
—No quería hacerlo así —dice el profesor, y su voz suena distinta, más grave, sin la amabilidad de siempre—. Pero no me dejaste otra opción.
De pronto, un golpe seco y contundente.
Parpadeo.
Estoy de vuelta en la clase. Los fluorescentes zumban. El profesor sigue escribiendo en la pizarra como si nada hubiera pasado. Como si yo no hubiera visto lo que vi.
Mi mano tiembla bajo la mesa y tengo náuseas. Mi ojo izquierdo arde, y siento una humedad en la mejilla —¿sudor? ¿lágrimas?— y un nudo en el estómago que me impide respirar.
He visto la verdad.
Y la verdad es que el profesor Montero no es quien aparenta ser.
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Hola, soy Esther.