Heterocromía: En llamas

Capítulo 3

Eran dos personas totalmente distintas

en el mismo cuerpo, me enamore de la peor.

Addison

10 de octubre de 2003

Éramos parte de su juego, siempre lo habíamos sido inconscientemente. El momento en el que empezó seguirá siendo secreto; para ser sincera, así era mejor.

La casa era grande, se sentía vacía sin su presencia. No tenía por qué evitarlo, podía abrir la puerta, caminar tres pasos y entrar en la casa de enfrente, divertirme un rato viéndolo o fastidiarlo haciéndole creer que estaba ahí por sus padres.

Salí, ya no había a quién avisarle que me iba, estaba sola. Toqué la puerta de la casa de enfrente que parecía guardar verdades aterradoras, pero demasiado tentadoras.

Mi color favorito siempre fue el blanco, puesto que reflejaba la verdad. Se veía claramente su brillo al estar limpio, y el cambio de color con la suciedad.

Por eso disfrutaba tanto estar en la casa de Andrés, rodeada de distintos tonos de blanco, algunos más brillosos, otros un poco opacos, pero seguían teniendo ese brillo especial.

—Addi —Flor, la ama de llaves, abrió la puerta con una alegría inusual.

—Flor, ¿está en casa? —la respuesta era obvia; la luz de su habitación salía por la ventana.

—Claro, está en su habitación. ¿Quieres que lo llame? —no era necesario que contestara; Flor me dejó pasar sin agregar nada más. Conocía a la perfección el camino a su habitación.

—Gracias.

—Un placer, Addison.

La casa, hace algunos años atrás, me parecía acogedora, como si ese fuese mi verdadero hogar: domingos aquí, en familia, con las únicas personas a las que no tenía que ocultar mi vida, la razón de mis desvelos, de mi felicidad, de mi angustia.

Llegué a su habitación y me planté frente a la puerta entreabierta. No pasó mucho desde la última vez que estuve ahí, pero se sentía diferente, extraño. La abrí sin hacer el mínimo gesto de pedir permiso y entré.

Su olor inundó mis fosas nasales; el habitual frío de esas cuatro paredes se hizo presente.

En relación con el tamaño de la casa, esa habitación era pequeña: apenas un espacio para el escritorio, la cama individual —que, para mi punto de vista, era muy pequeña— y un armario pequeño. Aun así, no estaba lleno.

Andrés estaba sentado en la cama, con la espalda recargada en la pared y mirando hacia la ventana. Sostenía una pequeña libreta conocida. Llevaba puesto solo un pantalón de pijama.

Me acerqué a él sin decir una palabra y me senté a su lado; la pluma no se despegó del papel en ningún momento y las palabras seguían dejando su huella en él.

—¿Por qué aceptaste? —mi voz sonó suplicante.

—Las mentiras no nos llevan a nada, ¿o no, Addi? —lo decía en serio, estaba cansado.

—No contestaste mi pregunta. ¿Por qué aceptaste?

—Me cansé de la monotonía.

—Entonces puedes comenzar diciéndoles la verdad —tomé su barbilla, obligándolo a mirarme.

—¿Qué parte? ¿La que te involucra? ¿O la que te deja como la buena? —su mirada se oscureció con un odio creciente.

—Todo —si él hablaba, yo también tenía que hacerlo.

—Addison. No estás lista para el calor del infierno —un calor extraño recorrió mi pecho.

—¿Y tú sí?

—He vivido en él desde que nací.

—Claro, se me olvidaba que creaste una versión de ti que jamás existió. Estás tan hundido en la miseria que no ves más allá. Yo también vivo en el infierno, solo con una diferencia: yo no necesito ocultarme. Pero… mejor dímelo tú, ¿con quién estoy hablando? ¿Andrés o…? —me interrumpió antes de pronunciar el segundo nombre.

—Lo sabes perfectamente —y lo sabía.
Andrés, en ese juego, nunca había existido. Eran dos partes diferentes de él que no saben coexistir juntas, porque cuando de uno se trata, el otro está muerto.

Ese nombre que llevaba años sin pronunciar se había quedado atorado en mi garganta. Fuera de esas cuatro paredes era él, ese que se quedó sin sentimientos, el que escogió convertirse en un monstruo. Pero acorralado por la presión de nuestras respiraciones, podía escoger quién ser: el que a todos temía o al que le temían. Estaba claro a quién escogió.

Podía escoger a la persona que habitaba en su interior, la que parecía tener algo de humanidad, aunque era más divertido enamorarse del monstruo que solo yo conocía de pies a cabeza.

Me enamoré de esa versión de él que vi nacer aquel día en el jardín, cuando sus ojos se oscurecieron y parecieron cubrirse de negro a pesar del color que tenían, cuando vi la sonrisa crecer en sus labios al ver ese cuerpo sin vida, al que pudo ayudar y en cambio decidió matar.




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