Heterocromía: En llamas

Capítulo 5

El cuerpo explotó,

manchándonos por completo.

13 de octubre de 2003

Jean se sentía vacío, era una sensación familiar en él desde hace unos días, ya no lo podía retrasar más. Jean ya no sentía su cuerpo, solo el peso de su alma, buscando ser alguien que no volvería.

5:00 AM, la cama destendida y la ropa tirada por todo el cuarto. En una historia como cualquier otra, el sol lo despertaría, pero ese día el sol no saldría, o era demasiado lo que cargaba en sus hombros que no notó las quemaduras en su piel.

El camino a Roubaix Lake no era demasiado largo, solo era aburrido: una carretera plana, en línea recta, con alguna curva que encendía una pequeña chispa que no lograba mantenerse prendida en Jean.

Un lago repleto de peces… muertos, el bosque incendiándose. No literalmente.

Los árboles gigantes, color verde oscuro, que en la noche absorbían cualquier tipo de secreto. Y solo si te adentrabas lo suficiente podías encontrar una pequeña cabaña.

La cabaña que atormentaba a todos los que conocían su existencia, porque los crímenes ahí cometidos eran tan atroces que nadie tenía la imaginación suficiente para siquiera estar cerca de lo que ahí pasó.

El lago, con los años, decayó hasta que la vida que en su momento lo inundó fue reemplazada por muerte.

Ningún pez podía sobrevivir ahí; los rumores decían que el agua estaba envenenada. Nadie se atrevía a confirmarlo o desmentirlo.

Jean no recordaba la última vez que vio ese lugar con vida, más allá de quienes lo visitaban.

Addison Mist, corrección, Addison Wraepmour, Michael Draymor y Andrés Deathvil.

Jean los observó a los tres, haciendo notas mentales de cada uno.

—Jean, no quiero asustarte, pero me parece que te estaban esperando —la mirada de Jean viajó hasta la de Michael, quien apuntaba hacia su espalda.

Al voltear, Jean vio la cabeza que se hallaba clavada a un árbol con un cuchillo. No reaccionó, solo se quedó ahí, igual de relajado que antes, observando la cabeza que tenía enfrente.

—¿Cómo habrá muerto? —Jean se acercó a la cabeza que tenía una nota escrita con sangre. Esta vez sí reaccionó: su cara se volvió pálida, los ojos se ensancharon, el aire quedó atrapado en sus pulmones.

EL 13 LO GUARDARÉ PARA TI.
—ZEXTHRA—

Que descubras todo sobre él para, al final, cuando estés tan cerca de ser el ganador, matarte.

Jean tenía grabadas las palabras en su cabeza. Jugaría, al menos lo intentaría. Tomó la nota, la sangre aún estaba fresca, regresó a su posición inicial con la nota en la mano.

Miró a Addison, recuperó a su hermano, ¿a qué costo?, ¿cuántos más morirían en sus manos? Los ojos azules de Addison parecían ocultar un sinfín de mentiras bajo el brillo sutil que desprendían.

Se acercó, la tomó de la mano y los dirigió más adentro en el bosque. La cara de Addison reflejaba confusión, pero no opuso resistencia.

—Está vivo —la voz de Jean fue casi un suspiro—. Addison, Zexthra está vivo —Jean casi gritó al decirlo.

Addison

Lo sabía, él nunca murió. ¿Cómo le decía eso a Jean? ¿Cómo le decía que le mentí otra vez, que Zexthra no era mi hermano, que lo conocía a la perfección sin decirle que toda mi vida giraba a su alrededor, que por favor no lo matara?

Jean me tendió la nota que llevaba en la mano, la firma: Zexthra. Gritaría ese nombre que tanto tiempo llevaba atorado en mi garganta. El tener que llamarlo de otra forma; quemaba mis cuerdas vocales.

—Zexthra —grité. No vendrá, lo conocía, no lo perdería todo por mí, aún no.

El ruido de las hojas se intensificó, pisadas apresuradas. ¿Zexthra? ¿Le importaba de verdad? Me tensé de solo pensar lo que haría. Silencio. Ahí estaba…

Andrés y Michael estaban ahí, se notaban agitados, tenían rasguños por las ramas de los árboles. Los ojos de Andrés se encontraron con los míos: culpa, la idea de haber gritado ese nombre.

Se acercó a mí, el miedo recorrió todo mi cuerpo.

Las cosas se dieron demasiado rápido, me repetía, mientras más se acercaba. Tenía que haber pensado más.

—Mi hermano está vivo —dije con desesperación cuando estuvo lo suficientemente cerca para escucharlo. Sus ojos brillaron al oír mi voz.

Las lágrimas que brotaron eran de frustración mezcladas con alivio, un alivio que esperaba desde hace mucho tiempo. Se acercó más a mí, mi cuerpo comenzó a temblar cuando pasó sus brazos alrededor de mi cintura.

—Bien hecho, dulzura —susurró contra mi oído.

Éramos Andrés y yo, envueltos en una red de mentiras que solo uno desenredaría. Dos amigos y amantes, abrazados, comprendiendo el dolor y el miedo del otro.

Jugando a entendernos, a ser una versión de nosotros que no terminábamos de entender, pero nos gustaba, nos encantaba perdernos en la incertidumbre del nuevo día.




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