Hexing

Capítulo 1

Escuché el sonido de las trompetas anunciando el inicio de las contiendas. Cerré los ojos esperanzados, quizás, sí corría con prisas y su capacidad de alcanzarme disminuyera mínimo, podría respirar en paz así como arreglarmelas para llegar a tiempo.

¡Qué tontería tan grande rondó por mi impía cabeza!¿Con quién creía que lidiaba?¿Cómo podía ser tan estúpida para creer que no intentarían detenerme?, me cuestiné enloquecida por las dudas a sabiendas de que había sido engañada. Lamentando mis decisiones y llorando, si, llorando, porque a las lágrimas incontrolables gritaban de rabia. Aquellos que se movían a ritmo de las trompetas y clamaba por una salida que sabía a ciencia cierta aparecería en el minuto en que ella se largará.

Paige al otro lado de la habitación se mantenía firme como una estatua. Su rostro contorcinado por la ira más que el miedo, vagó observando entre las sombras, sí era capaz de encontrarme. ¿Hasta cuando jugaríamos de esta forma tan sádica?, pensé estresada observando con cuidado la forma en la que su cuerpo de inclinaba ligeramente mientras sus ojos entrecerrados forzaban la visión de un panorama a medias.

Bajó la cabeza, apretó los dientes y gritó frustrada. No hubo palabras, sino con una última demostración de furia. Me niego a admitir que estuve a punto de salir de mi escondrijo. La Paige ante mi llevaba años sin asustarme, pero si la presionaba como sabía que podía hacerlo, podía convertir mi vida en absoluto desastre o empeorar el caos que ya me rodeaba. No hice nada, confieso. Me mantuve allí, en el silencio más piadoso rezando que no regresará como acto de sorpresa para terminar nuestro "juego" y decidiera juzgarme o aún peor, detenerme

Salí minutos más tarde. Deslicé la tabla con las puntas de mi dedos y empujé la alfombra puluda de piel de oso negro regalo de Sir Juan de Alameda en la Cacería de Otoño, el pasado año. Aunque la piel aún se conservaba en excelentes condiciones, la Paige usual ya se quejaba a horrores. Qué si el color no combinaba con su aura o si la familia de Sir Juan la presente primavera había caído en desgracia y era un mal augurio. Que sí la vendíamos en el pueblo conseguiríamos suficiente para tres o cuatro vestido extranjeros de los que el pobre Sir debió regalarle en vez de una piel de una animal muerto con poco uso y solo sabía yo cuántas tonterías más. Si las otras nobles damas supieran como de despreciable era realmente Paige, la Corte explotaría en un buen y maravilloso escándalo.

Pero aquello no se volvería mi asunto de todas formas, a menos que lo utilizará como material para soltar el estrés. Solté el aire que se retenía en mi pecho sabiendo que hoy no sería ese día. Mi cabeza de mantenía despierta a duras penas pues mi imaginación llevaba días haciéndome suspirar como una tonta. Me deslicé fuera de la habitación y por los pasillos aludiendo a cuanta sirvienta conocida o no se cruzará por mi camino. Bajé las escaleras sin temor y volví a escuchar las trompetas.

¡Otro duelo había llegado a su fin!¿Quiénes compitieron?¿Quién ganó al final? Quise llorar, me perdía del mejor evento de la temporada por culpa de Paige y prometía de alguna forma vengarme de ella.

Sentí la brisa golpear mi rostro con poca delicadeza. El sudor bajó por mi espalda y algunos cabellos se pegaron a mi cuello y frente. Cortar por la arboleda que ordena el castillo, tal vez, me pareció la mejor idea en su momento. ¡Rayos! Debí pensarlo mejor

— ¡Lucille!¡Qué susto me has dado, niña! — exclamó Lady Mabel cuando me vió salir de la parte trasera de un árbol — ¿Por qué tiene este aspecto tan desastrozo? — preguntó con medio gruñido y sus manos apretando su cintura

Lady Mabel de Corsa era una mujer de entrada edad que servía como una de las damas mayores de la Reina consorte actual. Poseía un cuerpo ancho y grandes pechos bajo vestidos de tonos oscuros que usaba con una frecuencia alarmante. Al punto de que muchos pensaba que lo hacía por luto a pesar de tener un marido vivo en casa. Su cabeza siempre andaba cubierta y muchas mozas murmuraban entre los pasillos que no usaba otra cosa pues debía cubrir la cabeza semicalva que le quedaba, trás perder el cabello como consecuencia a las muchas aventuras que vivió dicho marido suyo. Y aunque Lady Mabel no era mala, no se comportaba precisamente con la misma amabilidad ficticia que usaba con Paige. Dirigiéndose a mí con un sutil matiz de molestia.

— Voy de recado urgente — mentí

—¿Qué recado podrías heber tomado a esta hora?¿Haz preparado a la princesa con correspondencia?— preguntó con un tono altivo

— La princesa no asistirá a las justas. Lo sabe usted bien — le dije sin pisca de miedo.

— No deberías estar aquí de ser así. Regresa con tu señora, niña. Si ella no ha de salir, tu tampoco — frunció el ceño. ¿Quién se creía aquella mujer para ordenarme que hacer? Estaba cansada y molesta. Unas horas bajo un agujero en el suelo conteniendo hasta el alma para lograr ejercer mi voluntad y venía una mujer extraña a ordenarme nada.

— Pero si es justo de mi señora el recado — volví mentir — ¿Quiere que regrese y le diga, me ha impedido trasmitir sus deseos?¿Desea usted hacerla sentir miserable?¿O que sus deseos no tienen valor alguno? Si esto llega a oídos del Rey... — le advertí. La mujer palideció pero no retrocedió

— Me tomas por tanta, niña. ¿Por qué el rey ha de saberlo? Ve, ve a hacer tu recado y espero, tus palabras no son mentira.

— Yo no miento. Vaya, la invito, pregúntele a mi señora — Lady Mabel tronó las castañas que contenía en una mano e imaginé, a eso se dedicaba cuando la sorprendí, engatusarse con las castañas blancas que la Reina olvidaba comer.

No le dio más vueltas al asunto y regresé a lo mío. A correr como si mi vida dependiera de ello o la Paige problemática me utilizará como conejillo de indias para uno de sus experimentos.

Escuché las trompetas una tercera vez. Más altas en esa ocasión y no llegaron solas, no. Unos nombres largos el imponentes acompañaron su clamor.



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En el texto hay: romance oscuro, fantasía osura

Editado: 30.10.2026

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