AGUSTINA
La nieve cubría el paisaje con una sábana blanca. Una ciudad hermosa como San Petersburgo siempre parece sacada de un cuento invernal. Está muy cerca del pueblo de Priyutino, del cual proviene mi familia materna. El frío me quema las mejillas, pero no me importa. Con mi cámara, capto algunas fotos del paisaje que usaré para mi arte en cuanto regresemos a Estados Unidos. Después de dos semanas bajo el sol de Santorini, cambiar las playas griegas por la nieve rusa parecía una locura. Pero para mí tenía todo el sentido del mundo. Quería visitar la tumba de mi babushka. Quiero enseñarle mejor el país a Alan; la última vez que estuvimos juntos aquí fue para un funeral, y no salimos mucho de la casa de mis tías.
—¿Te gusta la vista de la Catedral de San Isaac? —le pregunto a mi esposo, guardando la cámara en su funda. Tomo su mano enguantada y comenzamos nuestro paseo por el Puente del Banco.
A pesar del frío, salimos a caminar por la ciudad; deseo que conozca mis lugares favoritos, esos que aún conservo llenos de recuerdos entrañables de las veces que visité el país de mi madre. Es difícil creer que mis mejores recuerdos no la incluyan a ella, sino a mi papá y mis tías. A mi madre no le gusta mucho venir a Rusia; creo que este lugar le recuerda que alguna vez no tuvo todo.
—Es un sitio increíble, ahora entiendo por qué es tu paseo favorito —responde Alan, interrumpiendo mis pensamientos sobre mi progenitora. Hace años que no hablo con ella, y desde que nos comprometimos, decidí dejar mi pasado atrás. Ya nada nos ata más que una genética compartida y una herencia cultural de la cual ella no me enseñó mucho.
Alan me acerca a su costado, soltando mi mano para pasar su brazo por encima de mis hombros; él realmente me conoce lo suficiente como para adivinar en qué estoy pensando. Me acerca a su cuerpo y besa mi frente con ternura; a pesar del frío, siento la calidez de sus labios.
—Cuéntame sobre este puente; la última vez que paseamos por aquí me dijiste que teníamos que volver si un día nos casábamos. Y aquí estamos, de regreso y ya casados —dice él, con una chispa en sus ojos.
Inevitablemente, el recuerdo de la última vez que caminamos por este puente me asalta. Habíamos acabado de enterrar a mi babushka; mis tías miraban con reproche a mi madre por haberme quitado los últimos meses con mi abuela, y mi papá, que había ido solo para acompañarme, estaba siendo acosado por mis primas pequeñas con preguntas sobre Estados Unidos. Salir a caminar fue la excusa perfecta para alejarme de tanta gente y de sus miradas tristes. La caminata terminó con un viaje en taxi hasta la catedral y, aunque nunca fui una creyente, ese día encendí una vela por mi abuela. Ella era lo suficientemente creyente por todos en la familia y esperaba que, donde quiera que estuviera, estuviese bien.
Al pasar por el puente, vi a una pareja besándose con tanta pasión que recordé la leyenda que mi babushka me contó de niña. Este puente es especial para los recién casados y se dice que es tradición pasar por aquí a besarse. Así que, cuando crucé con Alan, lo hice con mucha nostalgia y emoción. Quería besarlo y que nuestro beso perdurase, mucho, mucho tiempo.
Ahora me alejo un poco de su lado para mirarlo a los ojos, esos mismos que, desde la universidad, me han cautivado y mantenido enamorada desde, creo, el primer día. Qué ingenua era en el amor.
Le tomo las mejillas con los guantes y lo acerco a mi altura para comenzar a besarlo. Un beso que comienza lento, pero que, a medida que pasan los minutos, se torna mucho más apasionado. Sus manos rodean mi cintura, atrayéndome aún más a su cuerpo; el beso se profundiza hasta que ya no podemos más y debemos separarnos para recuperar el aliento.
El frío desaparece por completo.
—Este puente es especial entre las parejas —digo, jadeante por el momento compartido—. Existe una historia que dice que cuando una pareja se besa por un largo rato en el puente de Bridge, permanecerán juntas por muchos años. Muchas parejas rusas se casan en la catedral y vienen a besarse al puente para que su matrimonio dure toda la vida. Cuando mi babushka me contó esta historia de niña, siempre quise venir aquí con mi futuro marido. Por eso quería pasar por Rusia, osito, teníamos que besarnos en este puente —confieso, acercando mi frente a la suya. Este lugar y Alan transforman el beso en algo mucho más íntimo e importante.
—Eso suena muy bonito, pero repitamos el beso; creo que no duró lo suficiente. Necesito muchos años más a tu lado, honey —dice contra mis labios, abrazándome por la cintura y girándome, quedando de costado. Inclinada, mientras él me sostiene como si fuéramos una bella postal romántica. Nos besamos una vez más, y ese beso me eleva el calor por completo; me siento aún más enamorada, si eso es posible, de este hombre.
El beso podría haber sido de postal si no fuera por el hielo, que nos hizo resbalar y caer en medio del beso. Soltando una carcajada, nos separamos, mirando el cielo gris sobre nosotros. Con los copos de nieve cayendo a nuestro alrededor, una escena que acababa de arruinarse por el clima.
—Es una muy buena anécdota que contarles a nuestros futuros hijos —dice él entre risas. Giramos la cabeza para vernos, sonriendo ampliamente, una de esas sonrisas que se quedan grabadas en el corazón y la memoria. —Te amo, rubia —me dice con una naturalidad que me llena el corazón. Me da la misma alegría que cuando nos conocimos en la universidad y mis piernas temblaban al besarlo. Cómo me derretía cuando me dedicaba un touchdown delante de toda la universidad. Y cómo, a pesar de mi miedo, se quedó a mi lado en todo momento, sosteniéndome la mano aunque yo miraba a la persona equivocada. Alan es mi mejor amigo y, aunque ahora seamos marido y mujer, él sigue siendo mi mejor amigo. Mi persona.
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Editado: 21.07.2026