Zhào Xiaohuan respiró hondo con sus amigos y pretendientes frente a él, cerrando los ojos. Cuando exhaló el aire, separó sus parpados y comenzó a contar su historia, lo que se volvió imágenes en la mente de los escuchas.
…
Todo comenzó cuando era un niño de apenas cinco años de edad. Me encontraba en mi país de origen, en 蜚洲(Fēizhōu), donde la comida era escasa, el agua contaminada y la educación un privilegio para personas de la alta sociedad.
Los primeros años de mi vida los viví en un pueblo abandonado en medio de la nada, junto a una familia numerosa que muy apenas podían prestarme algo de atención. Recuerdo todos los días tener hambre y estar en cuchillas viendo el suelo, bajo el intenso sol y el viento seco que veía de la sabana cercana.
Era una situación muy precaria, y para ser honesto, no sabía absolutamente nada de nada. Cada día sentía cómo el sol quemaba mi piel azabache, secaba mis labios y lastimaba mis ojos. Todo el tiempo mi mente estaba vacía, como si no pudiera siquiera pensar un poco. Es algo raro, pero creo que es normal cuando se es tan ignorante y pobre como lo era yo y toda mi familia. No era nuestra culpa, si quiera sé si puedo culpar a alguien de vivir en una situación así, no obstante, siempre quise culpar a alguien. Tal vez a los dioses o a los hombres que vivían en castillos, aunque en ese momento ni siquiera sabía que existían. Gracias a esto, los días de alguna manera pasaban sin que me diera cuenta, a veces ni me movía de donde siempre, como si ya estuviera sin vida.
Recuerdo que enfermé. No había probado alimento en al menos dos días porque mis padres priorizaban darle alimento a los más fuertes de mis hermanos. Yo no era uno de ellos ni por asomo. Gracias a esto, me hallaba en el suelo, con el sol dándome directo, apenas y había viento, además que notaba a varios buitres observarme de lejos. Mi madre y hermanos estaban cerca, pero parecía no importarles. Una parte de mí sabía que la muerte vendría por mí tarde o temprano. La sentía acariciándome la cabeza.
Empecé a cerrar los ojos, a rendirme, hasta que, desde la lejanía, una sombra me cubrió. Me di cuenta que, en poco para el atardecer, una persona estaba acercándose a mí a pasos lentos, pero seguros. Yo solo pude ver su silueta delgada y ondeante que venía en mi dirección, pues sus ropas holgadas empezaron a ser mecidas por un fuerte viento que se hizo presente en la zona.
Tenía tanta hambre y sed que no pude siquiera reaccionar, y al tenerlo enfrente, cuando pude verlo bien, me di cuenta que era un sujeto por completo diferente a nosotros, cuyas características parecían las de un demonio.
—¡Ah! ¡Mnyama mweupe! ¡Mnyama mweupe! —gritó mi madre al verlo, mientras que yo apenas pude levantar la mirada y verlo, con terror.
—¿Kifo? —pregunté al creer que era el espíritu que se llevaría mi alma, pero al ver su sonrisa, entonces reaccioné y me levanté como pude para alejarme de forma lenta y torpe, asustado. —Mnyama mweupe… —mencioné al ver su piel pálida, sus ojos rasgados y su cabello blanco y dorado.
—¡Ey! Eso fue muy grosero de tu parte. Mira que no he hecho nada malo para que me llames así —habló el hombre con un acento extraño, mientras trataba de huir, apenas arrastrándome—. Vamos, no tengas miedo. No pienso comerte ni nada por el estilo, sólo he venido a hablar —mencionó el sujeto al ponerse en cuclillas y verme más de cerca tras la máscara que llevaba puesta sobre el rostro, misma que solo dejaba visible sus pequeños ojos y su siniestra sonrisa que no desaparecía en ningún momento.
Yo no sabía qué decir, pues estaba muy asustado y jamás había visto a alguien como él ni que se le parezca, por eso estaba seguro que se trataba de algún tipo de espíritu maligno o algo similar relacionado con la muerte.
—No debes preocuparte por nada. Incluso tu familia parece ya haberte dejado en mis manos en todo caso. —El sujeto volteó hacia mi hogar y vio a mi madre metiendo a mis demás hermanos a la casa mientras le gritaba que se fuera y no tocara a ninguno de sus demás hijos. —Ya te dieron por muerto —explicó el hombre, para luego regresar sus pequeños ojos a mí—. Voy a ser claro. Estoy buscando a un prodigio, y mi artefacto me dice que tú eres uno excepcional. He estado viajando por tres largos días en este continente para ver si te encontraba, y ahora que estamos frente a frente, quiero comprobar que es cierto, ¿entiendes? —Lo dicho era confuso, y más en ese acento tan raro que tenía, pero luego sacó de entre sus ropajes una bola de arroz rellena y me la regaló.
Primero vi el regalo con algo de extrañeza. Apenas y entendí que era comida. Luego el tipo le dio una pequeña mordida, lo masticó y tragó, para luego ofrecérmela de vuelta. Estaba muy hambriento, así que no lo pensé dos veces y devoré la comida al arrebatarla de su mano, al igual que el agua que trajo en un recipiente hecho de bambú. Estaba muy complacido de tener algo en el estómago que pedí más sin ya miedo al hombre, y éste me dio más comida hasta que quedé satisfecho.
—Bien, no se puede pensar con el estómago vacío. Vamos a comprobarlo, entonces —el hombre sacó 10 canicas y una hoja que tenía escrita los números del 1 al 10 en arábigo—. Te voy a explicar algo sencillo y quiero que me respondas con «sí o no» si entiendes. ¿Comprendes? —Respondí diciendo «sí», cosa que le dio pie a iniciar—. Estos son los números arábigos. Son los más sencillos de recordar. Éste es el cero, que significa que no hay nada. El uno representa esto, una sola unidad, una canica. Dos representa esto, la anterior más una más. Tres representa esto, la anterior más una más y así sucesivamente hasta el diez. De aquí en adelante, los números se repiten. Sí tengo 11 pones diez y uno. Haces una suma. La suma es una forma de juntar cantidades. Si sumo uno y dos me da tres, porque ahora se convierten estas unidades en esa misma. Así como sumo dos y cinco, se vuelve siete. Si sumo ocho y cuatro se vuelve «diez dos», ¿entiendes? —asentí con la cabeza, cosa que hizo sonreír al sujeto—. Cuando superamos el diez nueve, ahora se vuelve dos diez, porque son dos veces el diez, y así con los demás, como con los primeros. ¿Entiendes? —respondí que sí, seguro y poniendo mucha atención, interesado—. El hacer sumas de mismas cantidades se llama multiplicación, así se hace para la representación de los múltiplos de diez en la escritura. Así que de eso se trata. Si multiplico tres veces el cuatro, entonces estoy volviendo un cuatro en tres cuatros, y esa cantidad sería…
Editado: 10.08.2026