Hidden World: Secretos entre las sombras.

Capítulo 1: Hoy será un gran día.

Nada había sucedido como esperaba. Christian se había levantado con cierta felicidad, pensando en que ese día sería uno lleno de buenas noticias, lo presentía, pero no, cuando se había ido a bañar, el agua caliente no salió, el desayuno se le había quemado, al salir de su apartamento chocó con el joven que repartía los periódicos, provocando que su café se regara. Al llegar a la cafetería más cercana, la fila llegaba hasta la esquina de la cuadra, prefirió seguir su camino y al cruzar, un auto rojo casi lo atropella y justo cuando había llegado a su trabajo, que por cierto iba tarde, un hombre tropezó con él y regó su café en el uniforme de Christian.

Vaya forma de empezar el día, pensó.

La forma en la que había empezado la mañana era una prueba gratis de lo que iba a ser el transcurso del resto de ese día, a Christian le había pasado de todo en el restaurante donde trabajaba, había roto dos platos, había confundido los pedidos de varias mesas y le había regado el vino en la blusa blanca a una comensal. Y por eso, ahora estaba lavando todos los platos.

—Señor Summers— era su jefe—. Podría venir aquí en este instante.

—Sí, señor. — respondió.

Había sonado como una pregunta, pero no lo era. El moreno lo miraba con una expresión de desagrado, con sus brazos cruzados y mirada fija. Christian trataba de pensar en que no era algo malo, pero lo miraba con una ceja alzada mientras sus ojos le recorrían de pies a cabeza, como esperando que confesara algo.

—Le he perdonado muchas, pero esta no la dejare pasar— dijo sin separar mucho los labios al hablar—. Está despedido.

—Yo...— comenzó, no sabía qué decir y menos cuál era la razón por la que le despedía—. No entiendo, señor, yo no...

—No quiero excusas, Christian— alzó su mano para que se callara—. He tolerado que llegues tarde y te retires temprano, tus cambios de humor, pero no tolerare que estés borracho en el horario de trabajo.

— ¿Borracho?

Susurro la pregunta para sí mismo, pero al parecer su jefe lo escuchó, porque cuando lo miro a la cara, comenzaba ponerse rojo, eso solo le pasaba cuando comenzaba a enojarse.

— ¡Si, borracho! — dijo fuertemente golpeando la mesa con su puño—. ¿Creías que no me daría cuenta? ¡Hueles a alcohol y has estado cometiendo muchos errores en el transcurso del día!

—Pero, señor, yo no...

—No quiero excusas— dijo con firmeza—. Ya he tomado una decisión.

Christian trató de explicarle, pero no le escuchaba. Él podía llegar tarde e irse temprano, equivocarse una que otra vez en los pedidos, pero nunca llegaba borracho a su lugar de trabajo. Christian no tomaba porque era intolerante al alcohol, con un solo trago, ya empezaba a marearse y con dos, perdía el conocimiento. Sin contar que estaba de muy mal humor.

—Señor— dijo entre dientes—. Si desea despedirme, que sea con una razón justa y verdadera. En ningún momento he llegado borracho o he tomado alcohol en mi horario...

— ¿A no? — dijo y metió una de sus manos en el bolsillo del delantal, Christian se sorprendió al ver aquello plateado, era una licorera que movió a los lados y luego se la lanzó al pecho—. ¿Me va negar que esto le pertenece?

Christian apretó sus manos a los lados, sentía esas ganas de levantar la licorera, repetir su acción y gritarle que no era de él.

— ¡Ya le dije que...! — empezó, pero fue interrumpido.

—Señor, disculpe que me meta, pero, lo están necesitando. — dijo Amelia entrando a la oficina.

Amelia miró a Christian, bajó la mirada y se acercó al jefe.

—Ahora no es el momento, señorita— el jefe miró a Christian—. ¡No tiene presentación que lo esté negando cuando las evidencias están!

—Perdón que me meta— intervino Amelia—. Christian, no bebe y esa licorera no es de él. Creo que podría reconsiderar la idea de despedirlo, él necesita de este empleo.

Amelia se interpuso entre el jefe y él, su tono de voz era calmado, bajo, tratando de calmarlos a ambos. Y con Christian le estaba funcionando.

—No, Amelia, es una decisión tomada— tenía su mentón tenso—. Si usted desea acompañarlo es libre de irse, señorita.

La rabia en Christian iba en ascenso después de lo que había dicho su jefe, al punto que sus venas se marcaban en la frente, en los brazos a causa de que apretara con fuerza sus manos. Era injusto, él no tomaba, era intolerante.

—Me voy de aquí.

Dijo Christian antes de que su rabia llegara al punto en que él perdía el conocimiento y hacía lo que en sus cinco sentidos no haría, golpear a alguien. Salió lo más rápido que pudo, no sin antes tomar su bolso, caminaba lo más rápido posible, sin importarle que chocara con personas que apenas y salían de su trabajo.

Escuchaba su nombre, pero no hacía caso a los llamados de Amelia, necesitaba respirar, calmarse, pero la noche se sentía fría, el aire espeso y se detuvo cuando sintió que le tocaban el pecho. Agacho su mirada y ahí estaba la pequeña y delicada mano de Amelia, quien lo miraba con el ceño fruncido y sus ojos estaban cristalizados.

—Por favor, Chris, detente.

Christian lo hizo y ella lo abrazo y en un susurro audible solo para él, le dijo:




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