Hidden World: Secretos entre las sombras.

Capítulo 6: ¡Mierda, esto no puede estar pasando ahora!

—Sáquenlo de aquí. — ordenó el policía.

Hombres lo dirigieron a la salida mientras Christian seguía gritando que lo soltaran.

Una vez en la calle, lo tiraron y casi cae al suelo. Lleno de rabia, pateó un bote de basura que cruzó y se detuvo en la mitad de la calle, dejando toda la basura esparcida. Caminó entre maldiciones, pateando casi cualquier cosa que encontraba hasta llegar al apartamento.

Cuando llegó, la rabia había disminuido y había sido reemplazada por el desespero al no encontrar ayuda. Miró su edificio de piedra roja, Christian abrió la puerta de entrada y subió las escaleras, al pasar por la primera puerta pudo escuchar como la vecina estaba en un momento placentero, trato de no escuchar y seguir subiendo hasta su piso.

Estando allí, él recostó su frente sobre la puerta, no tenía las llaves, no sabía si sus cosas habían quedado en eso llamado cueva. Corrió la maceta que Amelia había puesto y levantó el pequeño trozo de madera para sacar la llave de respaldo.

Metió la llave en el cerrojo, alzó un poco la perilla y empujó con su hombro, por lo general esa puerta siempre se trababa. Lo primero que percibió, fue el aroma de la loción que usaba Amelia, se le hizo un nudo en la garganta y encendió la luz, todo estaba en completo orden, tal como a Amelia le gustaba tener todo.

Se tiró en el sofá de la sala y colocó su brazo sobre sus ojos, estaba llorando, no lo pudo aguantar. Este lugar estaba lleno de recuerdos junto a Amelia, la amaba y ahora no estaba a su lado, la única persona capaz de soportar tanto, la única que sabía que decirle y a la cual nunca le podía negar nada.

—Y ahora estás llorando.

Christian se sentó rápidamente y vio una silueta femenina entre la sombra que daba a la cocina.

— ¿Qué haces aquí? — preguntó viendo como caminaba hacia su dirección mientras comía un paquete de galletas.

—Te seguí— se encogió de hombros y se sentó en una silla mirando el lugar—. El apartamento no está mal.

— ¿Te puedes ir? — dijo Christian—. Quiero estar solo.

—Oh, no lo creo— dijo moviendo su dedo índice antes de darle un mordisco a la galleta—. Vi la escenita que hiciste en la estación de policías y no puedo dejarte solo.

—Yo no voy a ningún lado contigo.

Lo había dicho con firmeza y era cierto, no quería ir a un lugar que era extraño para él, a un lugar por el cual seguramente pensaron que estaba loco al tratar de decir lo que había allí.

Ella dejó las galletas a un lado y se humedeció los labios antes de suspirar. Estaba vestida igual como la había visto en la cueva, sucia pero no estaba despeinada, y Christian se dio cuenta que lo había estado siguiendo desde que él estaba escapando.

—No te estoy pidiendo permiso— dijo ella—. Debes acompañarme, comienzas a sentir los síntomas, ataques de rabia, fuerza incontrolable... Dentro de dos semanas habrá luna llena.

— ¿Sigues con eso de los licántropos? — dijo él—. ¡Eso no existe!

Dijo al mismo tiempo que lanzaba una almohada que había en el sillón y que había caído hacia la entrada de la cocina. Ella no se movió del lugar y aún menos reflejo preocupación alguna de que le fuera a dar a ella.

—Tenemos que irnos. — dijo con firmeza al tiempo que se levantaba de la silla.

Pero ella cayó lejos, al otro extremo de la sala, al igual que Christian. Un sonido chirriante se reprodujo en sus oídos y los cubrió porque le provocaba dolor.

Christian vio como ella se levantaba y le tomaba por un brazo.

— ¿Qué fue eso? — preguntó preocupado.

—Lo que me temía— respondió ella—. Los licántropos vienen por ti.

Esta vez no pudo decir algo porque vio como una piedra golpeaba la ventana y se rompía, dejando entrar a dos hombres vestidos de negro.

—¡Mierda, esto no puede estar pasando ahora! — gritó ella.

Uno de los hombres lanzó una pequeña caja que emitía un leve pitido y una luz roja. Ella miró a Christian, lo tomó por el brazo y lo arrastró detrás del sillón que se había movido del lugar donde había estado antes.

Lo que hubiera sido esa pequeña caja, provocó que Christian se mareara, su vista se nublo y no podía moverse, solo podía escuchar a lo lejos las palabras de ella, su tono de voz no cambió, seguía siendo demandante.

­—Quédate abajo, no salgas, yo me encargo.

Después de esa orden, ella lo ayudó a asentarse, haciendo que su espalda quedara en el respaldo del sillón y solo pudo ver cómo su silueta se alejaba, era una sombra bajo sus ojos.

Su vista se fue aclarando solo un poco, lo suficiente como para inclinarse un poco hacia un lado para verla a ella pelear con un hombre, de gran altura y cuerpo, era moreno. Ella era igual de alta que Christian, pero ese hombre era una cabeza y media más alto que ella, incluso que del tal Luca.

Ella le propinó un golpe en la cara, después de detener su fuerte brazo que iba dirigido al rostro de ella en un gran puño. Estaban peleando duramente y vio como él mandaba cada golpe como si fuera ella fuera un hombre igual a él y ella esquivaba algunos, pero, aunque fuera una chica, el dolor que le causaba al hombre era evidente en cada golpe.




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