Dio dos toques a la puerta con sus nudillos y uno con su palma, eso le habían dicho que hiciera.
La puerta era roñosa y roja, estaba en buen estado, pero el ambiente era deplorable. El olor a basura llegando a su nariz, el murmullo de todas las personas de calle quejándose por el frío, quería salir de inmediato de este lugar, pero le dijeron que aquí encontraría lo que buscaba.
La puerta se abrió, un aire cálido saliendo de allí. Pudo ver a un hombre, más alto que ella, de cabello rubio y largo, sus ojos eran azules y fríos, era acuerpado, expresaba seriedad y desagrado, sus facciones eran fuertes, como si fuera ruso o alemán.
La miró con esos ojos azules de pies a cabeza, con una expresión de desagrado en su rostro. Bufó y trató de cerrar la puerta, pero lo detuvo con su mano.
—Necesito un trabajo.
—No. — su voz era ronca y fría.
Trató de cerrar nuevamente la puerta, pero lo impidió, esta vez colocando su pie.
—Debe ayudarme— dijo con la misma frialdad—. Como Destripadora, le ordenó ayudarme.
El brujo abrió sus ojos levemente en sorpresa, provocando que sus rubias y gruesas cejas se alzaran. La voz de la pelirroja había sonado más fría de lo que generalmente era.
—¿Es usted una Destripadora? — sus labios se despegaron levemente en un gesto de sorpresa, ella asintió—. Perdóneme— se inclinó levemente en forma de disculpa, ella retiró su pie y mano de la puerta, lista para que le dejara entrar—. Pero eso a mí no me interesa— dijo adoptando nuevamente esa frialdad—. No me meto en asuntos de cazadores.
Y sin más, cerró la puerta en su cara.
¿Cómo se atrevía?
Él no debió hacer eso, él tiene el deber de ayudar a cualquier cazador que le pida ayuda, era así.
Por más que un brujo estuviera por encima de los cazadores, el tratado había sido claro. Ellos solo controlan a los vampiros y licántropos, protegiendo a los humanos, los brujos estarían a raya a de todo pero que ayudarían mientras pudieran.
Ohm, esto no se quedará así, brujo. Nadie me cierra la puerta en la cara. Esto te costará, me encargaré de eso después de que encuentre a Christian.
Cargada de frustración, pateó una piedra que encontró. Escuchó pasos y empuñó la daga que tenía en su cinturón.
—Yo puedo ayudarla.
Una suave y dulce voz hizo que se girara para ver quien le hablaba. Era una adolescente, no podía tener más de dieciséis años.
Le brillaban los ojos, se veía tan delicada, tan pura... muy pocos humanos lo eran, siempre están rodeados de esa aura egocéntrica, siempre hablando mal entre ellos, porque la lealtad era algo que no conocían a profundidad.
Danna no era muy diferente a ellos, solo que el ego iba más allá de ella, era algo que estaba en su naturaleza como cazadora, era uno que le conducía a poner su vida por encima de cualquier otra, fuera vampiro, brujo o humano, incluso licántropos, por más que los odiara.
Esperaba que aquella adolescente no cambiara, pero la vida es un ciclo, eres puro hasta que alguien te corrompe, o simplemente, cuando la situación lo amerita.
—Sígueme— dijo con una sonrisa—. Todo aquel que ha sido rechazado por el buen brujo es bienvenido con Jowell.
Frunció el ceño, pero se dejó guiar por ella. Le sorprendió que no se asustara con su cicatriz, generalmente los jóvenes salían corriendo.
Nunca había escuchado ese nombre en el mundo sobrenatural, y ha oído muchos por Hank.
Caminaron varias calles hasta salir del suburbio, el lugar era diferente, clase media, limpio y hogareño. El pasto verde y con las pequeñas gotas del rocío de la madrugada, un ambiente muy tranquilo para los humanos.
La chica le sonrió cuando se detuvieron en una casa marrón, era la única que no tenía luz encendida en la entrada, su pasto era verde pero no estaba tan cuidado como el de las demás casas del vecindario.
Danna observó el pasto conforme pasaba, había Campanula Patula y Prímula sembrados. Cuando llegaron a la puerta, la chica dio cuatro golpes con sus nudillos. Notó que había dos macetas a cada lado de la puerta con las mismas flores.
Le pareció raro que ningún brujo que había tenido el privilegio de visitar tenía tantas Debolis y Rosvide en su casa. Siempre tenían una pequeña maceta con una moderada cantidad.
Un hombre de ojos azules abrió la puerta, tenía una camisilla blanca y una pantaloneta gris, su cabello castaño estaba largo y tenía cierto tinte gris en él, incluso en su barba de varios días, ambos le daban un aspecto sexy, maduro y experimentado...
Miro a la chica con una sonrisa y luego a Danna, cuando lo hizo, inclinó su cabeza a un lado, confundido.
—Pero qué ven mis ojos— dijo de forma amable—. Gracias, Mila, te debo una— la chica sonrió y se alejó corriendo—. Pasa, tienes un favor que pedir.
Arrugó su ceño, se veía tan amable y a la vez enigmático. Ella no era de confiar en las personas, pero sentía que estaba bien bajo el techo de esta casa.
Pasaron por la sala y se dirigieron a una pequeña mesa.
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Editado: 12.04.2026