Hielo en Llamas

1 . La chica que no debía estar aquí

El frío no es lo peor del hielo, sino el silencio; ese silencio pesado y sepulcral que cae de golpe en cuanto pongo un pie en el vestidor, haciendo que todas las conversaciones mueran al mismo tiempo. Es como si alguien hubiera apagado el sonido del mundo o como si mi sola presencia fuera una anomalía suficiente para incomodar a todo un ejército de hombres.

Aprieto la mandíbula, obligándome a sostener una máscara de absoluta indiferencia porque no vine aquí a caerle bien a nadie; vine porque este es el único lugar sobre la Tierra donde todavía puedo respirar sin sentir que me ahogo en mi propio pasado. El olor a sudor, a goma quemada y a hielo derretido me golpea de lleno, trayéndome una mezcla extraña pero jodidamente familiar que para mí significa hogar, aunque ellos se nieguen a verlo así.

—¿Te equivocaste de puerta? —la voz llega desde el fondo, cargada de una ironía bastante predecible.

No levanto la mirada de inmediato, sino que termino de ajustar las cintas de mis patines con una lentitud deliberada para asegurarme de que queden perfectas. No puedo darme el lujo de fallar aquí ni ahora, menos cuando tengo los ojos del lobo en la nuca.

—El equipo femenino entrena en otro horario—añade otro de los chicos, soltando una risa baja que no hace el menor esfuerzo por ocultar su desprecio.

Ahora sí levanto la vista y los miro a todos uno por uno, sosteniéndoles el pulso sin ninguna prisa y sin bajar la cabeza ni un solo milímetro. He visto miradas peores en mi vida, monstruos de verdad que son mucho más aterridores que un puñado de jugadores de hockey intimidados por una chica.

—Entonces llegaron temprano para verme—respondo con una calma tan gélida que ni yo misma sé de dónde la saco.

Algunos se tensan, descolocados por mi respuesta, mientras que otros sonríen de lado como si esto fuera un maldito chiste; para ellos es solo una distracción en su rutina, pero para mí representa la vida o la muerte.

Me pongo de pie sintiendo el stick en mi mano como una extensión natural de mi propio cuerpo, ya que siempre ha sido mi mejor arma desde que todo mi mundo se vino abajo y el hockey dejó de ser un juego para convertirse en mi único refugio. Camino hacia la salida del vestidor sin pedir permiso, abriéndome paso como si fuera la dueña del lugar; no miro atrás, pero puedo sentir sus ojos clavados en mi espalda, esperando y midiendo el momento exacto en el que me rompa.

Pero no les voy a dar el gusto.

El hielo me recibe con un brillo casi cegador bajo las potentes luces del estadio, así que respiro profundo para dejar que el aire frío me llene los pulmones y me recuerde que estoy viva. Mis cuchillas rozan la superficie y ese bendito crujido lo cambia todo, convenciéndome de que aquí es donde pertenezco y donde nadie tiene el poder de quitarme nada.

—Llegas tarde.

Me detengo en seco al escuchar esa voz baja, firme y peligrosa como una grieta en el hielo fino. Cierro los ojos un breve segundo antes de girarme, no por miedo, sino por puro control para domar la adrenalina. Cuando me doy la vuelta, ahí está él.

Adrián Volkov.

El capitán, el maldito problema andante y el tipo que claramente ya decidió que soy una intrusa que debe ser eliminada. Es más alto de lo que recordaba y sus hombros se ven más duros, como si el tiempo lo hubiera esculpido en una roca imposible de quebrar. Sus ojos no tienen ni una pizca de calidez; son fríos y calculadores, como dos cuchillas oscuras que analizan cada uno de mis movimientos esperando registrar el menor titubeo.

—No sabía que también eras el encargado del reloj —le respondo, sosteniendole la mirada.

Un silencio denso y cargado de estática cae entre los dos, y veo cómo la línea de su mandíbula se tensa apenas un milímetro, lo cual es suficiente para saber que toqué una fibra. Adrián se acerca a mí con pasos lentos y perfectamente medidos, mostrando la arrogancia de quien no tiene prisa porque sabe que el control siempre le pertenece.

—Soy el encargado de este equipo —dice, deteniéndose a tan solo unos centímetros de mí, lo suficiente para que su sombra me cubra—, Y eso incluye decidir quién se queda y quién se larga.

Ahí está la amenaza directa, sin adornos ni sutilezas. Mi corazón da un vuelco salvaje contra mis costillas, pero no es por miedo, sino por la pura rabia de recordar todo lo que tuve que arrancar de mi vida para estar de pie en esta pista; perdí demasiado en el camino como para permitir que un chico con complejo de rey me quite esto también.

—Entonces tendrás que aprender a vivir conmigo, Volkov —digo, acortando la distancia para obligarlo a mirar la furia en mis ojos—. Porque no me voy a ninguna maldita parte.

El silencio de la pista se rompe con un par de respiraciones contenidas a nuestro alrededor, avisándome que todos los chicos del vestidor ya están en el banquillo observando el espectáculo. Esto ya no es una simple discusión de bienvenida, sino una declaración de guerra donde ninguno de los dos piensa dar un paso atrás. Por un microsegundo, algo cambia en la profundidad de sus ojos oscuros; no es respeto, sino algo más indomable, una chispa de curiosidad peligrosa.

—Eso lo veremos —responde él, con una sonrisa que promete un infierno helado.

Y en ese instante lo entiendo a la perfección: esto no es solo un equipo de hockey, esto es territorio, poder y orgullo masculino herido, y yo acabo de entrar por la puerta principal sin pedirle permiso a su rey.

Esbozo una sonrisa casi imperceptible, porque si Adrián Volkov cree que voy a retroceder y suplicar clemencia, es que todavía no tiene la menor idea de quién soy.




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