El aire del pasillo está cargado, como si algo estuviera a punto de romperse. Zoé apenas ha terminado de salir del vestidor cuando la ve. Valentina está apoyada contra la pared, impecable, como si no perteneciera al caos del rink. Sus ojos se clavan en ella con una calma que no es tranquilidad, sino control.
—Así que tú eres Zoé —dice, con una suavidad que corta más que cualquier grito.
Zoé no se detiene. Ladea apenas la cabeza, evaluándola.
—Y tú eres la que no sabe cuándo soltar.
La sonrisa de Valentina no desaparece, pero algo en su mirada se endurece. Se separa de la pared y se acerca un paso, luego otro, midiendo cada movimiento.
—Pensé que Adrián había aprendido —murmura—, pero supongo que algunas cosas se repiten.
El pecho de Zoé se tensa. No quiere mostrarlo.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí. Siempre empieza igual: se acerca, te mira como si fueras importante… y luego te rompe.
El silencio se vuelve denso entre ellas. Zoé sostiene su mirada sin retroceder.
—No soy tan fácil de romper.
Valentina inclina la cabeza, casi divertida.
—Ella tampoco lo era.
El golpe es directo. Zoé no necesita preguntar a quién se refiere. Aun así, lo hace.
—No te metas en lo que no entiendes.
—Yo lo entiendo mejor que tú —responde Valentina, y por primera vez hay algo real en su voz—. Porque yo estuve ahí después de que pasó.
Zoé da un paso hacia ella.
—¿Después de qué?
Valentina sonríe, pero no hay calidez en ello.
—Pregúntale a él.
Y se aleja sin mirar atrás, dejando una inquietud que se instala en el pecho de Zoé como una espina imposible de ignorar.
No tarda en encontrarlo. Adrián está solo en la pista, golpeando el disco contra el hielo con una fuerza innecesaria, como si intentara romper algo más que el silencio.
—¿Vas a romper el hielo o solo estás practicando? —dice Zoé al acercarse.
No responde. Sigue golpeando.
—Hablé con Valentina.
El movimiento se detiene. El disco queda inmóvil entre ellos.
—No deberías —dice él al fin.
—¿Por qué? ¿Porque dice la verdad?
Adrián se gira de golpe. Su mirada es oscura, cargada de algo que Zoé no termina de entender.
—No sabes nada.
—Entonces dime.
Zoé da un paso más, acortando la distancia.
—¿Qué pasó con Alina?
El cambio es inmediato. La tensión se vuelve algo vivo.
—No vuelvas a decir su nombre —responde Adrián, con una voz baja que tiembla apenas bajo el control.
—¿Por qué? ¿Porque no pudiste salvarla?
No alcanza a reaccionar. En un segundo, Adrián está frente a ella, sujetándola por los brazos. No es un agarre violento, pero sí firme, imposible de ignorar.
—No hables de lo que no entiendes —gruñe.
La respiración de Zoé se acelera, pero no aparta la mirada.
—Entonces haz que entienda.
Algo en Adrián se quiebra. Sus ojos bajan a los labios de Zoé por un instante demasiado largo.
—Deberías alejarte de mí —murmura.
—No quiero.
El silencio que sigue es distinto. Más pesado. Más íntimo. Como si el mundo entero se hubiera detenido para ver qué van a hacer.
Y entonces sucede.
El beso no es suave ni planeado. Es un choque, una colisión inevitable. Frío al principio, intenso al instante siguiente. Todo lo que han estado conteniendo estalla en ese contacto: la rabia, la tensión, la curiosidad… algo más profundo que ninguno quiere nombrar.
Zoé se aferra a su chaqueta sin darse cuenta. Adrián no la suelta. Todo se vuelve confuso, rápido, demasiado real.
Se separan de golpe, como si el aire regresara de pronto.
Ambos respiran agitados.
—Esto fue un error —dice Adrián.
Zoé lo observa fijamente.
—Sí.
Pero ninguno suena convencido.
El silencio que queda es incómodo, irreversible.
—No va a volver a pasar —añade él.
Zoé sostiene su mirada, firme.
—Eso lo veremos.
Y en ese momento, los dos saben la verdad: lo que acaba de pasar no se puede deshacer. Solo puede complicarlo todo más.
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Hola mis amores les dejó otro capítulo más . Nos vemos en el siguiente beso 😘
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Editado: 27.04.2026