La casa de Zoé no es grande, pero es suficiente. Las paredes están llenas de pequeños detalles que no llaman la atención a primera vista: fotos, recortes, recuerdos que no cualquiera entendería. El hockey no es solo algo que hace. Es algo que la sostiene.
Cierra la puerta detrás de sí y deja caer la mochila en el suelo. El silencio es distinto al del rink. No es pesado. No es incómodo. Es… necesario.
—Llegaste tarde. Teníamos pendiente un café y nuestro postre favorito.
Zoé levanta la mirada. Mateo está en la cocina, apoyado contra la encimera, con los brazos cruzados.
—No sabía que tenía horario.
—No lo tienes —responde él—. Pero últimamente desapareces más de lo normal.
Zoé se quita la chaqueta sin mirarlo.
—Entrenamiento.
Mateo suelta una risa baja.
—Claro. Todo es “entrenamiento”.
Zoé se detiene un segundo.
—¿Qué quieres, Mateo?
Él se acerca un poco, su expresión más seria ahora.
—Quiero saber qué está pasando contigo.
Silencio.
Zoé no responde de inmediato.
—No es nada.
—No te creo.
—No tienes que hacerlo.
Eso lo tensa.
—¿Es por él?
Zoé cierra los ojos un segundo.
—No empieces.
—Voy a empezar porque alguien tiene que hacerlo —responde Mateo—. Ese tipo no está bien, Zoé.
—Nadie dijo que lo estuviera.
—Entonces ¿por qué te acercas?
La pregunta queda en el aire.
Zoé no tiene una respuesta clara.
—No lo sé.
Eso es lo más honesto que ha dicho.
Mateo la observa, como si estuviera tratando de entender algo que no le gusta.
—Eso es lo peligroso.
Zoé levanta la mirada.
—¿Qué?
—Que no lo sepas… y aun así sigas.
El silencio se instala entre ellos. Pero no es incómodo. Es real.
—No voy a dejar el equipo —dice Zoé finalmente.
—No te pedí eso.
—Pero lo estás pensando.
Mateo no responde.
Y eso es suficiente.
Zoé toma aire.
—No voy a salir corriendo.
—No te estoy pidiendo que corras —responde él, más bajo—. Solo que no te quedes cuando empiece a doler.
Zoé lo mira.
—Tal vez ya empezó.
Mateo no dice nada.
Pero su expresión lo dice todo.
El departamento de Adrián es lo opuesto.
Grande. Ordenado. Frío.
Vacío.
Las luces están apagadas cuando entra. No las enciende de inmediato. No las necesita. Se mueve en la oscuridad como si estuviera acostumbrado.
Porque lo está.
Deja las llaves sobre la mesa y se queda quieto unos segundos. El silencio aquí no es paz.
Es castigo.
Camina hacia la sala y se detiene frente a una repisa.
Ahí está.
La foto.
No debería seguir ahí.
Pero nunca la quitó.
Alina Morozova sonríe desde el marco, congelada en un momento que ya no existe. Su cabello movido por el viento, sus ojos brillantes, esa expresión que siempre parecía saber más de lo que decía.
Adrián aprieta la mandíbula.
—No debería estar haciendo esto —murmura, aunque no hay nadie para escucharlo.
Pero la voz en su cabeza no se calla.
Nunca lo hace.
Recuerda la discusión.
Las palabras.
El tono.
El momento exacto en que todo cambió.
“Entonces vete, Alina.”
Cierra los ojos.
Error.
Porque el recuerdo llega completo.
El sonido de la puerta.
El motor del auto.
El silencio después.
Y luego—
la llamada.
Adrián respira más fuerte, como si eso pudiera detener lo que viene después. Pero no puede.
Nunca puede.
—Llegué tarde… —susurra.
Siempre llega tarde.
Sus manos se apoyan en la repisa, tensas.
—No otra vez.
El pensamiento es inmediato.
Automático.
Peligroso.
Zoé aparece en su mente sin permiso.
Su voz.
Su forma de mirarlo.
El beso.
Ese maldito beso.
Adrián se aleja de golpe, como si el recuerdo quemara.
—No —dice en voz alta.
No puede repetir la historia.
No puede dejar que alguien más—
Pero ya es tarde.
Porque ya empezó.
Y lo sabe.
Se deja caer en el sofá, pasando una mano por su rostro.
—Esto no va a terminar bien.
Las palabras suenan vacías.
Porque una parte de él…
ya no quiere que termine.
Zoé se queda despierta más tiempo del que debería. Acostada en su cama, mirando el techo, repasando cada palabra, cada mirada, cada momento.
Adrián.
Siempre Adrián.
Suspira, girándose de lado.
—Esto es una mala idea —murmura.
Pero no suena convencida.
Cierra los ojos.
Y aun así lo ve.
Su voz.
Su mirada.
La forma en que dijo que no podía evitarlo.
Su corazón late más rápido.
—Yo tampoco —susurra.
Y ese…
ese es el verdadero problema.
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Editado: 22.05.2026