La casa de Zoé huele a café recién hecho cuando baja las escaleras. Es temprano, pero su padre ya está despierto, como siempre. Hay algo reconfortante en eso. Algo estable. Algo que no cambia.
—Buenos días, campeona.
Zoé no puede evitar sonreír un poco. Solo él la llama así.
—Buenos días.
Se acerca a la cocina y toma una taza sin pedir permiso. Él ya sabe que lo hará.
—¿Dormiste algo? —pregunta él, observándola con atención.
Zoé se encoge de hombros.
—Lo suficiente.
Mentira. Su padre arquea una ceja, pero no insiste de inmediato. Se apoya contra la encimera, cruzándose de brazos.
—Te ves distraída.
—Entrenamiento —responde ella automáticamente. Él suelta una pequeña risa.
—Siempre es “entrenamiento”. —Zoé baja la mirada a la taza.
—Es importante para mí.
—Lo sé.
La respuesta es suave. Sin reproche. Eso la hace levantar la mirada.
—¿Entonces?
Su padre suspira, acercándose un poco más.
—Entonces nada. Solo quiero asegurarme de que no te estás perdiendo en algo que te haga daño.—el simple comentario la hace tensarse apenas.
—Estoy bien.
Él la observa unos segundos en silencio. Como si midiera si decir algo más o no.
—Tu madre también decía eso.
El aire cambia. Zoé aprieta la taza con más fuerza.
—No es lo mismo.
—No dije que lo fuera.
Silencio.Ese nombre siempre deja algo incómodo detrás.
—Solo… —continúa él, más bajo—. No tienes que cargar todo sola.
Zoé traga saliva.
—No lo hago.
—A veces sí.
No me atrevo a responder, porque se que tiene razón. Mi padre se acerca y me da un leve golpe en el hombro, suave.
—Pero para eso estoy yo, ¿sí?
Zoé asiente.
—Sí.
Y por un momento…todo se siente un poco más ligero.
El ambiente en la casa de Adrián es completamente distinto.No hay olor a café.No hay calidez.Solo orden.Y silencio.
—Llegas tarde.
La voz de su padre lo recibe incluso antes de que cierre la puerta.—Adrián no responde de inmediato. Deja las llaves sobre la mesa, manteniendo la calma que ya es casi un reflejo.
—Entrenamiento.
—Siempre es entrenamiento.
El tono es frío. Cortante.
Adrián levanta la mirada. Su padre está en la sala, de pie, perfectamente vestido, como si estuviera listo para una reunión importante… incluso en casa.
—Es importante —dice Adrián.
—No más que tu futuro.
Ahí está. Siempre llega a eso.
—Ya hablamos de esto.
—No lo suficiente —responde su padre, avanzando un paso—. La empresa no se va a dirigir sola, Adrián.
Adrián aprieta la mandíbula.
—No es lo que quiero.
—No importa lo que quieras.— determina su padre.
—Es tu responsabilidad.—Las palabras caen como una sentencia.
Adrián sostiene su mirada.
—No es mi vida.
Sabe el error en el momento en que lo dice. Porque la expresión de su padre cambia.
—Claro que lo es —responde, más bajo pero más peligroso—. Todo lo que tienes viene de esto.
—No pedí—Se detiene. Pero es tarde.
—No pediste qué —lo presiona su padre—. ¿No pediste esta vida? Pues es la que tienes.
El aire se vuelve más tenso.
—Deja de perder el tiempo en ese deporte —añade—. Ya no eres un niño.
Eso lo golpea.Más de lo que debería. Puede que ya no sea un niño. Pero su padre siempre lo a tratado así desde que tiene uso de razón.
—No estoy perdiendo el tiempo.
—Sí lo estás.— dice él, tocando su mandíbula — Y lo sabes.
Adrián desvía la mirada un segundo.Solo uno.Pero suficiente.
—Entrarás a la empresa este mes —continúa su padre—. No es una opción.
Adrián vuelve a mirarlo.
—No.
La respuesta es firme. Pero el costo es inmediato.
—No te estoy preguntando.
El silencio que sigue es diferente.Más pesado.Más definitivo. Siempre es así cada que está en el mismo espacio que su padre el aire cambia.
—No voy a dejar el hockey.—Las palabras salen más duras de lo que esperaba.
Su padre lo observa en silencio.Frío.Calculador. Y eso le provoca escalofríos.
—Entonces deja de fallar en todo lo demás.
El golpe es directo.Preciso.Y duele.Adrián no responde no puede.Porque una parte de él…cree que tiene razón.El silencio se rompe cuando su padre se aleja, como si la conversación ya hubiera terminado.Como si no importara lo que Adrián dijera.Y tal vez no importa.Adrián se queda ahí, solo.Otra vez.Pasa una mano por su rostro, exhalando con fuerza.
—Perfecto —murmura.
Todo se está acumulando.El equipo.La pelea, Zoé ,Alina.Y ahora esto.Es demasiado.Simplemente demasiado.Cierra los ojos un segundo.Y lo primero que aparece…es ella.
Zoé.
Su voz.
Su mirada.
La forma en que no retrocede.Adrián suelta una risa baja, sin humor.
—Justo lo que me faltaba.
Pero no suena molesto.Suena…derrotado.
Zoé llega al rink antes de lo habitual. Necesita distraerse. Moverse. Dejar de pensar.No funciona.Porque en cuanto entra…lo ve.
Adrián ya está ahí.Solo.Como siempre. El aire cambia de inmediato.Como si todo volviera a alinearse en torno a ellos.Zoé duda un segundo.Pero avanza.No va a seguir evitando esto.
—Llegas temprano.
Adrián levanta la mirada.
—Tú también.
Silencio.Corto.Pero cargado. Zoé da un paso más.
—¿Todo bien?
Pregunta simple.Respuesta complicada. Adrián duda.
—Sí.
Mentira. Zoé lo nota.
—No parece.
Él exhala.
—Mi padre.
Eso la sorprende un poco.No esperaba que lo dijera.
—¿Qué pasa con él?
Adrián baja la mirada un segundo.
—Quiere que deje el hockey.
El golpe es inmediato.
—¿Qué?
—La empresa familiar —añade—. Quiere que me haga cargo. Zoé frunce el ceño.
—¿Y tú?
Silencio.
—No quiero.
Respuesta honesta.Rara en él. Zoé se acerca un poco más.
—Entonces no lo hagas.
Adrián suelta una risa corta.
#1043 en Novela romántica
#249 en Otros
#51 en Acción
enemiestolovers romance odio amor, enemiestolovers odio amarte
Editado: 22.05.2026