Hielo en Llamas

16. Distancia

El hielo nunca se había sentido tan frío. Zoé entra al rink, pero esta vez no hay esa sensación de impulso, de necesidad de estar ahí. Todo se siente más pesado, más lento. Como si cada paso le costara el doble.

No mira a nadie. No quiere. No hoy. No después de lo que escuchó. No después de entender que todo lo que Adrián le dijo… era solo una parte de algo mucho más complicado. Y mucho más doloroso. Se cambia en silencio, ignorando las miradas, los murmullos, todo. No busca a Mateo. No busca a Adrián. Solo quiere entrenar. Moverse. No pensar. Pero eso nunca funciona. Porque en cuanto pisa el hielo… lo siente. Él está ahí. Siempre está ahí. Pero esta vez, Zoé no levanta la mirada. No lo busca. No le da ese espacio. Y eso… eso cambia algo.

Adrián lo nota. Es evidente. Sus movimientos son más bruscos, menos controlados. Como si cada segundo sin esa conexión lo desestabilizara más. El entrenamiento empieza y Zoé se obliga a concentrarse. Pases. Movimiento. Ritmo. Todo mecánico. Todo sin emoción. Hasta que falla. Un pase simple. Nada grave. Pero suficiente.

—Ríos —la voz de Daniel corta el momento—. Concéntrate.— Zoé asiente.

—Sí.

Pero no mejora. Porque su mente no está en el juego. Está en lo que no puede dejar de pensar. En lo que no puede ignorar. En él. Del otro lado de la pista, Adrián pierde el control en una jugada. Empuja más fuerte de lo necesario. El choque es seco. El jugador cae. El silbato suena de inmediato.

—¡Volkov! —grita el entrenador. Pero Adrián no se detiene. Se queda ahí, respirando agitado, mirando al jugador en el suelo como si no lo estuviera viendo a él. Como si estuviera viendo otra cosa. Otro momento. Otro error. Zoé lo sabe.Y aun así… no se mueve. No esta vez. Daniel llega primero.

—¡Suficiente! —dice, interponiéndose—. ¿Qué te pasa?

Adrián no responde. Solo se aleja. Pero no es una retirada tranquila. Es huida y siempre lo hace. El entrenamiento se detiene unos segundos. Lo suficiente para que todos lo sientan. Lo que está pasando. Lo que ya no pueden ignorar. Cuando todo se reanuda, nada vuelve a la normalidad. Porque ya no existe. Zoé termina antes. Sale del hielo sin mirar atrás. No quiere cruzarse con él. No quiere tener que hablar. No sabe qué decir. No sabe qué sentir.

Sale del rink y el aire frío le golpea el rostro. Respira profundo. Una vez. Dos. No funciona.

—Sabía que ibas a salir así.— brinco del susto, me volteo para ver a la persona. Mateo. Siempre Mateo. Zoé cierra los ojos un segundo antes de girarse.

—No ahora.

—Ahora más que nunca —responde él, acercándose. Su tono no es suave. Es firme. Preocupado.

—Déjame en paz, Mateo.—tratlo de esquivar su conversación. Que en este momento no quiero oír.

—No puedo. —eso la hace tensarse.

—No es tu problema.

—Claro que lo es —responde—. Porque estás peor que antes. —Zoé lo mira. Molesta ,cansada.

—Estoy bien Mateo, puedes estar tranquilo ok .

—No —dice él, directo—. No lo estás.

El silencio cae entre ellos , por qué su amigo conoce bien cuando algo le pasa o le molesta.

—Lo sabes todo ahora, ¿no? —añade Mateo—. Lo que pasó con ella.— Zoé traga saliva.

—No todo.

—Suficiente. —eso la hace reaccionar. Ponerse a la defensiva.

—¿Y qué se supone que haga? —pregunta—. ¿Alejarme? ¿Como si nada hubiera pasado? — le digo ya cansada física y mental.

—Sí —responde Mateo sin dudar.

—No es tan fácil. — le aseguro.

—Lo es —insiste él—. Solo tienes que decidirlo.

Zoé niega con la cabeza.

—No entiendes.

—Claro que entiendo —dice Mateo, más bajo ahora—. Entiendo que te estás metiendo en algo que no puedes controlar. Y eso… siempre termina mal.

Como saber él, que todo termina mal , si nunca le a conocido a una novia. Y ahora viene y me dice, que todo saldrá mal.

—No soy ella —dice Zoé otra vez.

—No —responde Mateo—. Pero él sigue siendo el mismo.

Eso duele. Más de lo que debería. Zoé aparta la mirada.

—No quiero hablar de esto. —añado para que ya terminémos con esta conversación que no llegara a nada.

—Pues yo sí —responde Mateo—. Porque si tú no paras, alguien tiene que hacerlo.—Zoé vuelve a mirarlo.

—No te metas, Mateo . Te lo digo en serio. Si eres mi amigo, y te aprecio pero creo que te estás pasando de la raya .

—¡Me voy a meter !—dice gritando él—. Porque no voy a quedarme viendo cómo te rompes. —las palabras quedan en el aire. Y esta vez… no hay respuesta. Porque una parte de Zoé sabe que tiene razón. Y eso es lo que más duele.

—Necesito pensar —dice finalmente. Mateo la observa unos segundos más. Luego asiente, pero no convencido.

—Solo… no te pierdas en esto.— Zoé no responde. Porque no sabe si ya lo hizo. Mateo se aleja. Pero la tensión no desaparece. Solo cambia de forma.

Zoé se queda ahí unos segundos más, intentando ordenar todo. Intentando decidir algo. Pero no puede. Porque en el fondo… ya lo sabe. No quiere alejarse. No puede. Y eso es el verdadero problema.

—Siempre eliges lo difícil.

La voz la toma por sorpresa. Adrián. Zoé se tensa, pero no se gira de inmediato.

—No ahora —dice, cansada.

—Nunca es buen momento contigo —responde él. Eso la hace girarse. Lo mira. Y duele. Porque él también está mal. Más de lo que quiere admitir.

—¿Qué quieres? —pregunta enojada. Adrián da un paso más cerca.

—Hablar. —Zoé niega.

—No sé si quiero escucharte.

—Lo sé —dice él—. Pero aun así estoy aquí. —eso la desarma un poco. Solo un poco.

—¿Por qué? —pregunta, más bajo. Adrián la mira, directo ,sin esconder nada esta vez.

—Porque no puedo alejarme de ti. —el corazón de Zoé se acelera. Otra vez.

—Eso no cambia lo que hiciste.— le reclamo.

—Lo sé. — dice bajando la mirada.

—Entonces ¿qué cambia?—pregunto.

—Nada —responde él finalmente—. Pero tampoco cambia lo que siento ahora. Lo que tú provocas en mí




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