El rumor corre antes de que el entrenamiento siquiera empiece. No es un murmullo suave como antes. Es directo. Nadie intenta ocultarlo ya. Zoé lo siente apenas entra al vestidor. Las miradas no se desvían esta vez. Se quedan. Observan. Evalúan. Juzgan.
El aire es pesado incluso incómodo. Como si todos estuvieran esperando algo. O a alguien. Zoé no dice nada. No pregunta. Solo se cambia en silencio, ignorando todo lo que puede. Pero no es suficiente. Porque lo escucha. Su nombre. Y el de él. Siempre juntos. Siempre en la misma frase. Siempre con ese tono que mezcla curiosidad y juicio. Aprieta los cordones con más fuerza de la necesaria. Respira. Una vez. Dos. No funciona. Cuando sale al hielo, la sensación no mejora. Es peor ,porque ahora no es solo percepción. Es real. Todos están pendientes. De cada movimiento. De cada mirada. De cada segundo. Y él… ya está ahí.
Adrián no la mira de inmediato. Pero lo siente. Como siempre. Y cuando finalmente sus ojos se encuentran… no hay forma de fingir que nada pasa. Porque pasa todo.
El silbato suena, pero el entrenamiento no fluye. No puede. Cada jugada está cargada de tensión. Cada error pesa el doble. Daniel no tarda en intervenir.
—¿Qué está pasando aquí? —su voz corta el aire—. Esto no es un equipo. Nadie responde. —¿Quieren seguir así? —continúa—. Porque si es así, mejor terminamos ahora. —el silencio es absoluto en la pista —.Entonces empiecen a actuar como lo que son —ordena—. Un equipo.
Pero las palabras no arreglan lo que ya está roto. En una jugada rápida, Zoé y Adrián coinciden. Demasiado cerca. Demasiado tiempo. No logran tocarse. No es necesario. Porque todo el equipo lo ve. Y eso es suficiente.
—¡Ya basta! —la voz del entrenador rompe todo. El silbato suena fuerte. Definitivo. Todos se detienen. —Fuera del hielo. Ahora.
Nadie discute, ni siquiera logran moverse más de lo necesario. La tensión es insoportable. Cuando están todos reunidos, el entrenador no pierde tiempo.
—Esto se terminó. —niega viendo a cada uno de los presentes .—No voy a permitir que problemas personales destruyan este equipo —continúa—. Así que a partir de hoy… hay cambios.— Zoé siente el pulso acelerarse.
El mundo se detiene.
—Volkov. Ríos. —cuando escuchó nuestro apellido ser nombrados . El aire me abandona un segundo que parece eterno. —Están fuera del equipo.
—¿Qué? —la voz de Zoé sale antes de que pueda detenerla.
—Fuera —repite el entrenador—. Indefinidamente.
Adrián no dice nada. No se mueve. Pero su expresión se endurece.
—Entrenador… —empieza Zoé.
—No esta en discusión. —la corta de inmediato. —Están afectando el rendimiento de todos. Y no voy a perder el equipo por dos jugadores que no saben separar las cosas. —la palabras cae como una sentencia. —Recojan sus cosas. Se acabó por hoy.
Nadie habla. Nadie se atreve. Zoé siente frío en el pecho. Fuerte inesperado. Sale del hielo sin saber exactamente cómo. Todo se siente borroso. Lejos. Hasta que está fuera. Y el aire le golpea el rostro.
—Zoé.— Adrián la llama .
No puede ser , esto es lo que soy . Es lo que apasiona y…y ahora estoy descalificada para el juego que se aproxima. Adrián vuelve a llamar mi nombre , siempre él. Pero esta vez no hay espacio para lo de siempre. Zoé se gira, todavía procesando.
—Nos sacaron. —mi voz suena extraña. Como si no fuera suya. Adrián la mira.
—Lo sé. —dice acercandose, con la mirada vacía.
—¿Eso es todo lo que vas a decir? —Él exhala.
—¿Qué quieres que diga? —Zoé niega con la cabeza.
—No sé… algo. Porque esto… esto es por nosotros.
—No —dice Adrián finalmente—. Esto es por mí.—Frunso el ceño confusa , que quiere decir con que es por él.
—No.— susurro, negando.
—Sí —insiste él—. Yo empecé todo esto. Yo no supe controlarlo.
—No eres el único aquí. —le hago saber, para que no se culpe, solo a él.
—Pero soy el problema. — sus palabras son firmes. Convencidas. Eso la asusta más que cualquier otra cosa.
—No digas eso. —trato de convencerlo.
—Es la verdad. — afirma.
—No —responde Zoé—. La verdad es que ninguno de los dos quiso detener esto. Así que no es lo tú . Es nuestra culpa.
Algo cambia, un segundo. Porque eso… es cierto. Adrián la observa. Y por primera vez… no hay defensa.
—¿Te arrepientes? — pregunta, y eso toma desprevenida a Zoé.
Zoé se queda quieta. Esa es la pregunta. La única que importa. Podría mentir. Podría hacerlo más fácil. Pero no lo hace.
—No. —contesto segura.
Adrián cierra los ojos un segundo. Como si eso fuera lo que más temía escuchar.
—Entonces esto no va a parar. Zoé lo mira, sabiendo a lo que se refiere.
—Nunca dijimos que lo haría.
La mirada que cada uno se profundiza, no es duda. Es decisión. Porque ya no hay equipo. No hay reglas. No hay nada que los detenga. Y eso… es peligroso. Muy peligroso.
—Esto va a empeorar —dice Adrián.
—Lo sé. — le digo aterrada.
—Va a doler. — a cortar la distancia
—También lo sé.— mi voz sale amortiguada en un susurro.
—Entonces ¿por qué sigues aquí? —Zoé da un paso más cerca, donde siente la respiración de él.
—Porque tú también lo estás. — gimoteo sintiendo la proximidad de sus labios.
Y eso … eso logra cambiarlo todo. Porque ahora no es solo atracción. No es solo impulso. Es elección. Y esa… es mucho más difícil de romper.
Creo que esto se está saliendo de control.
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Editado: 22.05.2026