Hielo en Llamas

19. Demasiado cerca

La casa nunca se había sentido tan pequeña. Zoé lo nota desde el momento en que cierra la puerta detrás de Adrián. No es por el espacio. Es por la presencia. Él está ahí, en su mundo. En su espacio, demasiado real ,demasiado cerca.

—Mi papá está dormido —añado con voz baja. Adrián asiente, observando el lugar como si no supiera exactamente dónde encajar. —No tienes que quedarte si no quieres —añade ella, aunque ya sabe la respuesta. Él la mira.

—No tengo a dónde más ir. —Eso debería ser simple. Pero no lo es. Zoé traga saliva.

—Puedes usar el sofá.— le sugirió.

Adrián asiente otra vez. Se siente incómodo,no por rechazo… sino por todo lo contrario. Demasiado que decir. Demasiado que evitar.

—Voy por una manta —dice Zoé, rompiendo el momento. Se gira, pero no da más de dos pasos antes de sentirlo.

Él la detiene. Su mano en su muñeca. Suave , pero firme. Zoé se queda quieta. No se gira de inmediato. No puede. Su cuerpo se debilita cada ves que Andrian , está lo suficientemente cerca.

—Zoé… —Su voz es baja. Cansada. Demasiado cercana. Ella se gira lentamente. Y ahí está. La distancia desaparece otra vez. Como siempre. Como si nunca aprendieran.

—Esto es una mala idea —murmura él ,tragando saliva.

—Lo sé. — murmuró despacio. Pero ninguno se mueve.

—Deberías decirme que me vaya —añade. Pero su voz cambia, más dura.Zoé lo mira.

—No quiero. —trato que mi voz no salga a una súplica. Pero me traiciona.

Adrián pasa una mano por su rostro, como si intentara controlar algo que ya no puede.

—No puedo estar aquí contigo y fingir que nada pasa.

—Entonces no finjas. — un jadeó de me escapa.

«Carajos Zoé que te pasa me regaño mentalmente.» Porque eso lo cambia todo. Él da un paso más cerca. Ahora no hay espacio. No hay excusas.

—No sabes lo que estás diciendo. — su voz cambia toltalmente , su mirada joder es más oscura.

—Sí lo sé.— le digo segura.

No soy una cobarde para negar lo que su sola cercanía le provoca estragos a mi pobre corazón.

Sus voces bajan. El mundo se reduce otra vez.

—Esto nos va a destruir —aclara él.

—Tal vez.— contestó

—Zoé…

—No me detengas.—musito rápidamente.

Creo que eh roto el último límite. El beso no es suave ,no es contenido: Es todo lo contrario,es necesidad ,es tensión acumulada. Es todo lo que han estado evitando. Sus manos, su respiración, la forma en que ninguno retrocede… todo es demasiado. Y aun así… no es suficiente. Porque incluso en ese momento… duele. Duele saber todo lo que hay detrás. Todo lo que no desaparece. Adrián se separa apenas, respirando agitado.

—No puedo hacer esto.—balbuceó con voz entré corta. Pero eso no lo deja alejarse del todo. Zoé lo mira, igual de afectada.

—Ya lo estás haciendo.

—Esto no es justo para ti. —murmura angustiado .

—No decides eso.—bufó. Adrián cierra los ojos un segundo.

—No quiero perderte. —las palabras la desarman.

—No me tienes para perderme.

Error porque eso… eso lo acerca otra vez. Más lento esta vez. Más consciente.

—Entonces no empieces algo que no puedo terminar.

El aire se vuelve denso. Zoé lo mira.

—Tal vez no quiero que termine.

La mañana llega demasiado rápido. Zoé baja las escaleras con cuidado, intentando no hacer ruido. Pero se detiene en seco. Su padre está en la cocina. Despierto. Y no está solo. Adrián. El silencio es tenso ,incómodo.

—Buenos días —dice su padre, pero su tono no es el de siempre. Zoé traga saliva.

—Buenos días…

Adrián se mantiene de pie, serio. —Señor.— su padre lo observa unos segundos. Evaluando. Midiendo.

—¿Quieres explicarme qué hace aquí? —la pregunta es directa. Zoé da un paso adelante.

—Se quedó anoche.—le respondo rápido.

—Eso ya lo veo. — dice sin apartar la mirada en Adrián.

—No tenía a dónde ir —añade ella. Su padre la mira. Luego a Adrián.

—¿Y eso es problema nuestro?

El golpe es seco. Zoé frunce el ceño.

—Papá.

—No —la interrumpe—. Quiero escuchar de él.— el silencio cae. Adrián sostiene la mirada.

—No lo es. —la respuesta es firme. Pero no desafiante. Eso cambia algo. Apenas.

—Entonces ¿por qué estás aquí? —Adrián duda un segundo.

—Porque Zoé me ofreció ayuda. —su padre exhala lentamente.

—Y tú aceptaste.— no es una pregunta. Adrián asiente.

—Sí.

El ambiente se tensa más.

—No eres su responsabilidad.

—Lo sé.

—Entonces no actúes como si lo fueras.—resogó enojado.Zoé interviene.

—No está haciendo eso.

—Zoé —la voz de su padre es firme—. Esto no es solo ayudar. Y lo sabes.—se queda callada .Porque sí lo sabe. —Confío en ti —añade él, mirándola—. Pero esto… esto es diferente.— Zoé baja la mirada un segundo.

—No está solo —dice finalmente. Su padre la observa. Y entiende. Eso es lo que más le preocupa.

—Eso es lo que me asusta —responde. El silencio se instala.

—Puede quedarse —dice después de unos segundos—. Pero esto no se vuelva a convierte en un hábito.— Zoé asiente rápidamente.

—Gracias papá .

—Gracias. —la vos de Adrián es leve apenas audible. Pero el ambiente no mejora. Porque ahora… es real. Ya no es solo entre ellos. Ahora hay consecuencias.

El teléfono suena repentinamente, evaporadorando la tensión.

—¿Está en tu casa? —no es una pregunta es una afirmación. La voz de Mateo suena incrédula al otro lado del teléfono. Zoé cierra los ojos un segundo.

—Sí.

—Zoé…

—No empieces.

—No puedo no empezar —responde él—. ¿Sabes lo que estás haciendo?

—Sí , Mateo.

—No, no lo sabes —insiste—. Porque si lo supieras, no lo estarías dejando quedarse contigo.— Zoé aprieta el teléfono.

—No tiene a dónde ir.

—Y eso lo convierte en tu problema, ¿cómo?—. Suspiro tratando de controlarme . Últimamente Mateo ha sido una molestia.




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